Visita pastoral del Santo Padre a Asís. El secreto desvelado del Papa Francisco
Al visitar Asís, la ciudad del santo de quien ha tomado el nombre, el Papa Francisco ha revelado el secreto de su personalidad que tanto intriga a los medios informativos: la vivencia del Evangelio sin ideologías. Nada más…
¿Es conservador o progresista? ¿Es revolucionario o tradicional? Los medios de comunicación no dejan de hacerse esta pregunta, al analizar al Papa Francisco. Y las respuestas que ofrecen, en general, son contradictorias, desde la trinchera ideológica en la que se encuentra cada uno. Pero la verdad es que el Papa Francisco es incatalogable. No entra en los antiguos esquemas ideológicos que hemos heredado para tratar de comprender la realidad, que en ocasiones ayudan, pero también reducen y encierran.
La visita que el Papa Jorge Bergoglio realizó, la semana pasada, a la ciudad de su santo Patrono, Francisco de Asís, sirvió para desvelar, sin querer, pero eso sí, a corazón abierto, el secreto de las fascinación que ejerce entre creyentes y no creyentes.
Era una visita muy esperada desde que se anunció su nombre. La tercera a Italia, tras la realizada a Cagliari (22 de septiembre) y Lampedusa (8 de julio), la isla que pocas horas antes vivió una de las mayores vergüenzas que recuerda Europa en tiempos recientes: la costa de la isla italiana más cercana a África engulló en las entrañas del mar los cuerpos sin vida de unas 363 personas (el balance todavía no es definitivo), muchas de ellas niños y mujeres, que huían de situaciones de conflicto, en particular, de Somalia, Eritrea y Siria, en una embarcación incendiada que transportaba a unos 518 fugitivos.
«¡Hoy es un día de llanto!», reconoció poco después de llegar en helicóptero al alba, en el Obispado de Asís, al ser acogido por los pobres que atiende Cáritas. El día anterior había denunciado: «Viene a la mente la palabra vergüenza. ¡Vergüenza!».
La paz, según Francisco
De este modo, Asís le brindó la ocasión al Pontífice para mostrar las motivaciones del agudo y finísimo talante social de este Papa, más allá de los clichés. Fue el mensaje que dejó en el momento más importante de este viaje de una jornada. La paz de Francisco de Asís, al igual que la paz del Papa Francisco, dijo en la homilía de la Misa que celebró en la Plaza central, junto a la basílica, «no es un sentimiento almibarado. Por favor: ¡ese san Francisco no existe!» Y continuó: «Y ni siquiera es una especie de armonía panteísta con las energías del cosmos… Tampoco esto es franciscano, sino una idea que algunos han construido [sobre el santo de Asís]. La paz de san Francisco es la de Cristo, y la encuentra el que carga con su yugo, es decir su mandamiento: Amaos los unos a los otros como yo os he amado».
El Papa Francisco quiso compartir con los niños enfermos y discapacitados de Asís esta carta que ha recibido desde Argentina, de parte de Nicolás, un muchacho discapacitado de nacimiento, que hoy tiene 16 años. «Es una de las cartas más hermosas que he recibido», les dijo el Papa:
«Querido Francisco: soy Nicolás y tengo 16 años; como no puedo escribirte yo (porque todavía no hablo ni ando), he pedido a mis padres que lo hagan por mí, porque ellos son las personas que más me conocen. Quiero contarte que, cuando tenía 6 años, en mi colegio, que se llama Aedin, el padre Pablo me dio la Primera Comunión, y este año, en noviembre, recibiré la Confirmación, una cosa que me da mucha alegría. Todas las noches, desde que tú me lo pediste, yo le pido a mi Ángel Custodio, que se llama Eusebio y que tiene mucha paciencia, que te guarde y te ayude. Puedes estar seguro de que lo hará muy bien porque a mí me cuida mucho y me acompaña todos los días. ¡Ah, y cuando no tengo sueño…, viene a jugar conmigo! Me gustaría mucho ir a verte y recibir tu bendición y un beso: sólo eso. Te mando muchos saludos y sigo pidiéndole a Eusebio que te cuide y que te dé fuerzas. Besos. Nico».
«Este yugo no se puede llevar con arrogancia, con presunción, con soberbia, sino que sólo se puede llevar con mansedumbre y humildad de corazón», explicó el Papa a los cien mil peregrinos que llegaron a Asís para participar en la Eucaristía, en un día laboral. «Desde esta Ciudad de la paz, repito con la fuerza y mansedumbre del amor: respetemos la creación, no seamos instrumentos de destrucción», exclamó.
«Respetemos todo ser humano –siguió diciendo el Papa–: que cesen los conflictos armados que ensangrientan la tierra, que callen las armas, y en todas partes el odio ceda el puesto al amor, la ofensa al perdón y la discordia a la unión. Escuchemos el grito de los que lloran, sufren y mueren por la violencia, el terrorismo o la guerra, en Tierra Santa, tan amada por san Francisco, en Siria, en todo el Oriente Medio, en todo el mundo».
Las llagas de Cristo
El Papa recibió la bienvenida de Asís en el campo deportivo del Instituto Seráfico de Asís, que acoge a niños enfermos y discapacitados, quienes fueron presentados por la directora del centro como «llagas de Jesús, llagas que deben ser reconocidas».
El Papa, que emocionado abrazó a los pequeños, aseguró: «Aquí Jesús está escondido entre estos niños, entre estas personas a las que hay que escuchar; no como se escuchan las noticias que después de uno o dos días pasan a un segundo lugar… Tienen que escucharlos los que se llaman cristianos… Jesús está presente entre vosotros, y la carne de Jesús son las llagas de Jesús en estas personas. El cristiano adora a Jesús, y sabe reconocer sus llagas».
