El cardenal Rouco, en la Pontificia Academia de Ciencias Sociales: Las JMJ, una pedagogía cristiana - Alfa y Omega

El cardenal Rouco, en la Pontificia Academia de Ciencias Sociales: Las JMJ, una pedagogía cristiana

«Es posible transmitir la fe a las nuevas generaciones»; posible, pero no sencillo. Lo dijo el lunes el cardenal Rouco, arzobispo de Madrid, ante la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales. El anfitrión de la última JMJ afirmó que es preciso hacer frente a la pesada losa de la herencia cultural de mayo del 68 y mostró su convencimiento de que, para educar en la fe, es necesaria una propuesta exigente que involucre a los jóvenes en la misión evangelizadora de la Iglesia

Ricardo Benjumea
Un momento de catequesis, durante la JMJ de Madrid
Un momento de catequesis, durante la JMJ de Madrid. Foto: Laura G. Alonso.

La Jornada Mundial de la Juventud deja a la Iglesia un claro mensaje de esperanza, subraya el cardenal Rouco: «¡Es posible transmitir la fe a las nuevas generaciones! ¡Hay una juventud de hoy que es Iglesia al cien por cien!». Éste fue el punto de partida de la conferencia sobre Educación cristiana para las nuevas generaciones.

La historia de esta institución, puesta en marcha por el Beato Juan Pablo II, se ha revelado de gran fecundidad. «Millones de jóvenes se han movilizado a lo largo de estos años, llenando calles y plazas de las grandes metrópolis, anunciando a Cristo». Y se pregunta el cardenal arzobispo de Madrid: «¿No estamos ante un signo de los tiempos, suscitado por el Espíritu?». Madrid ha ofrecido la última prueba de ello, pero la experiencia no puede quedar en un bonito recuerdo. «Las Jornadas Mundiales de la Juventud —dice el cardenal— nos invitan a recuperar aspectos centrales de una pedagogía cristiana para la juventud del tercer milenio». No es sencillo. «Tenemos por delante una tarea enorme».

«Como afirma Benedicto XVI, educar jamás ha sido fácil, y hoy parece cada vez más difícil», hasta el punto de que el Papa habla de una «emergencia educativa».

El erial que dejó el 68

El cardenal remite a las corrientes culturales de 1968, que sintetiza en una «ruptura cultural y espiritual con la tradición y las instituciones que la representaban: familia, sociedad, moral, religión, Iglesia». Murió «el fervor inicial» de «aquellas utopías revolucionarias, incapaces de construir alternativas a la tradición que destruían». Pero quedó «un amargo legado de desencanto y escepticismo. El campo había quedado sembrado de sal. Quedó el abandono de la educación religiosa moral de los hijos; el abandono de la educación en la fe y de la práctica cristiana. Quedó una orfandad intelectual y afectiva, sin verdaderos maestros ni modelos de referencia. Quedó la desorientación moral y espiritual… Quedó una crisis de esperanza y de sentido, sustituido por el utilitarismo del éxito y de la satisfacción individual a toda costa. La vida buena moral fue sustituida por una buena vida hedonista».

La locura del 68 «no ha sido superada», dice el cardenal Rouco.

«Aquella ruptura cultural y espiritual no ha sido superada», prosigue el cardenal. Antes bien, «sus consecuencias son evidentes en el clima en el que crecen las actuales generaciones juveniles», en fenómenos como «el relativismo y el olvido de Dios», en «la inestabilidad familiar», o en «una profunda desorientación existencial y afectiva de los jóvenes».

La Iglesia no sólo debe superar ese muro, sino también una creciente hostilidad ambiental, de fácil explicación: «Para las corrientes ideológicas relativistas, resulta enojosa la persistencia de criterios cristianos en la sociedad». Por ello, «asistimos al constante intento de desacreditar el patrimonio intelectual, ético y cultural de la Iglesia y del cristianismo».

