Acabo estas fiestas empachada. No por grandes comilonas, la sensación va más por otro tipo de plenitud. Es difícil de explicar, pero lo intento.
Es verdad que en los colegios hay vacaciones, bien sea por Navidad, fin de año, o la fiesta de la Independencia. Pero, sin embargo, la vida sigue más o menos igual, solo que con más celebraciones litúrgicas (para los católicos), más música y, para los que se lo pueden permitir, alguna copita. Pero en lo cotidiano se ve a la gente peleando con la tierra seca, a las mujeres camino del mercado, a los niños buscando agua y jugando entretanto. Las noticias de gente que sigue huyendo por mar, la búsqueda de alimentos y combustible, el continuo mwen grangou (tengo hambre).
Entonces, ¿por qué esta sensación de sobredosis, si nada ha sido distinto? Si no hemos tenido múltiples cenas y reencuentros, si no hemos estado a la búsqueda del regalo perfecto, si no tenemos que elegir el mejor papel de regalo, si no hay que pensar menús, si no tenemos viajes… Bueno, pues yo creo que justo por todo eso.
La ventaja de vivir (como me sale decir muchas veces) con los pastores es que también a nosotras se nos anuncia primero la Buena Noticia. Qué maravilla. Esa noche, poquitos, en medio de las tareas… y el gloria que retumba en derredor. Ancianos, mujeres, niños adorando al Dios encarnado. Es algo tan rompedor. Ojalá hubieras podido estar celebrándolo. Yo medio lloraba, medio me reía. Intuyo que la primera Navidad debió de ser así. Random. Revolucionaria. Alternativa. Locura total.
Esa experiencia desbordante me ha acompañado ya todos los días. En las visitas a pacientes, a familias, en los paseos, en el compartir en comunidad. Dios eligió un contexto como este para venir al mundo. Dios desbarató todas las expectativas —de entonces y de ahora—. Dios optó por decirse a través de lo más pequeño y vulnerable. Dios empezó su vida en una familia que tuvo que huir. Dios se anunció en primer lugar a los marginados. Dios quiso venir para todos, sin importarle raza, religión, categoría social.
Esto lo sabes, y yo también. Pero te aseguro que experimentar tan de cerca el decirse de Dios en ellos es el motivo por el que me siento empachada. Perdón si suena a cursilería, pero estoy agradecidamente empachada de la promesa de Dios que se concreta en su hacerse persona y amar a cada ser humano con esa opción tan radical por quienes están en los márgenes.
Así que, antes de guardarlo, te invito a echar una última mirada al portal de Belén y a, como los pastores, alegrarnos de esa Buena Noticia: «Un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Dios-con-nosotros.