¿Sabías que la gruta de Belén tiene una puerta solo para niños? - Alfa y Omega

¿Sabías que la gruta de Belén tiene una puerta solo para niños?

Desde el árbol de Navidad hasta el nacimiento, pasando por los Reyes Magos o la puerta de la basílica de la Natividad en Belén, estos días desfilan ante nuestros ojos multitud de pequeños detalles que nos acercan al misterio de la venida de Dios hecho Niño

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Foto de recurso de una pareja poniendo el árbol de Navidad
Foto: Freepik.

«El árbol de Navidad es signo de la vida que no muere», decía san Juan Pablo II en la que fue su última Pascua navideña antes de pasar al cielo. Contaba por entonces que el tradicional abeto que se coloca en estas fechas —que a veces se percibe como una intrusión pagana— es en realidad «una costumbre antigua que exalta el valor de la vida, porque en la estación invernal el abeto siempre verde se convierte en signo de la vida que no muere». De esta manera adquiere «un elocuente sentido típicamente cristiano», ya que se hace figura del «árbol de la vida» del Génesis; junto a ello, los regalos a sus pies recuerdan al mismo Cristo, «don supremo de Dios a la humanidad». 

Se cree que fue san Bonifacio el creador de esta costumbre que hoy se encuentra extendida ya por todo el mundo. Un día llegó a una aldea que previamente había evangelizado y se encontró a sus pobladores dando culto a un roble sagrado. Encolerizado, tomó un hacha y lo taló sin miramientos. Luego señaló a un abeto como alternativa, dotándolo antes de simbología cristiana. 

La veracidad de esta historia resulta hoy difícil de comprobar, pero el caso es que los adornos típicos del árbol se ven de otra manera a la luz de la Natividad de Jesús. El que sea un árbol de tipo perenne alude a la vida eterna que nos trae el Salvador; las bolas de colores serían manzanas que recordarían al fruto prohibido del pecado comido por los primeros padres; las obleas —hoy ya no tan frecuentes en nuestros árboles— serían el Pan de vida que viene en estas fechas a causa de nuestros pecados; las piñas indican unidad y, al ser un fruto tan duradero, estarían asociadas a la inmortalidad; las luces que rodean las ramas serían signo de la luz de Cristo y la estrella en lo alto semejaría aquella que guio a los Magos hasta Belén

Otro elemento navideño indispensable es el belén, la original propuesta que san Francisco de Asís ideó en Greccio en el año 1223. Aquella reproducción literal de lo que pasó hace más de 2.000 años ha ido evolucionando con el tiempo, adquiriendo elementos y figuras con una poderosa carga simbólica. Así, siguiendo al belenista Antonio Basanta, nos encontramos con ese curso de agua que en muchos belenes se elabora con papel de aluminio y que aludiría al río de la vida donde vive el pez principal, el Ichthys —acróstico griego de Jesús Cristo Hijo de Dios Salvador—. En él, el resto de peces —nosotros— «beben y beben y vuelven a beber» para tener vida eterna.  

En la orilla podemos encontrar a la lavandera, que recuerda la necesidad de limpiar en ese río todas nuestras culpas. Por el camino de serrín pasa el molinero, que provee del necesario pan que consumimos en la Eucaristía. Los animales del pesebre, el buey y la mula, eran despreciados en su tiempo por ser considerados estériles, pero son precisamente los que Dios habría elegido para que le dieran calor al llegar al mundo.

Avanzando en este recorrido simbólico por los elementos que componen la Navidad nos encontramos con los tres Reyes Magos, que ofrecen al Niño oro, incienso y mirra. Cada uno de estos materiales tiene también una connotación simbólica: el oro sugiere la riqueza propia de un rey; el incienso se usaba para elevar las oraciones al cielo, aludiendo así a Dios; y la mirra se utilizaba para embalsamar el cadáver, preconizando de este modo la muerte de Dios hecho hombre. Cada uno puede acercarse al belén de su casa con esta misma actitud y ofrecerle así al Niño: bienes y tesoros, oraciones y alabanzas, sufrimientos y cruces.

Otro elemento decorativo popular en estas fechas es el color rojo, que en el cristianismo está asociado a la sangre de Cristo. En este sentido, en muchos belenes el Niño aparece fajado en vendas, tal como se sigue haciendo incluso hoy en Oriente, lo que recuerda su muerte y sepultura. Puede resultar chocante que el gozo de estos días se empañe con alusiones a la Pasión. Pero estos detalles revelan que Dios se ha hecho Niño por algo, por alguien—por nosotros—. Por eso el villancico canta que es «amor en el pesebre y sufrimiento en la cruz».

Por último, la puerta de acceso a la basílica de la Natividad: con sus apenas 120 centímetros de altura, durante mucho tiempo fue la única manera de acceder a la gruta donde pasó todo lo que preparamos y celebramos estos días. Por eso, el que quiera acercarse al misterio del Nacimiento de Jesús tiene que agachar su razón, acoger sin censurar el milagro de la Encarnación y entrar en la Navidad con la estatura de un niño, con los ojos de un niño.