7 de diciembre: san Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia

José María Ballester Esquivias

Nació en 339 en Téveris. Su padre, que desempeñaba el cargo del prefecto de las Galias, falleció cuando Ambrosio tenía catorce años, por lo que se vio obligado a trasladarse a Roma junto con su madre y hermanos. En la capital del Imperio estudió Derecho y no tardó en destacar, siendo elegido, a los treinta y cuatro años, gobernador de las provincias de Liguria y Emilia, cuya sede era Milán. En aquellas tierras desarrolló una gran labor. Destacaba de forma muy especial su estilo de impartir justicia: por ejemplo, no le importaban las cualidades de las personas o su posición social.

Lo que nunca imaginó es tener que dirimir, él, que ni siquiera estaba bautizado, la sucesión episcopal del obispo Auxencio cuando este murió allá por 374. Era una época en que los ánimos estaban muy caldeados por los estragos que el arrianismo causaba en el universo cristiano. Ambos bandos -cristianos fieles y arrianos- optaron por proponer al gobernador que se convirtiera en su obispo (entonces, eran las comunidades locales las que elegían al titular de la diócesis).

Sorprendido, Ambrosio alegó su condición de catecúmeno para rechazar la propuesta. Sin embargo, según la leyenda, un niño gritó: «¡Ambrosio, obispo!» Terminó aceptando. Era el 7 de diciembre de 374. En una semana, fue bautizado y recibió las órdenes menores, el sacerdocio y fue consagrado obispo. Su ministerio episcopal fue inigualable: reformó el clero, defendió los derechos de la Iglesia -llegando incluso a enfrentarse al Emperador Teodosio el Grande- y dejó en manos de San Agustín, su mejor discípulo, la lucha contra el arrianismo.

Su herencia perdura: a día de hoy, la diócesis de Milán sigue siendo la más importante de Europa.

J.M. Ballester Esquivias @jmbe12