2 de abril: san Pedro Calungsod, el chaval de 14 años que hizo 2.000 kilómetros para alcanzar el martirio
Los conquistadores entraron a sangre y fuego en la isla de Guam. Años después, este adolescente murió allí a golpes de lanza cuando acompañaba a misioneros jesuitas
Hubo un tiempo en el que en el Imperio español nunca se ponía el sol. Fueron los años en los que vivió el adolescente filipino Pedro Calungsod, que no dudó en embarcarse en la aventura de evangelizar las llamadas islas de los Ladrones. Se sabe muy poco sobre este joven santo. No quedan registros históricos de sus primeros días en este mundo, por lo que no sabe nada de su ambiente familiar, ni tampoco su fecha de nacimiento. En cuanto al lugar donde creció, ni siquiera los investigadores se ponen de acuerdo: hay quien cita Bisayas o bien Ginatilan, Hinunangan e Hinundayan, lugares muy distintos, pero siempre en las islas Filipinas. Lo primero que se conoce acerca de Pedro es que, en 1668, se encontró entre los jóvenes catequistas elegidos para acompañar a los misioneros jesuitas españoles a las islas de los Ladrones, a más de 2.000 kilómetros hacia el este. Este archipiélago lo había descubierto el 6 de marzo de 1521 la expedición del navegante portugués Fernando de Magallanes. Tripulantes de aquella empresa contaron después lo inusitado del primer encuentro ente ambos mundos: al arribar a la costa, los isleños se acercaron con sus precarias embarcaciones y, al subirse al barco de los visitantes, no dudaron en agenciarse todo aquello que les resultaba atractivo. Investigaciones posteriores dieron cuenta de que el concepto de propiedad privada no existía entonces entre los nativos. Sin embargo, eso no lo entendieron entonces los descubridores.
El caso es que los locales se llevaron de todo en uno de los esquifes ante la atónita mirada de los españoles, debilitados por el escorbuto tras tres largos meses de travesía. Debido a ese malentendido, los navegantes tuvieron que ir a tierra a recuperar por la fuerza aquello que les pertenecía. En el intento quemaron un poblado y mataron a siete de los isleños. Ese fue el controvertido comienzo de la relación entre españoles y nativos, que acabaría afectando a la suerte de Pedro Calungsod.
Aventurero del Evangelio
En ese contexto de desconfianza desarrollaron su misión los jesuitas que partieron de Filipinas hacia Guam con el único propósito de bautizar y evangelizar. Entre aquellos primeros misioneros estaba Diego de San Vitores, que fue quien rebautizó al archipiélago con el nombre de islas Marianas, para honrar tanto a la Virgen María como a la benefactora de la misión, María Ana de Austria, reina regente de España. El 2 de febrero de 1669 levantó una iglesia que llamó Dulce Nombre de María, la primera de varias que logró edificar en medio de las crecientes suspicacias de las tribus locales. Influidas por sus hechiceros, no veían con buenos ojos el nuevo culto traído por aquellos extranjeros que habían desembarcado en sus costas a sangre y fuego unos años antes.
Es probable que Pedro Calungsod hubiera asistido en la región filipina de Cebú a alguno de los colegios jesuitas, en los que debió de trabar relación con Diego de San Vitores. Allí aprendió catecismo y español, y seguro que se entusiasmó con la posibilidad de llevar una vida similar a la de aquellos aventureros del Evangelio. Con este propósito se convirtió en uno de los jóvenes ayudantes de los jesuitas que se embarcaron en la expedición para evangelizar a los chamorros, tal como se llamaba a los isleños. Tenía tan solo 14 años cuando subió a bordo rumbo a lo desconocido con ese fuego en el pecho.
«Desde su infancia, Pedro Calungsod declaró una fe inquebrantable en Cristo y respondió con generosidad a su llamada», afirma Gerry Paat, capellán de la comunidad de laicos filipinos en Madrid. De ahí que «los jóvenes de hoy puedan encontrar aliento en su ejemplo. Su amor por Jesús lo inspiró a dedicar su adolescencia a la enseñanza de la fe como catequista», añade.
Los inicios de la misión fueron exitosos y lograron muchos bautismos. Pero un curandero local, receloso de esta nueva influencia, difundió el rumor de que las aguas bautismales estaban envenenadas. Como alguno de los nuevos cristianos cayó enfermo, con bastante probabilidad por un virus traído por los misioneros, esa calumnia corrió como la pólvora. Seguramente con los tensos precedentes que dejaron los españoles en su primera llegada a la isla, muchos apostataron. No solo eso: la oposición creció hasta el punto de que, durante una visita de San Vitores y Calungsod a la aldea de Tumon en 1672, los chamorros persiguieron a los dos misioneros por la selva hasta la muerte, clavándoles lanzas por todo el cuerpo. Paat destaca del joven cómo «aceptó con gusto los retos que le planteó Diego de San Vítores» y cómo «con valentía», ante el peligro inminente, «no abandonó al misionero español, sino que prefirió morir con él».