Entre las personas que conocen bien al Papa Francisco, la amplitud de su nueva encíclica, Fratelli tutti, ha desatado un sentimiento de inquietud: «Es el compendio de todo su magisterio social. Es un testamento». El eje de la encíclica –la fraternidad universal– es la medicina cristiana que el mundo necesita para hacer frente a una triple crisis, sanitaria, económica y medioambiental. La envergadura de los problemas deja muy claro lo que el Papa venía repitiendo: «No estamos en una era de cambios, sino en un cambio de era».

Al cabo de cinco años resulta evidente que Laudato si tenía toda la razón. En estos momentos de desconcierto, las dos personas que siguen preocupándose por el mundo en su totalidad son António Guterres, secretario general de Naciones Unidas, y el Papa.

A Francisco le inquietan los egoísmos nacionales, que impiden cooperar en el logro de una vacuna o de un cambio de modelo económico. Y los egoísmos políticos, que agrietan los países. Ve debilitarse el sentido de pertenencia a una única familia humana, y sale al paso con los medios a su alcance.

El tono de Fratelli tutti recuerda los dos llamamientos de Pío XI a un mundo enloquecido por la Gran Depresión y el auge del nazismo. Por desgracia, Quadragesimo anno (1931) y Mit brennender Sorge (1937) no fueron escuchadas por quienes estaban fraguando el desastre.

Como siempre, la nueva encíclica social construye sobre el magisterio precedente. Después de Laudato si, la encíclica más citada es Caritas in veritate (2009) de Benedicto XVI.

Francisco profundiza en el rechazo total de la pena de muerte y de la guerra, incluida la llamada «guerra justa», una idea «que hoy ya no sostenemos». Exhorta a ayudar a los pobres, los inmigrantes y los refugiados, como enseña la parábola del buen samaritano. Y a cultivar la «amistad social», antídoto contra el neoliberalismo económico, los populismos y la crispación digital.

Es una encíclica compendio, pero no una despedida. Francisco tiene mucha energía para sus casi 84 años. Podría escribir otras encíclicas. O, como hizo Pablo VI, no publicar ninguna en los últimos diez años de su pontificado.