«Verdaderamente este era Hijo de Dios» - Alfa y Omega

«Verdaderamente este era Hijo de Dios»

Domingo de Ramos / Mateo 27, 11-54

Ana Almarza Cuadrado
'Entrada de Cristo en Jerusalén'. Anton van Dyck. Museo de Arte de Inidianápolis.
Entrada de Cristo en Jerusalén. Anton van Dyck. Museo de Arte de Inidianápolis. Foto: Wikimedia Commons / Hohum.

Evangelio: Mateo 27, 11-54

En aquel tiempo, Jesús fue llevado ante el gobernador Poncio Pilato, y este le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió: «Tú lo dices». Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?». Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato: «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?». Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él». Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?», ellos dijeron: «A Barrabás». Pilato les preguntó: «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?». Contestaron todos: «Sea crucificado». Pilato insistió: «Pues, ¿qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban más fuerte: «¡Sea crucificado!». 

Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!». Todo el pueblo contestó: «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos». Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, rey de los judíos!». Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. 

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. 

Los que pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza, decían: «¡Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz!». Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”». De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. 

A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: «Elí, Elí, lemá sabaqtaní?». (Es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron: «Está llamando a Elías». Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». 

Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: «Verdaderamente este era Hijo de Dios».

Comentario

Pasados los días de la Cuaresma, en la que la que la liturgia nos ha ido preparando para entrar en la gran semana, nos encontramos con el relato de la Pasión según San Mateo que enfatiza tres temas que nos ayudan en nuestra reflexión.

Uno es el cumplimiento de las profecías. Mateo escribe a una comunidad de origen judío y, a lo largo de su Evangelio, hace hincapié en que todo «sucedió para que se cumplieran las Escrituras». Cumplir las escrituras es verificar la Promesa de Dios, fiel a su Palabra.

Otro es el señorío de Jesús en la humillación. Este domingo se nos le presenta como el Mesías sufriente y el Rey entregado, voluntariamente, por amor y fidelidad al Padre. Mateo quiere destacar, conscientemente, la traición que sufre, el dolor que soporta en Getsemaní —«empezó a sentir tristeza y angustia […]. Les dijo: “Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo”». La soledad le hace ir hasta tres veces donde están los discípulos: «Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió a los discípulos, los encontró dormidos». Cristo se enfrenta solo al momento más difícil de su vida: «En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron […]. Pedro lo seguía de lejos».

Por último, Mateo nos pone ante la responsabilidad que tenemos ante su muerte. «Cuando la gente acudió, dijo Pilato: “¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?”. Ellos dijeron: “A Barrabás”». 

La Pasión, como vemos, ofrece un texto lleno de mensajes. Ahondar en cualquiera de ellos nos lleva a vivir en profundidad lo que realmente significan, por ejemplo, la Eucaristía y la traición: Jesús, en la última cena, generosamente, nos entrega su cuerpo y sangre, se nos da por entero, instituyendo la Eucaristía. Y como respuesta, recibe la traición de Judas y la debilidad y cobardía de sus discípulos, que le duele profundamente: «Mi alma está triste hasta la muerte».

Podemos profundizar asimismo en Getsemaní y el abandono. Cristo, humanidad encarnada, experimenta antes de su muerte la angustia y la agonía. Fiel a su misión y confiando en el amor del Padre, se somete al cumplimiento de su voluntad —«si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú»—. Un rasgo desgarrador en Mateo es la profunda soledad del Señor. Los discípulos se duermen y luego huyen. Pedro lo niega tres veces.

Por otro lado, están el juicio y el silencio: Jesús calla ante las falsas acusaciones y las burlas. Acepta su destino como el «siervo sufriente» que nos muestra Isaías. Por último, su muerte en la cruz, identificado con quienes sufren la exclusión, la soledad y el descredito, y la reacción del centurión. Su grito nos acerca al corazón de Dios desde su propio sufrimiento: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». La tierra tiembla y el centurión proclama: «Verdaderamente este era Hijo de Dios».

El relato nos pone frente a un espejo en el que mirarnos a través de los personajes: Judas, traidor arrepentido que no cree en el perdón, no se ha encontrado con el corazón de Dios. Pilato muestra la indiferencia, con el lavado de manos hace que prevalezca la injusticia. Pedro, el amigo que le niega, «lloró amargamente» y volverá a encontrarse con Jesús en la Resurrección. El centurión, un hombre pagano que, al ver cómo muere, lo reconoce como Hijo de Dios. ¿Con qué personaje me identifico más fácilmente? ¿Qué frase de Jesús en este Evangelio se me queda resonando? Frente a este relato, ¿qué actitud quiero poner hoy de manifiesto en mi vida?