Omar Enrique Barroso Dávila, seminarista: «El "no tengan miedo" me llegó»
De Venezuela a Madrid con las manos vacías. Es la historia de este joven seminarista que estuvo a punto de dejar su camino de fe. Pero la providencia estuvo de su lado en el lugar que menos imaginaba. Quién le iba a decir que unos ocho años después estaría ante la mirada del Papa en el Jubileo de los Seminaristas.
—¿De dónde viene su vocación?
—Desde pequeño, cuando tenía unos 10 años, después de la Primera Comunión, sentí que el Señor me puso en el corazón ese amor por Él. Años después entré en una congregación en la que quería ser sacerdote religioso y dejé el trabajo. Estaba en un despacho de abogados y me fui de misionero a Perú. Pero con el tiempo me di cuenta de que no era mi lugar.
—¿Cómo fue el llegar a España?
—Me fui a Madrid sin nada, con 20 euros y una reserva de dos semanas en un hotel. Pasaban los días y se me acababa el tiempo. Uno se monta en su cabeza un sueño, que todo es muy fácil, pero me vi preguntándome: «¿Qué hago ahora?». Entré en la colegiata de San Isidro a rezar el rosario y se me acercó un señor que me dijo: «¿Puedo rezarlo contigo?». Le dije que sí y, cuando terminamos, me empezó a preguntar por mi vida. Fue el que me presentó a un sacerdote. Los dos se empezaron a preocupar por mí.
—¿Qué pasó después?
—Me presentaron al cura de Colmenar Viejo y él me dijo que me podía quedar un tiempo en una de las casas parroquiales. Todo sin conocerme de nada. Fue impresionante. Me dio las llaves de la casa y me dijo que podía vivir allí. A raíz de eso, empecé a hacer vida en esa parroquia. Yo tenía heridas por cómo había vivido la vocación antes y eso fue sanando, aunque con el tiempo. Y al final fue cuando pensé que sí quería ser sacerdote.
—¿Esa experiencia recondujo su vocación?
—Si no hubiese sido por ese momento, yo ya había descartado la idea del sacerdocio. Estaba un poco frustrado. Si el Señor no me hubiese rescatado ahí, no sé qué hubiese sido de mi vida, porque no estaría solo apartado de la vocación; también de la Iglesia.
—Entra en el Seminario Conciliar de Madrid y tiene la oportunidad de venir al Jubileo de los Seminaristas.
—Sí. Al inicio del curso, empezó a funcionar de nuevo en el seminario un órgano, que es un Consejo de Seminaristas. Hay un representante por cada curso, que elegimos entre nosotros, un formador de cada etapa y el rector. Nos reunimos una vez al mes para tratar temas del seminario. No solo temas cotidianos; también salió una vez, por ejemplo, la cuestión de qué entienden los seminaristas por libertad. A los meses de comenzar esto, nos dijeron que iríamos al Jubileo.
—Aquí conoció al Papa León XIV, y además, muy de cerca.
—El año pasado estuvimos con el seminario en audiencia con Francisco y este año conociendo al nuevo Papa. Fue una experiencia maravillosa. Yo me senté cerca de la valla en la basílica, así que pasó por mi lado y le pude dar la mano. Me bendijo un rosario y fue increíble mirar a los ojos al Sucesor de Pedro. En ese momento, la emoción fue muy grande.
—¿Cuál fue su primera impresión del Santo Padre?
—Este Pontífice me gusta mucho por su mirada. Siempre parece que se emociona muchísimo, como si estuviera a punto de llorar y todo le impresionara. Cuando pasó por mi lado, me di cuenta de que tiene la misma mirada de cuando salió al balcón al ser elegido.
—De todo lo que dijo en la catequesis con los seminaristas, ¿con qué se queda?
—Ahora estoy en la pastoral vocacional y acompañamos a los que se están planteando entrar al seminario. Vemos sus miedos y esto te transporta a cuando estabas en ese punto. Y, claro, el Papa llega y dice: «No tengan miedo». Es distinto cuando alguien lo dice con esa fuerza: «No tengan miedo a ser discípulos del Señor». Esas palabras me llegaron al corazón porque me acordaba de ellos y dije: esto se lo tengo que transmitir cuando llegue.