La reforma que (de verdad) necesita nuestra Universidad
Más allá de la subida de las tasas universitarias, que ya ha provocado algunas protestas, y de la racionalización de la oferta de estudios, apenas han trascendido los detalles de la reforma universitaria que anuncia el Gobierno. Sin embargo, los expertos avisan: cualquier reforma acabará en catástrofe si se ceba con las humanidades y los estudios minoritarios, y si no acaba con la endogamia docente, la politización y la mala gestión
La norteamericana Diane Ravitch es historiadora de la educación, autora de un prestigioso estudio sobre la Edad de oro de la educación en Estados Unidos, que transcurrió entre 1925 y 1958. En su análisis, Ravitch explica que esa Edad de oro comenzó, paradójicamente, durante la Gran Depresión de los años 20, por dos factores: uno, muchos estadounidenses se dieron cuenta de lo importante que era la educación y el esfuerzo para el porvenir de los jóvenes; y dos, que muchos de los mejores profesionales, que se habían quedado sin trabajo, se volcaron en la docencia y en la investigación. Pero, ¿qué tiene que ver esto con la universidad española? Más de lo que parece.
Lo que se sabe
Dentro de las reformas educativas anunciadas por el Gobierno, el ministro de Educación, don José Ignacio Wert, ha adelantado algunos cambios en la estructura de la universidad. Los datos han trascendido con cuentagotas, y apenas se conocen cuatro puntos de esa reforma. El primero, que el Gobierno ha encargado a una comisión de expertos un plan de reforma de la universidad, cuyas conclusiones se presentarán entre junio y septiembre. El segundo, que el Ministerio subirá las tasas universitarias, para que cada alumno pague entre el 15 % y el 25 % de la matrícula, en lugar del menos del 10 % de promedio que paga un universitario español (y eso que la enseñanza universitaria no es obligatoria ni gratuita por ley). El tercero, que la nota media mínima para obtener una beca pasará del 5 al 5,5 o 6, y que se incrementará en 218 millones de euros las ayudas de este tipo. Y, por último, que el Gobierno reestructurará el mapa de la oferta académica, para que no todas las universidades ofrezcan todas las titulaciones: según un estudio del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas y la Fundación BBVA, 228 grados de universidades públicas tienen menos de 30 alumnos en 1º, y el 25 % ( 500 titulaciones), menos de 50.
Aunque sólo se han esbozado estas cuatro medidas, una parte de la comunidad universitaria ya se ha puesto en pie de guerra, con protestas estudiantiles y sindicales. Pero, al margen de estas protestas radicales, el descontento y el escepticismo cunde entre la mayoría de los profesores. Así lo explica un catedrático de la Universidad Complutense, de Madrid, que pide mantener el anonimato, por temor a las represalias de los sindicatos y de sus compañeros de claustro: «Las protestas contra los recortes son la reacción que esperábamos, porque los sindicatos y las asociaciones de estudiantes se niegan a aceptar que lo que debe caracterizar a un universitario es el esfuerzo y el rendimiento de cuentas. De todos modos, lo que preocupa de verdad a los que amamos la Universidad es que estas medidas buscan recortar el gasto, y eso está bien, pero no hacen una verdadera reforma, y dejan intactos los problemas reales: la endogamia en los departamentos, la politización de las estructuras, el despilfarro y la falta de investigación». Problemas, todos ellos, que afectan de lleno a la formación académica de los alumnos.
Los datos son los datos
Y añade datos poco alentadores: «Lo increíble es que un chaval que aspira a entrar y formarse en el mundo intelectual, pueda obtener una beca con un aprobado raspado, y se queje si se le exige llegar al 6; o que los alumnos, a los que la sociedad les paga el 90 % de su matrícula, no se presenten a uno de cada 5 exámenes, sólo aprueben el 65 % de los créditos en que se matriculan (con el derroche que supone) y, cuando les piden pagar el 15, o el 20 o el 25 %, en lugar de estudiar más para beneficiarse de una beca, quieran que el Estado les pague por hacer lo menos posible. ¡Y que nadie proteste por no tener ninguna universidad española entre las 100 mejores del mundo!».

La intención del Gobierno de reestructurar la oferta de las universidades también genera incertidumbre: las Comunidades podrían eliminar grados con poca demanda y, además, hacerlo sin conexión entre ellas, lo que supondría la puntilla en España para titulaciones poco enfocadas a la mentalidad técnica y empresarial, como Humanidades, Filología, Filosofía o Historia, que ya quedaron perjudicadas por el Plan Bolonia (que pone más énfasis en lo pragmático).
No sobran Universidades
Un profesor de la Universidad Autónoma, de Madrid, explica que, «en España, no sobran universidades; lo que pasa es que, en núcleos de población relativamente pequeños, es fácil encontrar varias ofertando las mismas grandes carreras (Derecho, Medicina, Empresariales…), que se podrían cursar en otro sitio cercano y sin tener que contar con tantos recursos. Tampoco sería razonable eliminar grados con poca demanda, pero también con poco claustro y poca oferta (ciertas ramas de Humanidades, o ciencias experimentales), que hay que mantener, porque no hay superabundancia de titulaciones minoritarias, y perderlas sería empobrecer nuestro patrimonio intelectual». Así, la solución pasaría por especializar la oferta, en un sistema de cooperación y coordinación universitaria que ya se aplica en países como Alemania. «Se ahorraría mucho —explica el profesor— y, además, se mejoraría la calidad docente: si hay muchos profesores para una misma carrera que se oferta en muchos sitios, es imposible que todos sean los mejores. Y los mejores son a quienes, en teoría, las universidades deben contratar». Basta recordar que universidades como las de Cambridge o Hardvard no tienen más que el 10 % de profesorado excelente, pero motivan a todo el claustro.
Acabar con el enchufismo
Si los hechos no son nuevos, ¿por qué no se ha modificado antes el sistema universitario? El catedrático de la Complutense da la respuesta: «Hay grupos interesados en dejar las cosas como están, para no perder sus cotas de poder. Ahora se ha recortado en investigación desproporcionadamente, y eso hará que los mejores y los más preparados se vayan a otros países, pero a mí me tratan de traidor por denunciar que el 50 % de los docentes no han investigado, literalmente, nada, en los últimos seis años, aunque han cobrado por ello; es decir: hemos malgastado miles de millones en investigación, y ahora no hay dinero». Encima, España invierte en I+D+i la mitad del promedio de la OCDE. «Además —continua—, el 99 % de los profesores que contratan las universidades ya trabajaban en ellas, puestos a dedo por los departamentos, que eligen a 3 de los 5 miembros del tribunal que nombra a las nuevas incorporaciones, para que entren, no los mejores, sino los mediocres o los afines políticamente. Si el Gobierno no cambia este sistema, cualquier reforma será un maquillaje, y perjudicará a los alumnos, que llegan cada vez peor preparados del Bachiller y se encuentran con profesores contratados por enchufe, no por sus méritos».
La parte buena está, como decíamos, en la tesis de Ravitch: con valor y sentido común, la Gran Depresión de la universidad española puede suponer el inicio de una Edad dorada.