El Papa había dejado a un lado los papeles del discurso que había preparado. Prefirió hablar de corazón a corazón: «Jesús , después de resucitar, era bellísimo. No tenía en su cuerpo ni hematomas, ni heridas… Nada era más hermoso. Sólo quiso conservar las llagas y se las llevó al cielo… Las llagas de Jesús están aquí, y están en el cielo ante los ojos del Padre».
Cristianos de pastelería
El Papa llegó a Asís acompañado por los ocho cardenales que, en los días anteriores, habían comenzado las reuniones sobre la reforma de la Curia romana. Algunos medios de información habían afirmado que el Papa iba a esa ciudad «a despojar a la Iglesia», «a quitar las vestiduras a los obispos, a los cardenales…». El Papa cogió al vuelo la provocación para asegurar: «Ésta es una buena ocasión para invitar a la Iglesia a despojarse. Pero la Iglesia somos todos, ¡todos!, desde el primer bautizado». Y explicó: «Algunos dicen: ¿No podemos hacer un cristianismo un poco más humano: sin cruz, sin Jesús, sin despojarnos? ¡Ah!, así nos convertiríamos en cristianos de pastelería, como tartas, bonitas y dulces… Muy bien, pero eso no es ser cristiano de verdad. Alguno que otro dirá: ¿Y de qué tiene que despojarse la Iglesia? Tiene que despojarse de un peligro gravísimo: el peligro de la mundanidad. El cristiano no puede convivir con el espíritu del mundo. La mundanidad que nos lleva a la vanidad, a la prepotencia, al orgullo. Eso es un ídolo: no es Dios. Y la idolatría es el pecado más grave».

«O sirves a Dios, o sirves al dinero. En el dinero estaba incluido este espíritu mundano, ¿no? Dinero, vanidad, orgullo –aseguró el Papa–. La sociedad, desgraciadamente, está envenenada por la cultura del descarte, que es opuesta a la cultura de la acogida. Y las víctimas de la cultura del descarte son las personas más débiles, más frágiles.
Periferias existenciales
Después de almorzar con los pobres acogidos por Cáritas, el Papa se retiró en la gruta del monte Subasio, en la que también se recogía en oración Francisco de Asís. Allí explicó a qué se refiere con el mensaje central de su pontificado, cuando dice que la Iglesia debe salir al encuentro de las periferias existenciales: «Es un elemento que he vivido mucho cuando estaba en Buenos Aires –confesó–: la importancia de salir para ir al encuentro del otro en las periferias, que son lugares, pero, sobre todo, personas en situaciones de vida especial, realidades humanas marginadas, despreciadas. Son personas que, a lo mejor, se encuentran físicamente cerca del centro, pero espiritualmente están lejos».
• A niños enfermos: «Aquí Jesús está escondido entre estos niños, entre estas personas a las que hay que escuchar; no como se escuchan las noticias que después de uno o dos días pasan a segundo lugar».
• A los jóvenes: «Siempre les doy este consejo a los recién casados: Pelearos todo lo que queráis. Si os tiráis los platos, dejadlos. Pero no acabéis nunca el día sin hacer las paces. ¡Nunca!».
• A los sacerdotes: «Basta de esas homilías interminables, aburridas, de las que no se entiende nada».
• «La paz franciscana no es un sentimiento almibarado. Por favor: ¡ese san Francisco no existe!… Esto no es franciscano, sino una idea que algunos han construido. La paz de san Francisco es la de Cristo».
«No tengáis miedo de salir al encuentro de estas personas, de estas situaciones –animó el Santo Padre–. No os dejéis inmovilizar por los prejuicios, las costumbres, la rigidez mental o pastoral que dice: Siempre se ha hecho así. Se puede ir a las periferias sólo si se lleva la Palabra de Dios en el corazón y se camina con la Iglesia, como san Francisco. Si no es así, nos llevamos a nosotros mismos, y esto no es bueno, no sirve a nadie. No salvamos nosotros el mundo: es el Señor quien lo salva».
Esta misma visión la compartió también a la comunidad de clarisas de clausura, al reunirse con ellas en la basílica de Santa Clara. «A mí me da tristeza encontrarme con religiosas que no son alegres. Quizá sonríen, pero con la sonrisa de una azafata. No con la sonrisa de la alegría, la que viene del corazón: siempre con Jesucristo. La Iglesia quiere que seáis madres, y que déis la vida», les aconsejó.
El secreto de Francisco
El último gran encuentro fue el reservado a unos 40 mil jóvenes, también en la Plaza central de Asís, para responderles a cuatro preguntas, en particular, a una de las más importantes: el miedo a casarse… Contó el Papa: «Cuántas veces he escuchado a mamás que me dicen: Padre, tengo un hijo de 30 años y no se casa. No se decide… Pero, señora, ¡deje de plancharle las camisas! No tengáis miedo de dar pasos definitivos en la vida, como el del matrimonio: profundizad en vuestro amor, respetando los tiempos y las expresiones, rezad, preparaos bien, pero después tened confianza en que el Señor no os deja solos. Haced que entre en vuestra casa como uno de la familia. Él os apoyará siempre».
El Papa se despidió de los jóvenes y de Asís con las mismas palabras de su santo tocayo, que expresan su secreto: «Hoy, en el nombre de san Francisco, os digo: no tengo para daros ni oro ni plata, sino algo más precioso, el Evangelio de Jesús». Éste es el secreto del Papa Bergoglio, ésta es su revolución, ésta es la única catalogación ideológica en la que puede acomodarse.