Vocación insustituible

La alegría del Evangelio en la vida consagrada: con el lema de la Jornada, nuestro cardenal arzobispo dirige su exhortación pastoral de esta semana

Antonio María Rouco Varela
Religiosas jóvenes reciben al Papa Benedicto XVI en El Escorial, durante la JMJ de ‘Madrid 2011’
La alegría del Evangelio en la vida consagrada: con el lema de la Jornada, nuestro cardenal arzobispo dirige su exhortación pastoral de esta semana, en la que dice:

Desde el año 1997 la Iglesia viene celebrando, en la fiesta de la Presentación del Señor, la Jornada para la Vida Consagrada. Fue una de tantas y tan fecundas iniciativas pastorales del Beato Juan Pablo II; fruto del Sínodo sobre la Vida consagrada, que se había celebrado en el otoño del año 1994.

El acierto del Papa en la selección y estudio progresivo –ya desde los Sínodos anteriores, de 1986 y 1990– de los problemas relacionados con la vocación del seglar, del sacerdote y de los consagrados, en orden a la verdadera y fructífera asimilación de la doctrina y de las orientaciones del Vaticano II, era evidente. Porque todo el gran impulso espiritual y pastoral, en la doctrina y en la praxis, que Pablo VI y, con un dinamismo personal y eclesial sin precedentes en la historia de los Concilios, Juan Pablo II habían querido inyectar en el corazón de la Iglesia, a la luz y con la guía del Concilio, fructificaría, o se frustraría, en la medida en la que la aceptación y la acogida del Concilio, por parte de los hijos e hijas de la Iglesia, en esa triada vocacional del sacerdocio, del laicado y de la vida consagrada, estuviera impregnada, sí o no, de la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, del amor del Padre y de la comunión en el Espíritu Santo. En último término, lo que el Concilio y los Papas, que lo presidieron y aplicaron, buscaron y buscaban fue que el Evangelio de la vida resplandeciese de nuevo en el rostro de la Iglesia, trasmitiendo su noticia con una luz tan intensa que el mundo pudiese ser de nuevo evangelizado.

El o No de la renovación

Del o el No de los pastores de la Iglesia, de los sacerdotes, de los seglares y, sobre todo, de los consagrados, a emprender consecuentemente el camino del Evangelio, como camino de santidad, aclarado y despejado de nuevo para el hombre de hoy por la doctrina del Vaticano II, dependía, el éxito pastoral y evangelizador de la renovación conciliar, alentada incansablemente por el Beato Juan Pablo II. Pero, sobre todo, dependía, decisiva y eminentemente, de los consagrados y consagradas. Puesto que, como enseña el Concilio, «el estado de vida que consiste en la profesión de los consejos evangélicos, aunque no pertenezca a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo, sin discusión, a su vida y a su santidad» (LG, 44).

No sólo es la historia de la Iglesia, en la que fluyen y se trasmiten apostólicamente la Palabra de Dios, los sacramentos de la salvación y la gracia de la comunión en el Espíritu Santo, la que pone en evidencia que no hay reforma verdadera de su vida y estructuras sin la floración de la vida consagrada, sino que es también su misma realidad teológica la que postula como una necesidad vital de su condición de ser, «en Cristo, como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»; o, dicho con otras palabras, como una consecuencia existencial de que sea «la esposa inmaculada del Cordero inmaculado…; del hecho de que Cristo la amó y se entregó por ella para santificarla» (LG, 1.6).

Una pregunta inevitable

Nos encontramos a poco más de un año de distancia del 50 aniversario del Decreto Perfectae caritatis, del Concilio Vaticano II, sobre «la adecuada renovación de la vida consagrada» (28 de octubre de 1965). La pregunta sobre la fidelidad generosa de los consagrados en el cumplimiento de esa su vocación específica de ser fermento renovador dentro de la vida y misión de la Iglesia, se hace inevitable. En la perspectiva abierta para la nueva evangelización por el Papa Francisco, con su apremiante y vibrante Exhortación Evangelii gaudium, del 24 de noviembre del pasado año, Domingo de la clausura del Año de la fe, la pregunta ha de concebirse como una parte esencial del examen de conciencia y del proceso actual de conversión pastoral y misionera, a la que él nos insta y apremia como la fórmula actual de expresar y de realizar la conversión eclesial que «el Concilio Vaticano II presentó… como la apertura de una permanente reforma de sí por fidelidad a Jesucristo» (EG, 24.26).

La alegría del Evangelio surge, como de su fuente inextinguible, del amor y del seguimiento incondicional de Jesucristo, muerto y resucitado por nuestra salvación, y de cuando se le anuncia y se le testimonia fielmente como el Señor resucitado y glorioso; ¡el divino Esposo de la Iglesia! Vocación principalísima e insustituible de los consagrados que es inalcanzable, si la profesión de los consejos evangélicos no se le confía para su cumplimento amoroso a María Santísima, la Madre del Señor y Madre de la Iglesia.

+ Antonio Mª Rouco Varela