Una nueva forma de vida
En declaraciones a la Cadena COPE, entrevistado por Javier Alonso Sandoica, nuestro cardenal arzobispo ahonda en el espíritu evangelizador que anima la próxima Misión Madrid
La JMJ supuso una renovación espiritual para nuestro país; es el momento de concretarlo en un trabajo pastoral diocesano con la Misión Madrid, ¿no?
Así es. Naturalmente, la Misión Madrid va más allá del recuerdo de la JMJ de Madrid de 2011 y conecta también con el Año de la fe, que el Santo Padre va a proclamar, el primer domingo de octubre, en una gran celebración eucarística con la que se inaugura el Sínodo, la Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos, y en cuyo marco también se va a declarar Doctor de la Iglesia a san Juan de Ávila y también a una santa mística medieval de Alemania, patria del Santo Padre, santa Hidelgarda de Bingen. Nosotros, este curso pastoral lo vamos a iniciar de una forma espiritualmente vivida y honda, con la peregrinación a Fátima, en la que queremos recoger los frutos de la JMJ en Madrid, para Madrid; y en la medida en que con toda sencillez nos podamos proyectar a otros lugares desde España, así lo haremos. Así daremos un marco atractivo, desde el punto de vista pastoral, y desde la experiencia viva y honda de la fe, a la celebración de ese gran Año de la fe que el Papa Benedicto XVI ha proclamado para toda la Iglesia. Así podremos entrar a fondo en lo que es esa evangelización que hay que hacer de nuevo en toda Europa, de una forma muy especial en comparación con otros lugares del mundo. Para nosotros, evangelizar no es nuevo, porque siempre se ha evangelizado, pero hemos perdido las raíces cristianas de la vida, y en muchísimos casos la fe. Evangelizar siempre supone conversión, cambio de vida, y abrir caminos de futuro para el hombre.
El lema, Servidores y testigos de la verdad, en el fondo es hacer la vida de los santos y provocar esa gran conversión, como la de santa Hidelgarda de Bingen y san Juan de Ávila.
No hay renovación de la Iglesia, si no hay apertura del corazón y del alma, de la misma Iglesia en general, pero traducida después en particular a muchas almas y muchas vidas de la Iglesia, a un don de la gracia que hay que vivir hasta la radicalidad del amor perfecto, que diría san Pablo, es decir, hasta la santidad. Y cuando uno lanza una mirada al pasado de la Iglesia, y se fija, por ejemplo, en la gran renovación que tuvo lugar en torno a Trento, que no se limitó sólo a las reformas organizativas de estructuras, a las normas de Derecho canónico, sino que fue una reforma que caló muy hondo en la fe del pueblo de Dios, en la entrega apostólica y misionera a Él, que caló muy hondo en la transformación de la sociedad de entonces, y que tuvo como protagonistas, además de a los Padres conciliares y los Papas, a muchos santos. Es inevitable asociar aquella renovación de la Iglesia, de la modernidad en España, a sus grandes figuras en el catálogo de sus santos: a san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier, santa Teresa de Jesús, etc., y a los grandes obispos, santo Toribio de Mogrovejo, santo Tomás de Villanueva, etc. También ahora, cuando nuestra Misión Madrid coincide con el 50 aniversario del Concilio Vaticano II, vivimos un tiempo de renovación conciliar. Tenemos que preguntarnos en qué medida la renovación más externa, más de estructuras, más de formas de acción pastoral, más de acomodar lo externo de la Iglesia al alma de la Iglesia, a las normas de Derecho canónico, a su inspiración teológica, en qué medida hemos vivido la renovación desde un hondo Sí a Cristo. ¿Hay santos del Concilio de Trento? Evidente, ya los conocemos muy bien. ¿Hay santos del Vaticano II? Pues sí. La Iglesia ha beatificado a la Madre Teresa de Calcuta y al propio Juan Pablo II, dos figuras del tiempo postconciliar; también a san José María Escrivá, a san Pío de Pietrelcina, a matrimonios que han vivido su vocación de seglares con un hondo Sí a la santidad…, y los que vendrán. Hay que conectar con los grandes santos del tiempo del Vaticano II, también en nuestro quehacer apostólico y pastoral de la evangelización de nuevo en la Europa de hoy, para conseguir acierto, para conseguir evangelización, para que el Sínodo que vamos a dedicar a la nueva evangelización se construya y se levante sobre fundamentos sólidos, y no sobre arena. También debemos hacerlo así con la Misión Madrid. Tenemos que pedir mucho a la oración de las comunidades de vida contemplativa, de las nuevas realidades de vida consagrada que nacen también con el Vaticano II, que son bellísimas y las conocemos todos; o del propio Carmelo o, dentro de las raíces del mundo franciscano de las clarisas, de Iesu Communio, o de esa renovación del tronco de san Bruno que representa las Hermanas de la Asunción, o de las Hermanitas del Cordero… En fin, toda esa floración extraordinariamente fecunda y hermosa que ha vivido la Iglesia y está viviendo y que es fruto, sin duda, alguna del Vaticano II.
Acaba de decirnos que hemos perdido las raíces cristianas, que a veces también se ha perdido la fe. ¿Cómo se puede dar un testimonio desde la Misión Madrid, que es eminentemente misionera, que exige una conversión personal, en este momento de crisis social?
En toda la realidad pastoral de la Iglesia en Madrid, en su red parroquial, en sus comunidades, en todos sus servicios pastorales, apostólicos, pero también sociocarititativos, el hombre, la familia, la persona, encuentra el amor de Cristo de una manera concreta y eficaz; una eficacia que, a veces, no llega hasta la respuesta plena, a los problemas de naturaleza económica, etc., pero que es eficaz siempre, porque ofrece ayuda real para salir de las crisis más personales y más familiares que vive la gente. Se trata de instaurar una nueva forma de vida en lo personal, en lo familiar, en lo empresarial, en lo social, en lo económico, en lo político, una nueva forma, en la que lo que se pone por delante no es tanto el tener, que diría Juan Pablo II, sino el ser. No se pone tanto de relieve el gozar a toda costa, sino vivir gozosamente los grandes aspectos de la vida humana, que tienen que ver con el arte, con la experiencia de lo religioso, de la fe, en lo más profundo de la vida de oración, con la amistad, con el disfrute de la naturaleza, etc. A veces nos creamos necesidades que tienen poco que ver con lo mejor del hombre, y tienen mucho que ver con lo más superficial y lo más trivial de la vida humana.