El Papa pide «espíritu eclesial» a las Superioras Generales religiosas: «Sed madres, no solteronas» - Alfa y Omega

El Papa pide «espíritu eclesial» a las Superioras Generales religiosas: «Sed madres, no solteronas»

Es absurdo pretender «seguir a Jesús sin la Iglesia». Son palabras del Papa a unas 800 Superioras Generales de todo el mundo, tras un encuentro de Superioras marcado por la intervención vaticana de la principal organización de Superioras en Estados Unidos. En la gestión de esta crisis heredada, el Papa muestra que no se esconde ante los desafíos incómodos, y que sólo debe esperarse de él firme continuidad en cuestiones doctrinales

Ricardo Benjumea
Un momento del encuentro del Papa Francisco con las Superioras Generales religiosas, en el Aula Pablo VI, del Vaticano.

¿Qué sería de la Iglesia sin vosotras?», dijo el Papa a alrededor de 800 superioras generales, pero pensando en las religiosas de todo el mundo. Sin ellas, a la Iglesia «le faltaría la maternidad, el afecto, la ternura, la intuición de madre», y una valiosa presencia en el mundo, especialmente junto a las personas que se sienten solas, excluidas, áridas»…

Fue un importante gesto del Papa recibir, el miércoles de la semana pasada, a las participantes en la Asamblea Plenaria de la Unión Internacional de Superioras Generales, al término de su encuentro trianual, celebrado en Roma del 3 al 7 de mayo. La audiencia tenía lugar en un momento no precisamente fácil, marcado por la intervención vaticana de la Conferencia de Liderazgo de Mujeres Religiosas de Estados Unidos (LCWR), que, según la propia organización, representa a más del 80 % de las superioras del país. La intervención es resultado de la evaluación doctrinal concluida en 2012 por la Congregación para la Doctrina de la Fe, que advirtió de «problemas doctrinales serios» en las asambleas y pronunciamientos institucionales de la LCWR, e incompatibilidad con la doctrina católica en temas morales esenciales. Para reconducir el rumbo de la LCWR, se ha encomendado al arzobispo de Seattle la revisión de sus estatutos.

En la gestión de esta crisis heredada, el nuevo Pontífice ha dado una muestra clara de que no va con su estilo el ponerse de perfil ante las situaciones incómodas, pero también de que no debe esperarse de su pontificado ninguna ruptura en temas doctrinales. Algunos sectores vaticinaron un cambio de rumbo con respecto a las Superioras norteamericanas, pero, el 15 de abril, el obispo de Roma se reunió con el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, monseñor Müller, y reafirmó las conclusiones de la evaluación doctrinal.

Eso no excluye una actitud de paciencia y mano tendida, como la de todos los últimos Papas. Ya en 1970, varias Superioras se escindieron de la LCWR, incómodas por algunas tendencias doctrinales, y pidieron a Roma reconocimiento para su nueva agrupación. Se han repetido después otras tentativas similares, especialmente después de 1979, cuando la entonces Presidenta de la LCWR recibió a Juan Pablo II en Estados Unidos, con un alegato a favor del sacerdocio femenino, pero tanto el Santo Padre como los obispos locales hicieron después lo posible por evitar fracturas y polarización entre las religiosas, y la Santa Sede mantuvo el reconocimiento de la LCWR como la única identidad canónicamente reconocida de Superioras. Se trata de una decisión coherente con la finalidad de las Conferencias de Religiosos Mayores, impulsadas por Pío XII, para promover la comunión eclesial. Pero los disensos fueron a más, originando crecientes problemas internos en la Iglesia en Estados Unidos, hasta que, finalmente, Benedicto XVI aprobó una Visita apostólica a los institutos religiosos femeninos de vida activa en este país, y, por otro lado, la evaluación a cargo de Doctrina de la Fe.

Éste no es un asunto cómodo para nadie en Roma, como quedó claro, hace unos días, cuando el prefecto de la Congregación para la Vida Consagrada, el cardenal João Braz de Aviz, hizo, ante las superioras religiosas, unas declaraciones en las que podía interpretarse que se desmarcaba de la línea de Doctrina de la Fe. El 7 de mayo, un comunicado de prensa de la Santa Sede desmintió esta interpretación, reafirmando que ambos dicasterios colaboran estrechamente «en todo el proceso de la evolución doctrinal», unidos «por el deseo de respaldar la vocación noble y hermosa» de las religiosas.

Desde Estados Unidos, el obispo de Springfield, uno de los dos que asisten al arzobispo de Seattle en la reforma de la LCWR, aclaró, hace unas semanas, que la intervención no pone en cuestión «la fe y la vida de las 57 mil religiosas en Estados Unidos», ni mucho menos el valioso trabajo de las religiosas en colegios, hospitales o centros sociales, sino ciertos pronunciamientos institucionales de la LCWR y el tono y la temática habitual de sus asambleas anuales. Pero la vida religiosa femenina en Norteamérica es una realidad compleja, y no es fácil separar el trigo de la cizaña. Incluso en quienes difunden posturas de disenso, hay que presuponer sinceras motivaciones evangélicas para tratar de reconducirlas a la comunión.

No se sigue a Jesús sin la Iglesia

En su discurso a las superioras generales de todo el mundo, el Papa tuvo seguramente los desencuentros con la LCWR particularmente en mente, cuando insistió en «la eclesialidad como una de las dimensiones constitutivas de la vida consagrada». Citando a Pablo VI, Francisco afirmó que «es una dicotomía absurda pensar en vivir con Jesús sin la Iglesia, en seguir a Jesús sin la Iglesia, en amar a Jesús al margen de la Iglesia, en amar a Jesús sin amar a la Iglesia», por lo cual, animó a las superioras a sentir «la responsabilidad que tenéis de cuidar la formación de vuestros Institutos en la sana doctrina de la Iglesia, según el amor a la Iglesia y el espíritu eclesial».

El Papa invitó a vivir también de un modo más creativo y enriquecedor los votos religiosos. La obediencia —dijo— debe ser «escucha de la voluntad de Dios, en la moción interior del Espíritu Santo autentificada por la Iglesia». Con respecto a la pobreza, pidió sobriedad y un «estilo auténtico» de vida, porque «la pobreza teórica no nos sirve. La pobreza se aprende tocando la carne de Cristo pobre, en los humildes, en los pobres, en los enfermos, en los niños».

Especialmente llamativas fueron las palabras del Papa con respecto a la castidad, «que ensancha la libertad de entrega a Dios y a los demás». Y añadió: «Pero, por favor, una castidad fecunda, una castidad que genera hijos espirituales en la Iglesia. La consagrada es madre, debe ser madre y no solterona. Disculpadme si hablo así –dijo–, pero es importante esta maternidad de la vida consagrada, esta fecundidad».