...Y que sea lo que Dios quiera - Alfa y Omega

...Y que sea lo que Dios quiera

El carisma de la Orden de la Bienaventurada Virgen María de las Mercedes, los Mercedarios, tiene una clara vinculación con los presos, los esclavos y quienes han sido, de algún modo, privados de libertad. Incluso hacen un cuarto voto extraordinario que les lleva a dar su vida a cambio de los cautivos, a imagen de Cristo Redentor, que dio su vida para liberar a los hombres de la esclavitud del pecado y de la muerte. Por eso, los 19 Mercedarios que fueron asesinados entre 1936 y 1937, y que serán beatificados el próximo 13 de octubre en Tarragona, más que resignarse ante su martirio –que en ocasiones fue espeluznante–, lo aceptaron con plena libertad, y ofrecieron sus vidas por la salvación de sus asesinos, a quienes veían como presos del odio a la fe y de los errores de una ideología asesina

José Antonio Méndez
Asalto de una iglesia, en la Guerra Civil.

A los mercedarios del convento de El Olivar, la guerra no les cogió por sorpresa. De hecho, antes del golpe del 18 de julio, muchos ya habían tenido que abandonar el monasterio para esconderse en casas particulares o en otros conventos, ante el riesgo inminente de que su comunidad ardiese pasto de las iras republicanas…, y con ellos dentro. Las amenazas que habían tenido que escuchar, entre improperios y blasfemias, así se lo advertían. De modo que, cuando España se dividió en dos, casi ninguno estaba ya allí. El padre Mariano Alcalá, que años antes había sido superior de la comunidad y General de la Orden, se encontraba en casa de unos sobrinos, en Lérida, donde había ido a reponerse de sus achaques, creyéndose más seguro. Pero como su vida ascética, las muchas horas que dedicaba al confesionario y la enorme lista de personas que dirigía espiritualmente le habían dado fama de santo entre los ilerdenses, era un objetivo a batir para los milicianos. Por eso, sus sobrinos vieron la necesidad de llevárselo a su Andorra natal para intentar ponerlo a salvo, en casa de otra sobrina, donde hacía la misma vida que en el monasterio, celebraba la misa, y se disponía «a estar preparado para bien morir, aunque no me considero digno de morir mártir».

Los intentos de sus familiares fueron vanos: el Comité revolucionario de Andorra amenazó a sus sobrinos con volar sus casas si no entregaban a su tío cura, y él, para evitar que sus familiares sufrieran, se entregó libremente. En septiembre, los milicianos se lo llevaron maniatado y a rastras (a sus 69 años y enfermo, no podía seguirles el ritmo) y lo fusilaron junto a su sobrino Ángel y otras siete personas. Lo último que dijo tras perdonar a sus asesinos fue «¡Viva Cristo Rey!».

Fray Antonio González y, a la derecha, el padre Tomás Campo.

Unas semanas antes, a finales de agosto, los padres mercedarios Tomás Campo y Francisco Llagostera, junto al Hermano fray Serapio Sanz, le habían precedido en el martirio. Los tumultos anarquistas les habían llevado a esconderse en la casa de una familia que vivía cerca del convento, pero, temiendo que sus benefactores sufriesen por su causa, se entregaron ellos mismos en la cárcel de Lérida.

Sólo por Cristo estamos presos

En el presidio encontraron a más de setenta religiosos, seminaristas y laicos, entre los que pronto empezaron a ejercer un apostolado de consuelo y oración, fieles a su carisma mercedario. El padre Campo predicaba en voz alta, dirigía el Rosario, alentaba a todos ante el martirio, confesaba, dirigía espiritualmente a los más jóvenes e incluso dejó de fumar en sacrificio por los seminaristas. En cierta ocasión, un preso le pidió que no rezase en voz alta y él respondió que debían rezar y demostrar su fe sin miedo, «pues sólo por Cristo estamos presos».

Cuando, en la noche del 20 de agosto, las tropas sacaron a los dos padres para fusilarlos, fray Serapio dijo que quería ir con ellos para llegar juntos al cielo. Con otros 74 maristas y carmelitas fueron conducidos a las tapias del cementerio de Lérida, donde empezaron a fusilarlos por grupos, conminándolos a blasfemar para salvar la vida. Ellos respondieron cantando el Ave Stella Maris y el Magníficat, dando vivas a Cristo e invocando a la Virgen, mientras los fusiles iban acallando el número de voces. El padre Campo bendijo a los asesinos y comenzó a entonar el Cantemos al Amor de los amores, hasta que una bala llevó a otro mártir ante el Dios del amor.

El padres Mariano Alcalá y, a la derecha, fray Jaime Codina.

Otros dos mercedarios de El Olivar, fray Jaime Codina y fray José Trallero, fueron obligados a presenciar la profanación de su monasterio –la iglesia, el cementerio, las imágenes sagradas, los utensilios litúrgicos…–, salvo el Santísimo, que había sido protegido por los monjes antes de abandonar el convento. Al día siguiente, los condujeron por el monte y, aunque los milicianos reconocieron que habrían podido huir, aceptaron ir como ovejas al matadero. Cuando sus captores les dieron orden de gritar vivas a Rusia y al comunismo, ellos respondieron con vivas a Cristo y a la religión católica. Allí mismo los mataron. Uno de los asesinos dijo después: «No hay Dios, pero si lo hay, estos dos son santos».

También fray Antonio González tuvo que ver, oculto en una casa, la quema de iglesias e imágenes sacras, y cuando su cuerpo fue hallado tenía heridas de bala en distintos puntos, las dos piernas rotas, un ojo arrancado, los genitales amputados y el tórax destrozado a golpes. A fray Lorenzo Moreno, para que blasfemara, le cortaron las orejas, le arrancaron trozos de carne, lo acuchillaron, le golpearon la cabeza y lo arrojaron a un pozo de azufre, donde quedó agonizando entre ayes y vivas a Cristo. Similar suerte corrieron los padres Francisco Gargallo, Manuel Sancho, Tomás Carbonel, Amancio Marín, Jesús Massanet, Mariano Pina, Enrique Morante y José Reñé, y los frailes Francisco Mitja, Pedro Esteban y Antonio Lahoz. Estos dos últimos vinieron a resumir la actitud de aquellos mercedarios de El Olivar, que hacían apostolado entre otros presos y, fieles a su carisma, entregaban su vida para liberar a sus captores de las cadenas del pecado, cuando dijeron por qué no huían: «Venimos a cumplir la voluntad del Señor. Y que sea lo que Dios quiera».