María Evangelina, 104 años: «¡Ay, me traes a mi Diosito!» - Alfa y Omega

María Evangelina, 104 años: «¡Ay, me traes a mi Diosito!»

La Iglesia celebra la Campaña del Enfermo, que arrancó el día de la Virgen de Lourdes. En la parroquia San Bernabé Apóstol, de El Escorial, más de 80 enfermos y mayores lo celebraron con una Misa y una comida

Begoña Aragoneses
Misa del Día del Enfermo en San Bernabé. María Evangelina, con manta de rayas verde, en primera fila.
Misa del Día del Enfermo en San Bernabé. María Evangelina, con manta de rayas verde, en primera fila. Foto: Parroquia San Bernabé

María Evangelina tiene 104 años. Apenas oye y apenas ve y va en silla de ruedas, pero cuando el padre Juan Carlos Peixoto acude a su casa a llevarle la Comunión, empieza a preparar el mantelito, saca el porta viático y pone encima un crucifijo, algo en ella se empieza a remover. «¿Sabes a quién te trae?», le dice Mari Carmen López, voluntaria de la Pastoral de la Salud. «¡Ay, me traes a mi Diosito!», exclama. Coge la cruz, se santigua, se la lleva al pecho, comulga, y se queda después un ratito en silencio, recogida, con la cruz agarrada. «Tiene una riqueza interior de Dios…». Esta mujer es «como una institución» en la parroquia San Bernabé Apóstol, de El Escorial. A veces escribe, «lo que me acuerdo, para que no se me olvide». Son, básicamente, oraciones. El cuerpo no acompaña, pero el espíritu está intacto.

El 11 de febrero, en la fiesta de la Virgen de Lourdes, María Evangelina fue la encargada de hacer la ofrenda de flores a la Virgen. Se las colocaron en su silla de ruedas y se acercaron a una Milagrosa, en realidad; «pero daba igual» porque la Virgen es siempre la Virgen. Fue a las 12:00 horas, durante una Eucaristía especial por y para los enfermos y mayores, que se celebraba por segunda vez en la parroquia después del éxito del año pasado. De 40 asistentes pasaron a más de 80 en esta ocasión. Un número muy significativo de los que atienden en las residencias y en sus casas. Y después de la Misa, la mesa, que había que celebrar la vida, aunque sea ya en su recta final y venga con dolores.

El equipo dedicado a la pastoral de la salud de la parroquia lo forman una docena de voluntarias. La mayoría son de la Legión de María, coordinadas por Aurelia, y después hay dos feligresas de la parroquia, Teresa y Mari Carmen. Acuden a tres residencias, además de a un número considerable de casas porque «en El Escorial hay gente muy mayor». Aurelia destaca que «el apostolado es animarlos, estar con ellos, que puedan ver la Misa de TRECE, que ofrezcan su sufrimiento al Señor…». Si no tienen hijos, o no están, los acompañan al hospital, les hacen alguna compra y los ayudan a organizar sus casas. «Los tenemos muy atendidos».

Llevar la ternura de Dios a las casas

Para Juan Carlos Peixoto, la Pastoral de la Salud es, en su caso, «llevar la ternura de Dios al corazón del que sufre». Y cuando «ya no pueden venir a la parroquia, que la parroquia vaya a sus casas para llevar a Jesús». «Acompañamos a más de 100 personas», a las que se les lleva la Comunión, se las confiesa, se les administra la Unción, además de acompañar; porque «lo más duro es la soledad». «Ellos llevan bien sus problemas normales de la edad, pero la soledad es la enfermedad de nuestro tiempo». El sacerdote ve milagros de conversiones cada día. «Jesús, la Iglesia, no se ha olvidado de ellos», asegura. Se trata de «llevar el cariño, la ternura; de que aquellos que han tenido amor no lo echen de menos y, los que no, sientan que Dios siempre los ha amado». Este de la ancianidad es «un tiempo de esperanza» a la espera del abrazo «cara a cara» con el Padre. «Su vida sigue teniendo sentido», concluye.

También rezan el rosario con ellos. «Si no tienen a nadie que los anime, que rece por ellos, es bueno que alguien les recuerde su fe», subraya Mari Carmen. Hay veces que los hijos no acompañan a sus padres en este camino. «Padre, no venga que está mi hijo», le ha llegado a avisar alguna mujer a Peixoto antes de llevarle la Comunión. Y, a veces, se enteran de que alguno de sus enfermos se ha muerto por el anuncio del tanatorio. Esto duele, reconoce Mari Carmen. Pero hay otras muchas cosas que compensan. «El cariño, el agradecimiento, una sonrisa. ¡No sabes con qué alegría reciben a Dios!». El ver a una mujer que va a recibir la Unción y cómo «intentaba juntar las manos para rezar». En definitiva, cada visita a una casa o a una residencia es «salir con más ganas de dedicarte a esto; es una labor muy bonita que tendría que estar más en las parroquias».

Subraya también que su fe no solo les ayuda a ellos. También a sus hijos. Había una mujer que murió hace tres años. «Padre —le decía al sacerdote—, no me quiero morir sin ver a mi hija curada». Una anorexia arrastrada en el tiempo. «El arma es el rosario, la Eucaristía», le decía. Un Domingo de Ramos, la mujer mandó a su hija a la parroquia a por una palma. «Cuando estoy dando la Comunión —cuenta—, se pone al final y me trae el ramo de olivo: “¿Me lo podría bendecir?”. Le bendigo el ramo, se va a su casa y se pone a comer. ¡Llevaba años casi muriéndose! El Señor hizo un milagro tremendo».