Una encíclica para el Año de la fe - Alfa y Omega

Una encíclica para el Año de la fe

«Es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe», su «capacidad de iluminar toda la existencia del hombre» y de edificar la vida personal y comunitaria sobre cimientos sólidos, afirma Lumen fidei, la primera encíclica del Papa Francisco y, seguramente también, el gran documento que quedará para la historia de este Año de la fe

Ricardo Benjumea
El Papa Francisco saluda, el viernes pasado, a Benedicto XVI, antes de la inauguración de un monumento a san Miguel arcángel.

El viernes 5 de julio de 2013 es una fecha que no se olvidará fácilmente en Roma. Poco después de mediodía, se anunciaba que el Papa canonizará a dos de sus predecesores, los Beatos Juan XXIII y Juan Pablo II. La noticia se conocía sin dar siquiera tiempo a digerir la presentación de la encíclica Lumen fidei, la primera del pontificado, aunque el texto lo había dejado prácticamente terminado Benedicto XVI.

No es una novedad que un Papa retome una encíclica iniciada por su predecesor; menos todavía lo es que recurra a la ayuda de terceras personas para la redacción. La firma del Pontífice es lo que cuenta, lo que da al documento valor magisterial. Pero Joseph Ratzinger vive todavía; permanece en el Vaticano, apartado del mundo, consagrado a la oración y al estudio. Y el Papa Francisco ha querido dejar constancia, de forma reiterada y clara, de su decisiva contribución a la Lumen fidei. «Él ya había completado prácticamente una primera redacción de esta Carta encíclica sobre la fe», se lee en las primeras páginas. «Se lo agradezco de corazón y, en la fraternidad de Cristo, asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones».

Pero Francisco es un Papa que habla también a través de sus gestos. A las 8:45 horas, se inauguraba una estatua del arcángel san Miguel en los jardines vaticanos, y los asistentes vieron con sorpresa aparecer al Romano Pontífice emérito, que se sentó junto al Pontífice durante el acto. Las cámaras volvieron a recoger un abrazo de ambos. Quedaba servida la foto con la que la mayoría de los periódicos del mundo ilustraría al día siguiente la presentación de la Lumen fidei, la foto que deseaba el Papa para su primera encíclica.

Se completa la trilogía

Se trata de un bellísimo texto que culmina la trilogía sobre las virtudes teologales del anterior pontificado, y se añade a las dos portentosas y vibrantes encíclicas sobre la caridad (Deus caritas est) y la esperanza (Spe salvi). «Lo ofrezco con alegría a todo el pueblo de Dios», dijo el Papa Francisco, dos días más tarde, durante la oración dominical del ángelus. «Especialmente hoy, necesitamos ir a lo esencial de la fe cristiana, profundizar en ella y confrontarla con las problemáticas actuales», explicó. Y «pienso que esta encíclica puede ser útil también para los que buscan a Dios y el sentido de la vida».

La gran aportación de Lumen fidei es que muestra en toda su grandeza el sentido cristiano de creer, a menudo desdibujado incluso en muchos católicos, que lo son quizá más por tradición o inercia que por verdadera conversión. Esto sucede en un clima cultural que mira el cristianismo con suspicacia, cuando no con abierta hostilidad. «La fe ha acabado por ser asociada a la oscuridad», y se le ha querido confinar «allí donde la luz de la razón no pudiera llegar», como «una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón, de dar consuelo privado, pero que no se puede proponer a los demás como luz objetiva y común para alumbrar el camino», es el lamento que se lee en los primeros compases del documento. «Por tanto, es urgente recuperar el carácter luminoso propio de la fe», su «capacidad de iluminar toda la existencia del hombre»; guiar su existencia terrena, a partir del encuentro con Jesucristo, que «no es sólo Aquel en quien creemos», sino también la Persona «con quien creemos», porque, en definitiva, la fe consiste en «ser habitado por Otro», en permitir que Cristo ensanche nuestra vida, y en empezar a ver la realidad con «los ojos de Jesús, sus sentimientos, su condición filial…».

Creemos por lo que hemos visto y oído personalmente. «Dios es luminoso y se deja encontrar por aquellos que lo buscan con sincero corazón», les va guiando y sosteniendo en su búsqueda. Pero la fe nunca es un acto puramente individual; ninguna forma de conocimiento humano lo es, y menos ésta, que no remite a una verdad meramente abstracta o teórica, sino que implica a la persona en su integridad: en su inteligencia, en sus afectos, en su voluntad… Y demanda de ella una respuesta de amor al Amor sin límite que se nos ha revelado en la Cruz.

Nos separan dos mil años de aquel acontecimiento, y «no puedo ver por mí mismo lo que ha sucedido en una época tan distinta de la mía», pero «mediante una cadena ininterrumpida de testimonios llega a nosotros el rostro de Jesús». Por medio de la sucesión apostólica, don que ha dado el Señor a la Iglesia, «es posible beber con seguridad en la fuente pura de la que mana la fe». Y a través de los sacramentos, «la fe de Cristo nos toca en nuestra realidad personal, transformándonos radicalmente, haciéndonos hijos adoptivos de Dios».

