Vuelven las colas del hambre

Ha aumentado hasta cuatro veces –en algunas zonas incluso seis– el número de familias que están acudiendo a las Cáritas parroquiales para pedir comida. «No damos abasto, está viniendo gente con verdadera necesidad», dicen los párrocos

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Un grupo de personas en la fila para el reparto de alimentos, en la parroquia de Santa Catalina Labouré de Madrid. Foto: Parroquia de Santa Catalina Labouré

«Llevamos una semana atendiendo a diario en Cáritas. En los últimos días se han presentado aquí 86 familias, y esto va a más. En esta zona el coronavirus ha pegado fuerte, y ahora viene la crisis», dice Ramón Montero, Moncho, párroco de Santa Rosalía, un templo madrileño situado entre la morgue del Palacio de Hielo y el hospital de campaña del IFEMA. «Aquí en el barrio lo más difícil de llevar es el silencio, se hace muy duro», atestigua.

La actividad parroquial prioritaria en Santa Rosalía estos días es la atención a las familias y la donación de alimentos. «Esto es lo más urgente y lo más básico», dice Moncho, que cuenta que muchos de sus vecinos se han quedado sin empleo de repente, sin saber cuándo van a poder volver a trabajar, y muchos que trabajaban sin contrato ni siquiera han podido entrar en un ERTE.

«A la parroquia nos está llegando gente de otras parroquias y de Cáritas de nuestra Vicaría», dice el párroco, que revela que han pasado de atender 100 familias al mes a cerca de 90 familias a la semana.

«No damos abasto», reconoce el sacerdote, que junto a las familias de Honduras y Venezuela que tiene acogidas en la parroquia también está fabricando mascarillas lavables y máscaras protectoras de acetileno. «Son ellos los que me ayudan a hacer el reparto de alimentos, porque desde el primer día tuve que pedir a los voluntarios habituales de Cáritas que se quedaran en casa, ya que la mayoría son jubilados y son personas de riesgo».

A Santa Rosalía no solo están llegando familias de otras parroquias o de la vicaría, sino que también hay un grupo que llega porque el Ayuntamiento les deriva allí. «Y aquí nosotros les atendemos y también les damos el teléfono de Cáritas de nuestra Vicaría para que el trabajador social del área les haga un seguimiento, porque tiene que haber un orden».

En estos días en que las Misas con pueblo se han suspendido, y con ellas las colectas, Moncho ha pedido ayuda a varias parroquias, «lo que nos ha permitido comprar alimentos». También han recibido ayuda de la Cruz Roja, «que nos dio 11.000 kilos de alimentos básicos». «Y con todo eso estamos tirando estos días. Algunas instituciones nos han prometido más, pero no nos llega. Sobre todo, necesitamos harina, azúcar, pasta y arroz».

Los fieles habituales de la parroquia están al tanto de todas estas necesidades que el párroco trata de cubrir, «pero es un momento muy complicado para pedirles ayuda –reconoce Moncho–. Muchos están echando el resto ante las situaciones de paro de sus hijos, y pedirles un esfuerzo extra a mí no me sale del corazón en estos momentos. Muchas familias lo están pasando muy mal. Ha muerto mucha gente por COVID-19, es una situación muy seria». Por eso, para cubrir estas nuevas necesidades, «nosotros vivimos de la providencia. Dios te puede hacer llegar el kilo de macarrones cuando menos te lo esperas».

Ramón Montero, párroco de Santa Rosalía (en el centro) con dos voluntarios. Foto: Parroquia de Santa Rosalía

Colas que dan la vuelta a la manzana

Una situación parecida tiene lugar en la parroquia Santa Catalina Labouré todos los sábados por la mañana. Las colas de gente buscando llenar su carrito de alimentos dan la vuelta a la manzana, de 60 a 80 personas cada vez, y el último sábado hasta 110 personas. «Aquí está llegando gente de Carabanchel, de Villaverde, de Moratalaz, y hasta han venido personas de Aranjuez y del Barrio del Pilar», afirma Edgard Roque, uno de los coadjutores del templo.

Además de las 300 familias que habitualmente se atienden en la parroquia, les está llegando gente que llama por recomendación del teléfono de atención del Ayuntamiento, personas derivadas de la Junta Municipal de distrito, desde Cáritas de la vicaría, o desde otras parroquias que no les pueden atender. Para repartir la comida ha tenido que pedir ayuda a los jóvenes de las comunidades neocatecumenales, porque los voluntarios habituales son en su mayoría personas mayores que deben permanecer en casa.

«Está viniendo gente con verdadera necesidad», continúa Edgard. «Mujeres solas con varios niños, algunos con discapacidad a los que los vecinos les tienen que llevar alimentos, una señora que pide comida para unos africanos de Pan Bendito…».

Estos días ha habido reacciones de todo tipo: «Una mujer se nos echó a llorar cuando llegó su turno, otra nos dijo que no era creyente pero que se quitaba el sombrero, que lo que hacemos es bueno…». En todo este tiempo «ha seguido llamando gente y hemos atendido a todos, aparte de los habituales». Muchos de ellos «nos dicen que se han quedado sin trabajo, o que tienen dificultades para pagar el alquiler. No paran de llamar. La gente se pasa la voz y no podemos decir a nadie que no. Todos necesitan ayuda».

Esta situación también ha dado pie a escenas conmovedoras, como la de una florista que llevó las flores el Sábado Santo a la parroquia para la celebración de la Vigilia Pascual, y que al ver la cola en la calle le devolvió el dinero al párroco y le dijo: «No les puedo cobrar viendo la cantidad de gente que están atendiendo aquí».