Yolanda Flores, líder aymara: «Las empresas mineras entran y contaminan nuestros ríos y nuestra manera de pensar» - Alfa y Omega

Yolanda Flores, líder aymara: «Las empresas mineras entran y contaminan nuestros ríos y nuestra manera de pensar»

La minería «no solo trae impactos ambientales, sino también problemas sociales: alcoholismo, trata de personas y prostitución», explica

Luis Miguel Modino

Yolanda Flores es líder aymara de Puno (Perú) y miembro de DHUMA-Puno Derechos Humanos y Medio Ambiente. Participa en la Plataforma por la Desinversión en Minería que impulsa la Red Iglesias y Minería, que fue presentada en la sede del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM), en Bogotá, el pasado mes de enero y en Roma el 20 de marzo gracias al Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

Esta plataforma está apoyada por más de 40 instituciones y redes internacionales, entre ellas por la alianza española Enlázate por la Justicia (Cáritas, Cedis, CONFER, Justicia y Paz, Manos Unidas y REDES), que la ha invitado a Madrid, junto a Javier Jahncke, coordinador de la Campaña de Desinversión en Minería de la Red Iglesias y Minería, para dar a conocer el trabajo que vienen realizando.

—¿Qué significa para usted, como mujer aymara, la defensa de la tierra y del agua?
—Para nosotros es fundamental. Como pueblo indígena aymara de la región de Puno, en Perú, vivimos en profunda armonía con la creación: con nuestra Madre Tierra y con nuestra hermana, abuela agua. Para mí, es lo primordial; es la vida misma.

—¿Cómo describiría la relación entre su comunidad y el entorno natural?
—Vivimos profundamente vinculados a la agricultura y la ganadería, propias de esta zona. Mi hogar está a orillas del lago Titicaca, y nuestra vida transcurre en armonía con él. Cuando el agua retrocede, nosotros avanzamos; cuando crece con las lluvias, nos retiramos. No se trata de enfrentarnos, sino de comprendernos: conocemos el ritmo del agua y el nuestro, y aprendemos a convivir con ambos.

Antes no entendía del todo estas dinámicas. Mi abuelo solía decir que cuando hay mucho viento, se forman grandes olas. En aquellos tiempos no se vivían sequías como las actuales; hoy, en cambio, falta agua incluso en los cerros. Él explicaba que el viento fuerte empuja el agua hacia las montañas, y que de allí brota después. Así entendemos, reconocemos y respetamos estos espacios. Para nosotros, el agua es vida.

—¿Qué cambios ha observado en su territorio desde la llegada de actividades extractivistas?
—Las empresas mineras, tanto formales como informales, siempre han existido, pero no como ahora. Antes ya había contaminación, pero hoy se ha agravado considerablemente. El Estado peruano está entregando nuestros territorios en concesión sin consultarnos ni informar a la población que habitamos estos espacios. En particular, se conceden las cabeceras de cuenca, donde el Estado casi no está presente y faltan servicios básicos como salud y educación.

En esas zonas más alejadas, las empresas mineras se presentan como una alternativa: mejoran caminos, generan empleo y despiertan expectativas. Por eso, muchas veces la gente acepta. Luego, les proponen comprar sus tierras, haciéndoles creer que esos territorios no tienen valor ni capacidad productiva. Sin embargo, su llegada trae contaminación a nuestros ríos y también afecta nuestra forma de pensar.

Además, no solo traen impactos ambientales, sino también problemas sociales: alcoholismo, trata de personas, prostitución. La minería llega con todo ese conjunto de consecuencias. Nuestro lago Titicaca está contaminado; tenemos metales pesados en el cuerpo porque consumimos esa agua. Nuestro ganado también está afectado, pero no existen estudios suficientes que lo confirmen de manera oficial.

Cuando nos dicen que tenemos anemia, nos preguntamos: ¿no será por el agua que bebemos? Lo intuimos, pero no hay investigaciones que lo demuestren con claridad. En el Perú, hay estudios que muestran un aumento de casos de cáncer de cuello uterino y de mama en mujeres, pero tampoco se establece una relación directa con los metales pesados. Sospechamos que la minería nos está afectando, directa e indirectamente, incluso poniendo en riesgo nuestras vidas.

—¿Y cómo afecta esto a la vida de los niños?
—Los niños ya no crecen como deberían. En las escuelas se duermen, no logran concentrarse. Algunos no caminan ni hablan, y muchas veces estas situaciones se interpretan como castigos divinos. A veces incluso se les oculta dentro de las comunidades, sin acceso a la escuela.

Otro efecto es el aumento de la violencia: nos volvemos más agresivos y todo parece resolverse con golpes. En una ocasión, una socióloga nos explicó que esto podría estar relacionado con la exposición al mercurio.

Necesitamos aliarnos con universidades, investigadores y especialistas que nos ayuden a comprender lo que está ocurriendo. Solo con información y pruebas podremos exigir a las autoridades que nos atiendan y actúen.

—¿Cuáles son las principales vulneraciones de derechos que denuncian?
—Se vulnera nuestro derecho al territorio: nuestras tierras están constantemente amenazadas. Una nueva ley permite que terceros puedan obtener títulos de propiedad si han habitado el lugar durante algunos años, lo que pone en riesgo nuestras tierras comunales.

También se vulnera nuestro derecho a la salud: no estamos sanos y no recibimos atención adecuada, mientras el agua que consumimos está contaminada. Asimismo, se vulnera nuestro derecho a la información y a vivir en un ambiente sano y equilibrado. Estas son las principales afectaciones provocadas tanto por las empresas mineras como por las autoridades de turno.

—¿Se sienten escuchados por los gobernantes?
—Alzamos la voz, pero no somos escuchados. Organizamos paros, realizamos videos y visibilizamos nuestra problemática, pero sentimos que no hay respuesta real. Se crean mesas de diálogo, llegan ministros, nos reunimos, pero todo queda en promesas.

Las comunidades se organizan para defender sus derechos y hacer visible su situación. También comprendemos la necesidad de participar en espacios de toma de decisiones. En el actual contexto electoral, con elecciones el 12 de abril, hay mujeres indígenas postulando al Congreso, lo cual representa una esperanza. Tal vez así podamos contar con aliados que nos ayuden a ser escuchados y a defender la vida y el cuidado de nuestra casa común.

—¿Esto implica riesgos personales para quienes lideran estas luchas?
—Sí, existen riesgos, y somos plenamente conscientes de ello.

—¿Cómo ayudan las tradiciones y cosmovisiones aymaras en la defensa del territorio?
—Nuestras cosmovisiones y tradiciones nos mantienen vivos. Son espacios de encuentro donde compartimos tristeza y alegría, donde reflexionamos sobre nuestros sueños y nuestras perspectivas. Seguimos soñando con la vida y con la esperanza de que, en algún momento, las cosas cambien.

—¿Qué le diría a la sociedad europea sobre lo que está ocurriendo en su territorio?
—Les diría que cuidemos a nuestra Madre Tierra y que nos articulemos para actuar con solidaridad, recordando que todos somos parte de una misma humanidad.

—¿Y a quienes consumen recursos provenientes de la minería?
—Les diría que se detengan a reflexionar y que digan «no» a aquello que destruye la vida. Que piensen en dónde invierten su dinero y en las consecuencias de ese consumo. Tal vez no estemos cerca, pero este es un momento para tomar conciencia. No queremos violencia, queremos justicia. Lo que buscamos, simplemente, es respeto.