5 de marzo: san Juan José de la Cruz, el fraile de los cien remiendos que volaba sobre las calles de Nápoles
Era de alta alcurnia, pero desde niño lo dio todo a los pobres. Este sencillo fraile alcantarino trabajó y oró para lograr la unidad de las dos ramas de su orden y Dios le concedió dones extraordinarios
Hay vidas que comienzan de tal modo que parecen anunciar el destino de quien las vive. A los Calosirto, una de las familias más acomodadas de Ischia —una encantadora isla frente a las costas de Nápoles—, les iba a nacer un niño. Laura, su madre, rompió aguas mientras daba un paseo por el pueblo. No pudo llegar a palacio y ser atendida por su médico, por lo que dio a luz el 15 de agosto de 1654 en la sencilla casa de una vecina del lugar. Ese primer contacto con la humildad y la pobreza marcó la vida de su hijo para siempre, haciendo de él un religioso muy cercano a los más pobres.
Carlo Gaetano —el nombre que recibió en el Bautismo— gustaba de la soledad de los rincones del palacio familiar, a los que se retiraba para leer las Sagradas Escrituras y rezar a solas con Dios. Su especial sensibilidad le llevaba también a vender entre las amistades de sus padres sencillos botones que fabricaba para obtener algo de dinero, que luego entregaba íntegramente a los más desfavorecidos de la isla.
En junio de 1670 entró en el convento de Santa Lucía al Monte, en Nápoles, regentado por los franciscanos alcantarinos y un año después hizo su profesión religiosa bajo el nombre de Juan José de la Cruz. Los siguientes años fueron de fundaciones junto a otros hermanos por la provincia de Nápoles. Pero, siendo superior del convento de Piedimonte d’Alife, vivió una ruptura en el seno de su congregación que le afectó profundamente.
Por la paz entre hermanos
En 1702, los alcantarinos de Italia y los de España protagonizaron una sonada discusión durante su Capítulo General. Tuvo que intervenir el Papa Clemente XI, que ordenó la división de la orden en dos realidades distintas. Juan José vivió este hecho como una escisión en su corazón y trabajó el resto de su vida por la paz y la reconciliación entre ambas ramas.
Dos años más tarde fue elegido provincial de los italianos, una carga que llevaba consigo inevitablemente la crítica y el desprecio desde el otro lado del Mediterráneo. Ante las calumnias que llegaban a su oído respondía: «Todo lo que Dios permite, lo permite para nuestro bien»; y guardaba silencio. De puertas adentro, su misión fue la de reavivar entre sus hermanos la consideración a la regla de su fundador, san Pedro de Alcántara, y reorganizar su formación. En cuanto a la vida en comunidad, realizaba las tareas más humildes, como lavar platos o barrer las estancias comunes.
De puertas afuera, sus amigos seguían siendo los pobres: los visitaba en sus casas y los ayudaba como podía. De todos era conocido como «el fraile de los cien remiendos», porque vistió el mismo hábito durante toda su vida, colocando parches de tela en los lugares donde se mostraba más desgastado. Quienes le conocieron aseguraron que tenía dones extraordinarios, desde el de la bilocación hasta la curación. Fueron muchos los que le vieron levitar un palmo por encima del suelo por las calles de Nápoles, y a su oración se le atribuyó la vuelta a la vida de un niño muerto.
Pero su gran alegría llegó en 1722, cuando el Papa Inocencio XIII emitió un breve pontificio para reunir de nuevo a las dos ramas de los alcantarinos, la española e italiana, en una sola provincia. Logró ver así la respuesta a 20 años de oraciones y sacrificios ofrecidos por los suyos. No duró mucho más el fraile. Los últimos años de su vida los pasó en el convento de Santa Lucía al Monte, donde se intensificó su devoción a la Virgen María. «Ella los consolará, los ayudará y les quitará sus preocupaciones», solía decir a sus hermanos. Falleció finalmente el 5 de marzo de 1734, después de decirles: «Os encomiendo a la Virgen».