¿Quién está preparado para morir? Incluso el agonizante o el anciano, para quienes la muerte es cierta y próxima, fantasean con una esperanza. Desean que el milagro trastoque el curso de los acontecimientos y su enfermedad se cure, o que la gran depredadora, siempre exitosa, permanezca agazapada un día más, un mes más, quizá un año más, a la espera de un momento propicio para cobrar su presa. Comparte este anhelo el miserable: tampoco él quiere que le arrebaten su vida, por mísera que sea. Casi todos, también los que más sufren, nos aferramos a la existencia como a un bien preciado. De algún modo, prepararnos para la muerte sería una blasfemia, un desaire a la vida que se nos concedió antes de que la mereciésemos y que se nos sigue concediendo hoy, a pesar de nuestros deméritos. ¿Por qué pensar en la muerte mientras respiramos?
En este sentido, nadie estaba menos preparado para la muerte que Pedro. Todavía no había cumplido 30 años y le acababa de pedir matrimonio a Manuela, la mujer de su vida, ante la Virgen de Guadalupe, su advocación predilecta. ¿Cómo iba a considerar el fin si acababa de inaugurar el principio? ¿Cómo iba a imaginar la decadencia en pleno esplendor? Para Pedro, la existencia todavía se conjugaba en futuro: lo mejor —en este caso de verdad, sin duda— estaba por venir. No podía pensar en la muerte porque estaba proyectando su vida. Soslayarla, degradarla inconscientemente a asunto de ancianos y de enfermos, no era irresponsabilidad, sino obligación. Como todos los jóvenes, tenía que vivir de espaldas al final. Pedro no podía saber que moriría el 12 de diciembre de 2025. De lo contrario, la angustia habría paralizado sus proyectos, la desolación habría apagado su vitalidad. ¿Podría haber vivido como vivió?
La vida de Pedro constituía, en sí misma, una negación de la muerte. Todos sus días, incluso los más difíciles, eran jubilosos: una oportunidad para la gratitud y el gozo, para la oración y la fiesta. Parecía decidido a encarnar escrupulosamente lo que creía. Era católico y, en consecuencia, habitaba cada instante como un don milagroso, como una ofrenda enigmática. Nadie le recordará un gesto torcido, ni una mueca, ni una concesión —por mínima que fuese— al desánimo. Él, que tenía sin saberlo los días contados, casi racionados, descubrió pronto que vivir es una alegría y que entristecerse es un pecado. Todavía hoy, tres semanas después de que todo ocurriera, su sonrisa irrumpe de improviso en mi memoria y disipa sus sombras, como un viento cálido.
En su caso, la alegría no era una virtud más. Era, por decirlo de alguna manera, el esplendor de todas esas virtudes cotidianas, sencillas pero arduas, que cultivaba sin flaquear. Acaso se despidiese siempre con un radiante «sed buenos» porque conocía de primera mano el gozo de serlo. Pedro era generoso con naturalidad, sin aspavientos, como quien se sacude el polvo del abrigo: en su entrega no había un ápice de cálculo, tampoco de vanidad. Todos recordamos divertidos aquella ocasión en que le ofreció su casa a Ame para que este agasajara a sus amigos; o aquella otra en que compró carne picada —la mejor de todo el mercado— por importe de 100 euros para hacernos unas hamburguesas que, naturalmente, nos supieron a ambrosía. Chesterton escribió de san Francisco de Asís que trataba a «una muchedumbre de hombres como una muchedumbre de reyes» y Pedro aplicó con creces el ideal franciscano con amigos y desconocidos. Hace poco, abrumados por su sobreabundante hospitalidad, acaso merecida por algún marqués pero no por nosotros, le sugerimos pagar los víveres a medias: «Como me paguéis algo, no os invito a mi casa», replicó él sinceramente ofendido. Por supuesto, no pagamos nada y nos lo comimos todo.
Ya no me pregunto, como hace días, por qué a Pedro, tan joven, tan feliz, tan bueno: no se le ha concedido al hombre conocer todos los enigmas. Apenas constato que él —aunque no pensase a diario en el desenlace ni perteneciese a esa extraña estirpe de místicos que lo desean— estaba más que dispuesto, como un espadachín en guardia. No hay mejor preparación para la muerte que una vida plena. La de Pedro, el mejor de todos mis amigos, lo fue.