Celebrarán con gozo la Navidad quienes sean conscientes de la necesidad que tienen de ser redimidos de su esclavitud de vivir para sí mismos, de buscar en todo su propio placer, de usar al resto y, en definitiva, de ser incapaces de amar y ver que el otro es un fin en sí mismo y no un medio para conseguir algo más. Estos hombres, egoístas y centrados en sí mismos, cuyos corazones son oscuros y fríos como la noche en Belén, harán fiesta al recordar que Cristo se ha hecho carne y ha venido a redimirles. El cristiano celebra este amanecer, este tiempo de la aurora, y se sumerge en la liturgia como corriente de gracia que le permite día a día ir adoptando la imagen del Hijo. Celebrará con alegría el Año Nuevo quien, además de la supervivencia a una rotación alrededor del sol, advierta lo bienaventurado que es por cuantos con afecto le rodean, salga beneficiado del balance que contrapesa fracasos, decepciones y dolores con éxitos, ilusiones y gozos, pero, sobre todo, celebrará este paso con alegría quien, dejando atrás lo viejo, se abra a un tiempo nuevo en la esperanza de una recreación. La fiesta es propia del hombre porque la esperanza en un mundo mejor y eterno lo es. Todos queremos el cielo y por él brindamos.