25 de enero: conversión de San Pablo, la muestra de que Dios no busca el pedigrí - Alfa y Omega

25 de enero: conversión de San Pablo, la muestra de que Dios no busca el pedigrí

El santoral no solo recuerda a san Pablo el día de su fiesta, sino que también lo hace con motivo de su conversión. No hay pruebas de que se cayera de un caballo y necesitó tres años de retiro antes de convertirse en el apóstol de los gentiles

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
'La conversion de San Pablo'. Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado (Madrid).
La conversion de San Pablo. Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Prado (Madrid). Foto: Museo del Prado.

La del 25 de enero es la única entrada en el santoral referida exclusivamente a la conversión de un santo. La memoria de san Pablo apóstol tiene ya su fecha en el calendario, el 29 de junio, junto con san Pedro, conmemorando su martirio en Roma. Pero la Iglesia ha querido también celebrar la conversión del apóstol de los gentiles en una fecha aparte. ¿Por qué? ¿Qué ocurrió antes y qué pasó después?  

Para acercarse a este hecho capital en la historia del cristianismo hay que conocer el contexto. Según Hechos 7, Pablo estuvo presente en la lapidación de Esteban y, de hecho, fue el encargado de guardar las capas de quienes lanzaban piedras al diácono mártir. Esa escena concluye con una críptica frase: «Saulo aprobaba su ejecución». 

Tenemos que avanzar un poco más en el libro de los Hechos de los Apóstoles y acudir a las cartas del propio Pablo para saber algo más de él antes de su conversión. Nacido en Tarso —hoy Turquía—, estudió en Jerusalén a los pies de Gamaliel, un reputado miembro del Sanedrín y uno de los rabinos más influyentes de su tiempo. «Circuncidado a los ocho días, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo hijo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, irreprochable». Así se presentó él mismo ante los filipenses, dando cuenta de la radicalidad de su fe antes de conocer a Cristo. «Yo he vivido como fariseo conforme a la secta más estricta de nuestra religión», confesaría también. 

Después de lo de Esteban, el celoso judío fariseo se dedicó a perseguir sin piedad a los cristianos, a los que consideraba traidores a su fe. Los Hechos cuentan, en este sentido, que «hacía estragos en la Iglesia», pues «entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel».

'Ananías restaura la vista a Saulo'. Pietro da Cortona. Iglesia de Santa María de la Concepción (Roma).

Ananías restaura la vista a Saulo. Pietro da Cortona. Iglesia de Santa María de la Concepción (Roma). Foto: St. Timothys Church.

Camino de Damasco para una de estas razzias, una luz celestial lo envolvió con su resplandor y cayó a tierra —en ningún momento aparece que se cayera de un caballo—. «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?», escuchó del mismo Cristo. Estuvo tres días ciego hasta que un discípulo llamado Ananías oró sobre él para su curación y lo bautizó

La Biblia narra que enseguida «se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios»; pero a los gálatas les contó que antes de volver a Jerusalén y conocer a los apóstoles pasó tres años en Arabia. La tradición afirma que este fue para Pablo un período de retiro espiritual y aprendizaje junto a alguna de las comunidades cristianas del reino de los nabateos. San Juan Crisóstomo dice que Pablo «aprendía en silencio lo que luego enseñaría al mundo». Así, Pablo «no se convirtió de inmediato en misionero, sino que necesitó un tiempo de silencio y maduración interior que transformó profundamente su modo de pensar», afirmó en este sentido Benedicto XVI.    

«La conversión no sucede por un razonamiento lógico ni por un esfuerzo o virtud, sino por una fuerza que supera cualquier limitación humana: la acción desconcertante de Dios en una persona», explica el cineasta Juan Manuel Cotelo, autor de numerosas producciones con conversos como protagonistas. En este sentido, «el protagonista es siempre Dios» y personas como Pablo «muestran que Dios no hace selección de personal, no busca el pedigrí, sino que busca y ama a todos, empezando por los más heridos». Por todo ello, el ejemplo de Pablo «nos da esperanza a todos los que somos pecadores, porque nos permite descubrir que también somos amados».