Paco Arango: «Dios no provoca la muerte de los niños, sino que los recibe en casa» - Alfa y Omega

Paco Arango: «Dios no provoca la muerte de los niños, sino que los recibe en casa»

Creador de la Fundación Aladina hace más de 20 años, este guionista y director de cine cuenta en el libro Si no crees en Dios, te doy su teléfono (Editorial Aguilar) los milagros en los hospitales

Cristina Sánchez Aguilar
Paco Arango
Foto: Archimadrid / Javier Ramírez.

—Es un libro con una declaración de intenciones ya desde el propio título.
—Nací con el don de la fe y no lo he perdido nunca, gracias a Dios. Y yo que he estado 25 años ayudando a niños con cáncer y, lamentablemente, ayudando a muchos a irse a la luz, porque parte de mi cometido es ese —el 20 % de los niños se mueren—, en lugar de maldecir al Creador, lo que aseguro es que yo he visto al Míster llorando en las esquinas de los hospitales. Es un libro de fe, de esperanza y de los milagros que he vivido, que son extraordinarios.

—Imagino que se habrá tenido que enfrentar muchísimas veces a una cosa que es muy humana, que es pensar que, si Dios existe, ¿por qué permite un mal tan cruel como es la muerte de un niño?
—No están en juego ni la vida ni la muerte. Está en juego el amor. Sé perfectamente que Dios no lo quiere y los niños me lo han enseñado con milagros.

Cuénteme alguno para que abramos el apetito a quien todavía no ha abierto las páginas de su libro.
—Daniel, es un chico canario de 17 años, me decía en sus últimos días: «No me duermo, Paco, porque cuando me duermo veo un túnel de luz con una puerta al final. Y tengo muchísimo miedo a abrir esa puerta porque no sé qué hay ahí». El día que falleció, falleció conmigo. Yo estaba en la habitación, era madrugada. Y con los padres dormidos, porque se turnaban, le cogí la mano y le dije: «Mira, vamos a hacer una cosa; vamos a ir a la luz, vamos a ir a ese túnel y vamos a coger esa puerta». Y apretando su mano fuerte le dije: «Si tú abres esa puerta y no te gusta lo que ves, vuelves, porque yo no me puedo ir contigo». De pronto se le puso la mano fría y Daniel se fue a la luz. Y estas experiencias del cielo son las que los niños me han contado muchísimas veces. Entonces, es una certeza. Hay algo después y estos niños son ángeles. Pienso que, en parte, ellos sabían que venían a ayudarnos, a darnos una lección de amor en muy corto tiempo. Y es muy duro, pero sin duda Dios no es el que provoca estas muertes, sino quien los recibe en casa.

¿El libro lo ha escrito para usted, para ayudar a las familias, para contar que Dios existe, para mostrar que hay gente que dona su vida por completo para ayudar a otros o es un poco de todo?
—Es un libro para pescar almas. Mi sobrino, que estaba cruzando el Atlántico en un velero con mi hermano, ateo, me llamó y me dijo: «Paco, me acabo de tragar tu libro en dos noches y ha abierto la puerta a la fe». Si yo puedo conseguir eso con algunas personas más, imagínate. Yo tengo dos cometidos en la vida. El primero es que ningún niño con cáncer sufra y, el segundo, es contar que Dios no quiere el sufrimiento de estos niños, que es amor y que en mis historias pueden entender por qué pienso esto. Los milagros que he visto son verdaderamente extraordinarios. Tanto es así que hay una página web con 25 milagros en vídeo en los que se pueden verificar (elmister.org).

Vídeo de la entrevista completa.

¿Por ejemplo?
—Había un padre que amenazó con suicidarse cuando perdió a su hijo. Yo llevé a una amiga mía abogada a pasar el Año Nuevo en el hospital y, no sé por qué, empezó a soñar con este niño, que le daba información pertinente. Cuando el padre conoció los detalles, no se suicidó. Otro ejemplo: mi primera película era para hacer un centro de trasplantes de médula ósea. El día que recibí la noticia de que tenía el dinero para hacerlo, estaba en Nueva York. Y, al enterarme de la gran noticia, cogí el teléfono y llamé al doctor Madero, oncólogo del Hospital Niño Jesús, que me respondió que al día siguiente podíamos ir a ver a una doctora en Valencia que había montado el mismo centro, pero para adultos. Nada más colgar bajé a la cafetería del hotel y empecé a hablar con dos personas desconocidas y resulta que una de ellas era española y su hermana era, precisamente, la doctora de Valencia. Me quedó claro que iba por el buen camino.

Cuenta que dudó mucho en escribir este libro. ¿Por qué?
—Porque Aladina es una fundación muy importante y tenía miedo de que la gente pensara que se me había ido la cabeza, pero son tan extraordinarias las cosas que han sucedido que me di cuenta de que esto no era para mí solo. Yo no soy un elegido; esto le puede ocurrir a cualquiera que abra la puerta a la fe, primero. Y, segundo, si quieres la chuleta para no estudiar, haz caridad. Porque con caridad Dios viene a por ti.

