Vigías del silencio - Alfa y Omega

Cuando era pequeño, observaba con extrema curiosidad a mis abuelos murcianos, Pepe y Soledad, sentados al pie de la cama, recién despiertos. No se levantaban sin haber rezado un rosario. Yo los miraba, curioseando, desde el umbral de la puerta, y los escuchaba, porque ambos bisbiseaban sus oraciones para no perder la concentración.

Por entonces, con 4 o 5 años, no lograba entender qué hacían exactamente. «Rezar, hijo, rezar», me decían al preguntarles; pero los asuntos teológicos aún se me escapaban. Sí comprendía, sin embargo, que Pepe y Sole retrasaban deliberadamente el inicio de cada día, y que alguna razón había para ello. Frente a mi frenetismo, propio de la infancia, me sorprendía mucho que mis abuelos permanecieran quietos estando ya despiertos. En apariencia, allí nada ocurría. Salvo que rezaban. La jornada no se iniciaba dando cumplimiento a una tarea o bajo el auspicio de la urgencia: paradójicamente, el día alboreaba con una pausa.

Años después, ya en mi adolescencia, entendí que aquel gesto y otros parecidos no pretendían añadir nada a sus vidas: el murmullo orante, cerrar los ojos en ademán de introspección, la lectura en susurros de aquellas revistas piadosas, el respeto a lo sagrado cuando los acompañaba a Misa. Lo que intentaban era, más bien, auspiciar y proteger algo: un espacio interior que el mundo, con su prisa y agitación, no debía absorber ni dominar.

Mis abuelos no rezaron nunca para escapar del mundo: Pepe fue inmigrante en Alemania para buscar sustento para la familia, Sole tuvo que hacerse cargo de cuatro hijos en ausencia de Pepe. Eran personas de acción. Rezaban, justamente, para no ser arrastrados por el mundo, conocedores de sus garras: antes de adentrarse en el trajín del pueblo, en las compras, en las discusiones de casa, de las obligaciones, antes de lo esperado. Antes, en un antes naciente, practicaban el silencio, lo custodiaban, y atesoraban su atención.

Esos tiempos de oración cuidaban un espacio vital frágil pero no negociable, imprescindible en su delicadeza. Aquellos (contra)tiempos no ocultaban una ausencia de acción, sino la posibilidad de que emergiera con sentido. La oración era el instante de resistirse al mundo, de vertebrar un «aún no», un «todavía no». Primeramente hay que habitar el día; después, acaso, vivirlo —sin que a uno lo desvivan—.

Además, aquel silencio atento, ese silencio orante, escondía un ritmo. Con sus padrenuestros y avemarías, el rosario nos expone a una repetición, encierra una ceremonia, un ritual. El susurro y bisbiseo de mis abuelos no rompía el silencio, lo sostenía. Como si la cadencia de la oración quisiera introducirse en —y domar o amainar— el ritmo exaltado, enajenado y furioso de la vida. El rezo de Pepe y Sole inauguraba un ritmo propio y acometía una tarea fundante: la posibilidad de habitar el mundo —sin ser arrollado por sus desacompasantes imperativos—.

Sabemos muy bien hasta qué punto hoy esa posibilidad de habitar el mundo desde un ritmo previamente decidido se encuentra terrible, dolorosamente amenazada. Al contrario, es el mundo el que nos somete (rítmicamente): vivimos rodeados de ruido —acústico, visual—, atravesados por una lógica que desconfía de cualquier tiempo y espacio que no produzca, que no exhiba para ser cosificado y evaluado.

El silencio se ha convertido en un incómodo residuo que se atiborra con música de fondo, palabras superfluas, estímulos constantes, impidiendo la emergencia de un actuar no dirigido con antelación. Quienes comercian con nuestra atención desprecian y nos hacen temer el silencio. Al contrario, el silencio nos invita a estar predispuestos a atender. Allí donde cesa el ruido, algo inesperado e inédito puede interpelarnos sin previo aviso. Pero nada puede haber espontáneo o insospechado para un sistema productivo que quiere a nuestra atención presa de lo predecible, de lo pronosticado. Esclava del cautiverio de la determinación conductual.

Cada vez que entro a un aula para impartir clase recuerdo a mis abuelos al pie de su cama. Balbuciendo, con el rosario en sus manos: aquel que lucía en la oscuridad, el de Pepe; el de Sole, con cuentas que semejaban perlas. El rosario en sus manos. El tiempo, la atención en sus manos. Para aprehender el presente, fugitivo. Para custodiar su tiempo de cavilación y meditación. El tiempo de la contemplación. Del misterio. De lo no sujeto a la medición.

Todos estos elementos resultan insoportables para quienes pretenden controlar nuestra atención. La defensa del silencio no responde a una excentricidad espiritual o a una nostalgia religiosa. Se trata de un acto de obstinación, de denodada perseverancia. Escribió Plotino que podemos llegar a contemplar la belleza del Uno «en un profundo recogimiento», cuando «hacemos callar» y «enmudecemos» la inercia en que vivimos (Enéada Quinta, trat. 1). El silencio no aclara el misterio, pero sí lo preserva. Como María Zambrano, que quiso ser vigía de la noche: custodia de la aurora.