13 de julio: santa Clélia Barbieri, la joven que habla y canta años después de muerta
No pudo ser religiosa, pero se unió a varias amigas para «hacer vida en común y dedicarnos a Dios y al prójimo». La fundadora más joven de la historia de la Iglesia continuó alabando a Dios junto a ellas y lo sigue haciendo en nuestros días
Santa Clélia Barbieri es la más joven de los innumerables fundadores que ha tenido la Iglesia a lo largo de sus dos milenios de historia, pero no tuvo ni salud ni dinero para llevar a cabo el primero de sus planes: ser monja en clausura. Clélia vino al mundo el 13 de febrero de 1847 en San Giovanni in Persiceto, un pequeño pueblo de la provincia de Bolonia, y fue bautizada nada más nacer. Su padre murió de cólera cuando ella apenas tenía 8 años, lo que sin duda la hizo madurar muy pronto. Los años siguientes, llenos de una absoluta normalidad, la fueron preparando para su futura misión, pues los dedicó a ir a clase, rezar y dar clases de catecismo en su parroquia a otros niños más pequeños.
Muy pronto quiso ingresar como monja en un convento, pero le fue imposible debido a su mala salud y a la pobreza de su familia, que no podía ofrecerle la dote necesaria para ello. Por este motivo, junto sus amigas Teodora Baraldi, Orsola Donati y Violante Garagnani, urdió un sencillo plan: «Somos tan pobres que en ningún instituto religioso nos admitirán. Decidámonos, pues, a hacer vida en común y a dedicarnos únicamente a Dios y al prójimo», decía la joven. Juntas se esmeraban en procurar educación y estudios a otras niñas más desfavorecidas, daban catequesis, asistían a los enfermos de la zona en sus casas y bordaban prendas para venderlas y dar lo ganado con ellas a los pobres.
El párroco de San Giovanni, viendo lo que estaba creciendo delante de sus ojos, dejó a las jóvenes una casa frente a la iglesia, que se convertiría en el centro de sus actividades. Era mayo de 1868, y ellas llamaron al lugar La Casa del Maestro. Con cariño, Teodora, Orsola y Violante se dirigían a Clélia como «madre», reconociendo su papel de guía de la pequeña comunidad. Ese fue el nacimiento de las Hermanas Mínimas de Nuestra Señora de los Dolores, cuyo reconocimiento canónico llegaría años después de fallecida Clélia. Hoy es una congregación dedicada a la evangelización y la educación, presente en cuatro continentes.
Al año siguiente, el Jueves Santo, Clélia reunió en la cocina de la casa a seis jóvenes acogidas, junto a otras seis hermanas de apostolado, y les lavó los pies una por una. No duró mucho más: contagiada de tuberculosis, entregó su vida el 13 de julio de 1870. «Ánimo, que voy al cielo. Siempre estaré con vosotras y nunca os abandonaré», dijo a sus amigas antes de morir. Lo que no podía imaginar ninguna es que esas palabras de Clélia no se quedaron en la piadosa convicción de un moribundo, sino que en los años siguientes se convirtieron en una realidad… ¡incluso audible!
En todo el mundo
El 13 de julio de 1871, exactamente un año después de la muerte de Clélia, sus compañeras se reunieron en su habitación a rezar. Lo que pasó después, así como otros testimonios parecidos que sucedieron en los años siguientes, está recogido en su proceso de canonización. De repente, «una voz aguda y celestial acompañaba a nuestro coro, girando de izquierda a derecha, ascendiendo y rozando nuestros rostros cerca de nuestros oídos», atestiguaron las religiosas. «Reconocimos la voz de inmediato: ¡era Clélia!», declararon.
Ese episodio no fue algo aislado. En el proceso también declaró un sacerdote que durante la Primera Guerra Mundial fue capellán de un hospital militar dirigido por las mínimas. «La historia de la voz me pareció poco seria», confesó; para después atestiguar que una noche, «en la capilla del hospital, oí una voz que me acompañaba en el rezo del rosario». No era la del prisionero austriaco que tenía su lado, sino la de una mujer que recitaba junto a él las avemarías.
Hace tan solo unos años, durante la primera Guerra del Golfo, una religiosa preocupada por una hermana suya en Irak recibió el consuelo de Clélia asegurándole que estaba bien. A lo largo de los diez años siguientes, sintió su voz a menudo rezando junto a ella. Son testimonios que se repiten una y otra vez, y en todo el mundo. Las mínimas de Tanzania la han oído cantar en suajili; y las de la India han oído su voz hablando en un fluido idioma local. Y uno de los últimos párrocos de San Giovanni declaró en los años 90 que estuvo una noche entera hablando con ella «cosas personales. Me quedé impactado y conmovido, fue algo hermoso».