Hubo un tiempo en que la televisión no era un algoritmo, sino un teatro de variedades donde lo sublime y lo ridículo compartían camerino. Cada vez que entro en el catálogo de Disney+ y me topo con El show de los teleñecos no siento solo nostalgia de tarde de domingo, siento un reencuentro con una antropología de la marioneta que, en nuestra era de cinismo digital, resulta casi revolucionaria.
Jim Henson no creó muñecos, creó una comunidad de necesitados. La rana Gustavo no es un líder heroico, sino un gestor de imposibles, un pobre hombre —o rana— que intenta poner orden en un caos de egos, explosiones y chistes malos. Esa es la gran metáfora que siempre busco: la belleza que brota de nuestra propia imperfección. En el teatro de los teleñecos, como en la vida misma, el espectáculo debe continuar a pesar de que el decorado se caiga y los críticos —esos ancianos Statler y Waldorf desde su palco de amargura— nos recuerden que no somos tan buenos como creemos.
Y es que hay algo profundamente cristiano en la mirada de Henson. Sus personajes son seres de felpa que aspiran a la trascendencia a través del arte y la risa. No hay rastro de esa ironía cruel que hoy lo invade todo. La torpeza de Fozzie frente a un público que no se ríe, el amor desmedido de la cerdita Peggy, la paciencia de Gustavo: todo se trata con ternura y respeto, y nos reconcilia con nuestras propias costuras.
Al final, cuando suena la sintonía y los focos se apagan, nos queda la certeza de que todos somos un poco marionetas buscando una mano que nos dé vida. Como los teleñecos dependen unos de otros para que el espectáculo continúe, nosotros también necesitamos la presencia de otros para dar vida a nuestro propio escenario. En un mundo que nos quiere perfectos y de mármol, prefiero la verdad de la felpa. Porque, como dice la canción, que empiece ya la música: el milagro de la alegría está a punto de comenzar.