4 de diciembre: santa Bárbara, la Rapunzel de fe explosiva decapitada por su padre - Alfa y Omega

4 de diciembre: santa Bárbara, la Rapunzel de fe explosiva decapitada por su padre

La patrona de los que manejan explosivos se convirtió tras escribir a Orígenes estando encerrada en una torre a causa de su belleza

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Relicario de santa Bárbara, de Nikolaus Gerhaert. Met, Nueva York.
Relicario de santa Bárbara, de Nikolaus Gerhaert. Met, Nueva York. Foto: Taller de Nikolaus Gerhaert.

«Acordarse de santa Bárbara solo cuando truena» es una de las expresiones populares más conocidas del castellano. Con ella se hace referencia a quien solo se pone a rezar o a pedir ayuda cuando las cosas le vienen de cara; pero detrás de ella late la historia de una de las santas a las que se tiene más devoción de la cristiandad. De hecho, santa Bárbara es patrona de artilleros, artificieros, arcabuceros, bombarderos, mineros y canteros; y durante siglos se ha pedido su protección ante los daños que pudieran causar las tormentas. Todo ello se debe sin duda a los misteriosos acontecimientos que sucedieron en el momento de su martirio.

Santa Bárbara vivió y murió en torno al año 300 y, aunque se sabe de su culto en el Oriente del siglo VII, su fama de santidad se multiplicó gracias a un libro superventas del siglo XIII: la Leyenda dorada de Jacobo de la Vorágine, una compilación de vidas de santos con fuentes no siempre fiables.

Guardiana de la pólvora
Miembros del grupo de recreación histórica, Voluntarios de Aragón, preparan cartuchos de pólvora para la batalla.

Los buques antiguos de la Armada española tenían un compartimento especial destinado a la pólvora y a los explosivos. Se llamaba santabárbara y solía tener una imagen suya, porque los marinos encomendaban a la santa su protección de modo que no tuviera lugar en alta mar ningún accidente grave que pudiera hundir el barco.

En la fotografía miembros del grupo de recreación histórica, Voluntarios de Aragón, preparan cartuchos de pólvora para la batalla. Foto: Fernando Sánchez.

Por él conocemos que en tiempos del emperador romano Maximiano vivía en Nicomedia (actual Izmit, en Turquía) un pagano de nombre Dióscoro. Era un sátrapa, lo que en origen aludía a un miembro de la nobleza local, pero que con el tiempo pasó a designar —quizás al popularizarse la historia de su hija— a una persona despótica y cruel. El caso es que Dióscoro tenía una hija llamada Bárbara, muy hermosa; con el fin de protegerla de incómodos pretendientes, decidió encerrarla en una torre con dos ventanas, como si fuera Rapunzel.

La chica era inteligente y desde su atalaya contemplaba el horizonte preguntándose quién podía ser el autor de lo que veía. Algo debía de haber; Alguien debía de haber, intuía. Una vez le preguntó a su padre quiénes eran todas esas figuras de piedra que adornaban su casa y él le respondió que aquellas eran «imágenes de nuestros dioses» y que «a través de ellas adoramos a los misteriosos seres invisibles que representan».

En busca del Dios verdadero

La joven se quedó pensando pero no quedó convencida, necesitaba más. Resulta que por aquellos días conoció la existencia de un tal Orígenes, un erudito cristiano de renombrada sabiduría. Barbara decidió escribirle para contarle sus inquietudes; le confesó que desde hacía tiempo «mi alma busca al Dios verdadero», que a su parecer «no puede identificarse con imágenes de piedra». Se reconocía hambrienta de este Dios y manifestaba que «le buscaré toda la vida hasta encontrarlo».

Orígenes le devolvió una carta diciendo que Aquel al que buscaba era «Dios uno y único en cuanto a su esencia y tres en cuanto a sus personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo». En un tono que luego se demostró profético, le advirtió de que «te aguardan días muy difíciles; ten la seguridad de que padecerás muchos tormentos por el nombre de Cristo». El sabio envió junto a su mensaje a un colaborador, Valentín, que se hizo pasar por médico para subir a la torre y explicar a Bárbara los rudimentos del cristianismo. Cuando acabó, la joven pidió el Bautismo. Lo celebró el mismo discípulo de Orígenes.

La tormenta no tardó en desatarse. Cuando Dióscoro se enteró denunció a su propia hija ante el gobernador, que ante la negativa de la chica a retractarse ordenó torturarla. La hizo desnudar y recibir azotes hasta hacer de su piel una sola llaga. Luego ordenó decapitarla, pero su padre se adelantó: no para salvarla, sino para pedir ser él mismo quien llevara a cabo la ejecución. Sin ningún tipo de piedad, levantó la espada y rebanó la cabeza de su hija. En ese mismo momento, el cielo pareció estallar y un rayo fulminante cayó sobre Dióscoro, reduciéndolo a cenizas.