La CEE, con la nota doctrinal Cor ad cor loquitur (El corazón habla al corazón), sale al paso de una situación propia de nuestra cultura dominada por el emotivismo. Se trata de una cultura que pierde su relación con la verdad, y por tanto de sentido, que busca en la experiencia emotiva una especie de alimento interior, pero nunca se sacia. En este ámbito cultural, los retiros testimoniales de conversión a los que alude la nota han encontrado un gran desarrollo porque encajan con el sujeto posmoderno de nuestros días, emotivista por dentro y utilitarista por fuera. Esta ruptura entre interior y exterior es la clave del drama.
La referencia al lema de Newman es una pista adecuada para superar dicha ruptura, pues el corazón en sentido bíblico, como resalta, se entiende como la totalidad de la persona. Esta integración entre la dimensión sensitiva, afectiva e intelectual es el reto más urgente para ayudar no solo a nuestros jóvenes, sino a tantos adultos y adolescentes.
Uno de los problemas a tener en cuenta es el mismo lenguaje. En el hablar cotidiano utilizamos los términos emoción, sentimiento, pasión y afecto como sinónimos, pero no lo son tanto. Aunque todos se refieren a lo mismo, el impacto de la realidad en la persona, cada uno pertenece a un tiempo y a un saber distintos, por lo que tiene sus matices.
Por otra parte, es necesario entender que la dimensión afectiva tiene una originalidad propia, que no se puede confundir ni con las sensaciones corporales ni con lo exclusivamente intelectual. Al mismo tiempo, la afectividad configura la persona, porque integra no solo a la persona en sí, sino con los otros, dado que es la clave de la relación interpersonal mediante la cual, de alguna manera, los otros están en mí y yo en ellos. De ahí su importancia para el desarrollo personal en la relación tanto con Dios como con los otros, como apuntan los distintos criterios de discernimiento de la nota (trinitario, personal, creyente, eclesial, caritativo y celebrativo).
La nota de la CEE es una invitación para poder avanzar en el conocimiento de la persona como un todo integrado. Es necesario un estudio detenido del tema en los distintos grupos y realidades eclesiales para superar los riesgos que ilumina el documento y ofrecer la posibilidad de una experiencia de fe cada vez más profunda y arraigada.