Una antigua vocación - Alfa y Omega

Hace unos meses, nos fuimos la familia al completo a pasar unos días a Roma. Una de las cosas que más les llamaron la atención a mis hijos es que la capital de Italia, una de las ciudades más importantes del mundo, solo tuviera dos líneas de metro (y en construcción una tercera, que se va inaugurando tramo a tramo con cuentagotas). Les expliqué que excavar un túnel en un lugar tan rebosante de historia no era tan sencillo como en otros lugares ya que, por cada centímetro que se avanza, se corre el riesgo de dañar restos arqueológicos de valor incalculable, dado que la Roma actual es el último estrato de múltiples capas acumuladas a lo largo de los siglos. Mi perorata no los convenció demasiado: para un espíritu infantil no hay ruina que pueda competir con una moderna y flamante infraestructura de transporte público.

Recientemente me enteré por un post de Instagram que, en los Países Bajos, cuando una persona fallece sin familiares o allegados que asistan a su entierro, hay algunos municipios que tienen la costumbre de enviar a un funcionario público en representación de la comunidad. Intrigado, me puse a investigar sobre este singular hecho y descubrí la existencia de la fundación De Eenzame Uitvaart («El Funeral Solitario», en español), que, coordinadamente con estos Ayuntamientos encarga a un poeta que escriba y recite durante la ceremonia unos versos compuestos con los datos biográficos que se hayan podido obtener del finado. Con independencia de la terrible plaga de la soledad no deseada en las sociedades nórdicas y centroeuropeas, es digno de encomio que la Administración emplee fondos públicos para honrar la memoria de las personas más olvidadas o fracasadas de la sociedad.

Me parece oportuno traer a colación estos dos ejemplos, ahora que los europeos estamos inmersos en una gigantesca ola, proveniente (de forma muy interesada) de la otra orilla del Atlántico, de crítica despiadada (a mi entender, muy injusta) a la situación de Europa en el concierto de las naciones y, más en particular, al proyecto de la Unión Europea. Los nuevos «patriotas» acusan a Europa de estar presa y amordazada por una híper-regulación promovida desde arriba por los euroburócratas de Bruselas; a los europeos, de haber perdido la tensión creativa por mor de los beneficios del estado de bienestar; y, en general, a las instituciones comunitarias y Gobiernos nacionales de ineficacia en relación, por ejemplo, con la bien engrasada maquinaria tecnológico-industrial china o la estadounidense, por culpa de las cortapisas y limitaciones de los sofisticados equilibrios y engorrosos procedimientos de la democracia parlamentaria y el Estado de derecho.

«Cambiar en una vasta comarca americana el monocultivo de alcachofas por el de girasol es poco más que un problema de economía agraria; descepar las colinas de Borgoña es un asunto más grave». Con estas palabras (¡escritas en 1954!) enmarca el problema el profesor Luis Díez del Corral (1911-1998) en su clásico libro El rapto de Europa. Una interpretación histórica de nuestro tiempo (afortunadamente reeditado por Ediciones Encuentro). Haciendo gala de una clarividencia rayana en lo profético, Díez del Corral describe el arco histórico a través del cual Europa, cuna de la hoy hegemónica civilización tecnológica, no obstante, se ha visto incapaz de seguir el ritmo de crecimiento económico de otras naciones extraeuropeas (Estados Unidos, China o Japón). Los escrúpulos de los europeos a la hora de enfrentarnos con asuntos que afecten a nuestra gigantesca herencia del pasado (como el caso del metro de Roma), o la exigencia ciudadana de un elevado gasto público en políticas que no dejen a nadie atrás (como el de los entierros municipales holandeses), implican evidentes limitaciones competitivas frente a rivales que, por su propia idiosincrasia histórica y cultural, no sienten la necesidad de proteger tales bienes y valores.

«La amplitud de la cultura europea […], su carácter conservador, resistente a la renuncia y la simplificación […] que no quiere someterse a la ley de la época que ella misma ha promovido [la eficiencia tecnológica], pero que es servida con mucha más fidelidad por otros pueblos. […] Hay en ello, de una parte, desidia e inercia, que es preciso superar; pero, de otra, obediencia a una antigua vocación», explica Díez del Corral. En efecto, a la vista del estado de la geopolítica global, es muy fácil caer en la tentación de criticar la «lentitud» o «falta de elasticidad» europeas en comparación con el vigoroso dinamismo de otras economías emergentes, que parecen a punto de devorar a la vieja Europa. Y es tan fácil como injusto, porque tal vez la vocación y misión históricas de nuestro continente, en una época de culto desaforado a la voluntad de poder y al ídolo de la eficiencia, sean permanecer como recordatorio de un mundo, aún imperfecto y muy dañado, que se niega a «sacrificar la intimidad personal, las exquisiteces sentimentales y los anhelos de lontananzas» ante los cantos de sirena de «una racionalización implacable de la vida».