Martínez Camino: «Los mártires son el modelo para la renovación de la vida pública»
De su presentación del XV Congreso Católicos y Vida Pública
«Mientras hay vida hay esperanza, dice un proverbio clásico, que también puede ser leído al revés: cuando la sociedad pierde la esperanza, se va la vida». Esto es lo que está ocurriendo hoy, advirtió el viernes el secretario general de la CEE, monseñor Juan Antonio Martínez Camino, en la presentación del Congreso Católicos y Vida Pública. «En España y en Europa sucede hoy algo que nunca se había dado en la Historia: en unas condiciones de bienestar y con una sobreabundancia material nunca vista —a pesar de la crisis económica—, la población disminuye», algo que sólo había ocurrido en el pasado con «carestías económicas, pestes, problemas sanitarios…», dijo el obispo auxiliar de Madrid, en un acto celebrado en el Aula Magna de la Universidad CEU San Pablo, junto al presidente de la Asociación Católica de Propagandistas. «El número de nacimientos no compensa el ritmo de las muertes. La sociedad envejece. Por otro lado, la primera causa de muerte entre los jóvenes es el suicidio; de modo que a los niños no se les permite nacer y a los jóvenes no se les dan motivos para vivir con esperanza. Por su parte, los mayores temen la soledad y el sufrimiento, hasta el punto de que algunos desearían planificar una muerte a tiempo. El recurso a las drogas y a las diversiones sinsentido es otro síntoma de una sociedad desganada de la existencia», que parece que «se está preparando para poner fin a su propia historia, para el suicidio». «¿Qué pasa?». El hombre «ha pretendido sustituir a Dios», y se ha visto, como decía san Pablo, «sin esperanza y sin Dios». Por ello, «la terapia es sencilla: acoger a Dios vivo para vivir con esperanza».
Es necesaria una renovada presencia cristiana en la vida pública para devolver al mundo esa esperanza, considera monseñor Martínez Camino. Donde los signos cristianos y la oración «se hacen públicamente presentes, como oferta libre de apertura a Dios, la sociedad se fortalece y se preserva de ser configurada totalitariamente». Porque «los signos de la fe y de la esperanza cristiana son siempre signos de libertad», y reprimirlos, por el contrario, es un «signo de totalitarismo». Pero, además, «la esperanza pública renueva la vida pública configurando un sujeto moral». Es «la esperanza de la vida eterna» lo que «moviliza las energías del alma para la acción, una acción que mira más allá del propio interés inmediato. Quien se haya atado a sus metas profesionales, a sus haberes, a su fama, a su salud, a su vida… y haya hecho de cualquiera de estas cosas el fin último de su vida, no podrá actuar de manera recta y justa, porque no tendrá un motivo suficiente para vivir sin esas cosas, y querrá conseguirlas a toda costa, a costa de la propia justicia. Con estos sujetos, no se puede construir una vida pública renovada para la justicia y la libertad», advirtió monseñor Martínez Camino. «Los santos y particularmente los mártires son el modelo de sujeto moral gestado por la esperanza cristiana», ya que, «sin la disposición al martirio, no son posibles la justicia y la libertad». Es necesario «estar dispuestos a sufrir, incluso la muerte, por el bien, la verdad y la justicia, por causa de la vida eterna». Por ese motivo, «los mártires del siglo XX son los primeros testigos de la justicia y de la libertad. Sin el culto a los mártires de los siglo XX, no habrá nueva evangelización», concluyó.