De este modo, por su propia dinámica interna, «la existencia creyente se convierte en existencia eclesial», explica la encíclica. «Todos los creyentes forman un solo cuerpo en Cristo», que los abraza a todos. Lo paradójico y definitorio del cristianismo es que este proceso no hace perder su identidad al individuo, ni lo convierte en «una simple parte de un todo anónimo»; al contrario: «La luz humana no se disuelve en la inmensidad luminosa de Dios, como una estrella que desaparece al alba, sino que se hace más brillante cuanto más próxima está del fuego originario, como espejo que refleja su esplendor».

La fe es un bien común

Dios lleva a la plenitud la vida personal del hombre y crea comunidad. «Quien cree nunca está solo, porque la fe tiende a difundirse, a compartir su alegría con otros», afirma el documento. Pero es imposible confinarla al recinto de esas comunidades; se desborda. «La fe no aparta del mundo», sino que, precisamente, lleva al cristiano a involucrarse en él, y se convierte de ese modo en una fuerza que enriquece «la vida común», de creyentes y no creyentes.

Rezo del Rosario presidido por el Papa al final del mes de mayo, en la Plaza de San Pedro, una de las iniciativas previstas en el Año de la fe.

En otras palabras, «el Dios digno de fe construye para los hombres una ciudad fiable», según explica el cuarto y último capítulo de la encíclica. «Sí, la fe es un bien para todos, es un bien común; su luz no luce sólo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el mas allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades». Da solidez a los vínculos humanos, comenzando por el matrimonio y la familia; nos da razones para la esperanza y nos enseña a perdonar; nos enseña el significado verdadero de la fraternidad, que nace de sabernos hijos de un Padre común… «¡Cuántos beneficios ha aportado la mirada de la fe a la ciudad de los hombres!», exclama el Papa. Por el contrario, «cuando la fe se apaga, se corre el riesgo de que los fundamentos de la vida se debiliten con ella… Si hiciésemos desaparecer la fe en Dios de nuestras ciudades, se debilitaría la confianza entre nosotros, pues quedaríamos unidos sólo por el miedo, y la estabilidad estaría comprometida».

Mucho de Benedicto XVI; todo de Francisco

¿Qué parte de todas estas reflexiones hay que atribuir al Papa Francisco, y cuáles son obra de Benedicto XVI?, fue la gran pregunta durante la presentación de la encíclica. «Es un texto único, unitario», respondió monseñor Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, quien también destacó que se trata de «una circunstancia feliz», porque deja constancia, «más allá de las diferencias de estilo, sensibilidad y acentos», de «la sustancial continuidad del mensaje» de ambos Pontífices.

Uno puede buscar expresiones habituales de uno y otro Pontífice en el documento. El ejercicio puede llegar a resultar muy sencillo en determinados párrafos, pero sigue siendo válida la respuesta del cardenal Marc Ouellet, Prefecto de la Congregación para los Obispos: en la encíclica «hay mucho de Benedicto XVI, y todo de Francisco», a cuyo magisterio pertenece ya Lumen fidei.

Resulta también significativo que esta encíclica sobre la fe vea la luz en el ecuador del Año de la fe. Según reveló el arzobispo Rino Fisichella, Presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, varias personas le pidieron con insistencia a Benedicto XVI una encíclica sobre la fe durante este período fuerte de la Iglesia. El ahora Papa emérito «no estaba convencido» de tener suficientes fuerzas para acometer ese proyecto, pero «la insistencia prevaleció». Ahora el texto nos llega enriquecido con el estilo y el acento pastoral del Papa Francisco, y nos sirve «como programa sobre cómo continuar viviendo esta experiencia», el Año de la fe, «que ha visto a toda la Iglesia comprometida en tantas manifestaciones significativas».

Este período conmemora el 50 aniversario del Vaticano II, al que el Papa llama «un Concilio sobre la fe, porque «ha hecho que la fe brille dentro de la experiencia humana, recorriendo así los caminos del hombres contemporáneo». Pero es requisito para ello que se produzca un cambio en cada persona, una conversión. «Quien confiesa la fe se ve implicado en la verdad que confiesa –afirma la encíclica–. No puede pronunciar con verdad las palabras del Credo sin ser transformado, sin inserirse en la historia de amor que lo abraza». La encíclica quiere ayudar a los creyentes a dejarse abrazar y a dar ese confiado a Dios, un gradual y progresivo, ascendente. «La fe sólo crece y se fortalece creyendo», escribía Benedicto XVI en la Carta apostólica Porta fidei, con la que convocó el Año de la fe. En Lumen fidei, se explica cómo acontece este proceso.

Para descargar la encíclica Lumen fidei, pinche aquí.

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