Motivos de esperanza

También en la Iglesia se han infiltrado esas corrientes ideológicas, lo que ha producido, «en no pocos casos, una secularización interna», reconoció el arzobispo de Madrid.

Junto a esos problemas, es de justicia reconocer poderosos motivos de esperanza; nuevas «experiencias vitales», que el cardenal Rouco describe como «luces de esperanza para la formación cristiana de las nuevas generaciones». Y cita «las nuevas realidades que el Espíritu suscita en la Iglesia»; o a «los nuevos sacerdotes, que provienen ya de estas nuevas generaciones, y han seguido la llamada del Señor con plena conciencia del contexto en que desarrollan su tarea», a diferencia de lo que les sucedió, hace algunas décadas, a muchos sacerdotes, que se encontraron inesperadamente con la tempestad.

La crisis económica, de fondo

La búsqueda global de la tranquillitas ordinis, ha sido el lema de esta Asamblea Plenaria, celebrada del 27 de abril al 1 de mayo. La cita anual tenía como trasfondo la efeméride de los cincuenta años de la encíclica Pacem in terris, de Juan XXIII, y ha tenido lugar en un contexto de aguda crisis económica, sobre todo en Europa. Por eso, han abundado este año los expertos en economía, como el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, o el expresidente del Bundesbank alemán Hans Tietmeyer, cercanos a las tesis económicas más liberales, junto a otros, como el norteamericano Joseph Stiglitz o el expresidente de Perú Alan García, de tendencia intervencionista. Entre los eclesiásticos, han participado el cardenal Marx, arzobispo de Munich; el cardenal Rodríguez Maradiaga, presidente de Caritas Internationalis; el cardenal Kasper, presidente emérito del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos; o el español monseñor Ladaria, secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe; y entre los seglares, el también español José Tomás Raga, experto en doctrina social, o el abogado uruguayo Guzmán Carriquiry, secretario de la Comisión Pontificia para América Latina.

Habló también el arzobispo de Madrid de «las nuevas parroquias, animadas por un espíritu evangelizador. En tales contextos, crece una tensión evangelizadora, donde los jóvenes intercambian experiencias de fe…; son lugares de comunión para sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico… Surgen numerosos voluntariados» y, «en ese clima de entrega a los demás, oración y alegre serenidad, los jóvenes pueden discernir de modo personal la llamada divina a la santidad, ya sea en el celibato apostólico, o en el matrimonio».

El riesgo de escamotear

Requisito fundamental para alimentar estos itinerarios de fe es presentar la fe «en toda su integridad. La formación doctrinal en la actualidad ha de ser particularmente cuidada, sin reducir a Cristo a la condición de un hombre bueno, y su Evangelio a una simple filantropía… Es posible la transmisión de la fe a los jóvenes cuando no se les escamotea el Evangelio en toda su fuerza y su belleza».

Además, es necesaria «una cuidada catequesis y una sólida formación en la fe de los grupos juveniles, a la altura de los actuales desafíos culturales». Y salir al encuentro de los jóvenes con «una decidida pastoral vocacional». Esto requiere «ofrecer ocasiones, espacios y formas de oración en que los jóvenes puedan dejarse encontrar por Él, de manera que Cristo determine su existencia personal»… Espacios, en definitiva, como las JMJ.

Claro que las Jornadas tienen también un importante acento misionero, ya que se pide a los jóvenes que evangelicen a otros jóvenes. Son aspectos inseparables. «Educar en la vida cristiana es introducir a los jóvenes en la misión de la Iglesia», dice el cardenal. «Si se presenta en toda su belleza humana y espiritual el ideal del a Cristo en toda la existencia, los jóvenes asumen con entusiasmo el compromiso apostólico de su vocación cristiana en el mundo, con una acción transformadora de las realidades temporales, sin avergonzarse de mostrar públicamente su pertenencia al Señor y a la Iglesia. De manera que es necesario promover el espíritu apostólico y promover a las comunidades en estado de misión; ofrecer cauces a los jóvenes y comprometerlos en la experiencia del apostolado».