2 de febrero: santa Catalina de Ricci, la monja que ayudó a Florencia a tener un Dios en el que confiar - Alfa y Omega

2 de febrero: santa Catalina de Ricci, la monja que ayudó a Florencia a tener un Dios en el que confiar

En una ciudad dominada todavía por el rigorismo, una joven dominica abrió a los suyos la posibilidad de un Dios amable. Durante muchos años, tuvo visiones y coloquios con Cristo crucificado

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Giovanni Battista Naldini, contemporáneo de la santa, la pintó en este cuadro del Museo de Montepulciano.
Giovanni Battista Naldini, contemporáneo de la santa, la pintó en este cuadro del Museo de Montepulciano. Foto: Sailko.

Los avances de la civilización no son lineales, sino que en la mayoría de las ocasiones se abren paso entre resistencias. El Renacimiento es un buen ejemplo: la renovación que trajo consigo en los campos de las ciencias y las artes no fue siempre bien acogida, y en el terreno teológico impulsó un humanismo en el que muchos vieron un abierto desafío al poder de Dios. En esta tensión entre la Edad Media y la Edad Moderna, entre una concepción de Dios y de la vida más tradicional y otra más audaz y novedosa, vivió santa Catalina de Ricci. Nacida en Florencia en 1522, su madre murió cuando era muy pequeña, así que su padre confió su educación a las dominicas del convento de San Vincenzo. Allí, con tan solo 13 años, tomó el hábito para siempre. 

Decían de ella sus hermanas de religión que muy pronto se entregó a la contemplación de la Pasión del Señor, tanto que de ordinario estaba abstraída de los sentidos. Siendo joven y muy humilde, no comunicaba sus vivencias espirituales a nadie, ni siquiera a su confesor. 

Bio
  • 1522: nace en Florencia.
  • 1535: profesa en el convento de dominicas de San Vincenzo.
  • 1542: comienza a tener visiones de Cristo crucificado.
  • 1589: muere en San Vincenzo.
  • 1746: es canonizada por Benedicto XIV.

En aquel tiempo, la ciudad de Florencia estaba todavía impactada por una figura de gran peso espiritual en su tiempo: Girolamo Savonarola, un fraile dominico con una gran ascendencia entre las clases nobles. Su marcado carácter ascético contrastaba con las nuevas tendencias renacentistas, especialmente en el campo del arte. De hecho, los nobles y hasta los Papas que hacían de mecenas de pintores y escultores eran el blanco favorito de sus predicaciones.  

Debió de ser un personaje muy carismático, con un fuerte poder de convicción. En febrero de 1495, durante el Carnaval —otro objeto de sus críticas—, organizó una hoguera de las vanidades: animó a todo el pueblo a llevar a las plazas objetos de todo tipo, desde pinturas y esculturas hasta libros de astrología y poesía profana, instrumentos musicales, perfumes y espejos. Todo lo que no encajaba con una visión clásica de la fe y de las costumbres debía ser consumido por el fuego. Su influjo fue tal que, durante un tiempo, llegó a gobernar Florencia, instaurando un régimen teocrático que declaró a Cristo como rey. Al final, su rigorismo le pasó factura y fue excomulgado por el Papa. Acabó ahorcado e incinerado en la hoguera en 1498. 

Visiones y sueños

Sin embargo, Savonarola fue una figura clave en la espiritualidad de santa Catalina de Ricci. Ella leía con avidez sus obras y en Florencia se llegó a decir que, por intercesión de él, se había curado de una grave enfermedad. Pronto comenzó a tener visiones y coloquios con Cristo crucificado —«sueños», decía ella—, que se prolongaron cada semana durante años. A pesar de su humildad y su deseo de que aquello no trascendiera, los rumores comenzaron a correr y desde todas partes llegaban al convento personas que solicitaban su consejo y su oración. Fueron muchos los que los consiguieron, en ocasiones a través de correspondencia escrita: desde nobles, obispos y Papas hasta santos como san Carlos Borromeo, san Felipe Neri, san Pío V y santa María de Pazzi. 

Sin duda, la monja dominica ayudó a la sociedad florentina para hacer la transición entre el espíritu de Savonarola y los nuevos tiempos. Dice su biógrafo Renzo Ristori que de sus cartas se desprende «un sentimiento de confiado abandono en Dios». Muestran al mismo tiempo «un espíritu equilibrado y una sencilla alegría humana». Sus dones naturales y sobrenaturales «le permitieron ejercer una influencia duradera», en gran medida gracias «a su singular combinación de misticismo y pragmatismo». Finalmente, murió en San Vincenzo el 2 de febrero de 1589, después de bajarse del lecho de muerte para recibir de rodillas la Eucaristía.