Es cierto que es muy explícito el mensaje del libro, aunque también hay una opinión generalizada de que estamos en un momento en el que existe un resurgir de espiritualidad en la sociedad española. Pero también es cierto que puede encontrar resistencias. ¿De momento la experiencia está siendo totalmente positiva?
—Mira, yo me meto un poco con la Iglesia porque se ocupa sensacionalmente bien de aquellos que creen, pero, lamentablemente, a veces hay pocas herramientas para aquellos que no creen. Este libro es justamente para abrir la puerta a aquellos que no tienen fe, que la han perdido o que no tienen una forma de perdonarse, porque mucha gente tiene miedo de acercarse a Dios por pensar que no va a dar la talla.

O que están haciendo un duelo realmente duro después de haber perdido a un hijo… Aunque sea tras unos años, que usted llegue y diga que tiene la certeza de que el cielo es real, imagino que sana mucho.
—Muchísimo. Mira, otra anécdota. En mi libro hablo mucho de los arcoíris, porque cuando trabajas con niños con cáncer, están por todos sitios. Hablé con una madre el sábado; su hija tenía 17 años cuando falleció —lo cuento en el libro— y yo la quería muchísimo. Lo extraordinario es que su hermano pequeño, cuando cumplió 18 años, se volvió voluntario de Aladina. Esa madre me llamó por teléfono y la noté muy baja de moral y de fe. Tras colgar el teléfono me mandó una foto y me dijo: «Al colgar contigo se congeló la televisión en una imagen y era un arcoíris». Yo creo que estamos, como dices, en un momento de espiritualidad importante. Dios está dando las herramientas para tener más formas de que la gente pueda llegar hasta Él.

Durante estos 25 años, ¿ha tenido alguna vez ganas de tirar la toalla?
—No, he llorado un montón, pero tirar la toalla, nunca. De los milagros más importantes que cuento es que, en el 2005, yo lo iba a dejar todo para irme a Estados Unidos y empezar en el mundo del cine. Y es extraordinario porque, estando en el Vicente Calderón en un concierto de U2, empecé a hablar con Dios y le dije que llevaba cuatro años y medio en el Hospital Niño Jesús y ahora le tocaba a Él ayudarme a mí. Y, en ese momento, Bono dedicó una canción a todos los doctores y enfermeras, pero, en especial, a un hospital de niños con cáncer que estaba en Madrid. Y yo pensé que como nombrase el mío, me daba un patatús. Como Bono no sabía el nombre, las 75.000 almas de Vicente Calderón empezaron a gritar: «¡Niño Jesús!». Hace cuatro meses, 20 años después, me enteré de por qué dijo eso Bono. Un doctor del hospital había escrito una carta a su profesora de inglés irlandesa, que era también alcaldesa, para ver si sonaba la flauta. Para Dios, sus pequeños guerreros son tan importantes, le duele tanto que un niño enferme, que hace verdaderos milagros.

Hábleme de las familias. ¿Cómo es tratar con un dolor tan grande?
—El dolor de perder un niño es lo más duro que existe y muchas pierden la fe. Nosotros cuidamos a las familias un año entero después de que fallece un hijo y juntamos a padres que han tenido la misma experiencia. El primer día tienen cara de que no van a volver y acuden por amabilidad. Pero, al toparse con otros padres que han tenido la misma experiencia, hay un empate técnico. Y es tan eficaz que, el último día, les tenemos que dar un diploma porque no se quieren ir.

La relación con las familias es que nosotros somos uno más de la familia. Y yo siempre digo a los padres que me preocupan especialmente, porque los niños lo llevan con una sonrisa y ellos van a tener que aprender.

El proyecto grande que tiene la fundación ahora entre manos es un centro de día para los niños con cáncer.
—Es el primer centro de día en Europa. Los niños con cáncer pasan gran parte de su enfermedad en su casa, aislados. Y la idea es que, cuanto más avance la medicina, más tiempo se va a tratar al niño en casa. Pero no pueden ir al colegio, no pueden ver a gente por el tema de la inmunidad. Y este es un centro para que puedan asistir a diario a todo tipo de terapias, deportes, teatro, piscina interior, perroterapia. Una vez que lo hagamos, se va a tener que repetir en más lugares del mundo. Empezamos a construir este año y yo creo que en el 2028 será una realidad.

—Usted, que ha visto el sistema desde dentro, sus luces y sombras, ¿qué estamos haciendo bien y que tendríamos que intentar mejorar?
—Acabo de quedarme con el 5 % de la primera y única compañía en el mundo que está haciendo medicamentos para el cáncer para niños, diseñados especialmente para ellos. Todo lo que los niños se meten en el cuerpo como quimioterapia es para adultos y tenemos que mejorar en eso. No podemos toxificar a un niño, porque yo los he visto morir no de cáncer, sino de la toxicidad. Hay que ir al tumor y no al cuerpo.

Si no crees en Dios, te doy su teléfono
Autor:

Paco Arango

Editorial:

Aguilar

Año de publicación:

2026

Páginas:

250

Precio:

21,90 €

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