Un torpedo a la línea de flotación - Alfa y Omega

Un torpedo a la línea de flotación

Domingo de la 10ª semana de tiempo ordinario / Marcos 3, 20-35

Jesús Úbeda Moreno
'Cristo y sus discípulos' de Grégoire Huret. Metropolitan Museum of Art, Nueva York.
Cristo y sus discípulos de Grégoire Huret. Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

Evangelio: Marcos 3, 20-35

En aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que lo los dejaban ni comer.

Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí. Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:

«Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios». Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas:

«¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. En vedad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre».

Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo. Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice:

«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».

Comentario

Retomamos el tiempo ordinario con un fragmento del Evangelio de Marcos. En esta ocasión encontramos tres escenas que, por un lado, ponen de manifiesto la oposición creciente a la misión de Jesús y, por otro, la adhesión de aquellos que escuchan y acogen la voluntad de Dios. En la paulatina manifestación del Reino de Dios por medio de las palabras y obras de Jesús, vemos cómo se cumple la profecía del anciano Simeón: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción» (Lc 2, 34). Jesús no deja indiferente a nadie, como Él mismo dirá: «El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12, 30). No hay término medio porque la iniciativa de Cristo se dirige a la línea de flotación de la persona, le pone delante una propuesta integral sobre el sentido y significado de la existencia: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). Jesús quiere ocupar el centro afectivo de la persona y, por tanto, se propone a sí mismo como la condición de posibilidad de la libertad: «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 26). Esto permite entender la oposición de sus «parientes» porque percibirían la iniciativa de Jesús como algo contrario a la unión familiar como fundamento de la felicidad. Pero Jesús no está contraponiendo los vínculos de la carne con su iniciativa sino que, primeramente, los está colocando en su justo lugar y, segundo, los amplía hasta límites insospechados en el nacimiento de una nueva familia: la de los hijos de Dios. María es la primera que participa de este designio. En realidad, se trata de un piropo a su madre, ya que la está ensalzando como aquella que es modelo de escucha y acogida de la voluntad de Dios. 

Distinto es el caso de los que acusan a Jesús de obrar con el poder del jefe de los demonios. Jesús les pide que se acerquen, mostrando así que ha venido para que todos se salven. Jesús ofrece, pero hay que acoger. Sin embargo, la obstinación de los escribas en este caso parece insalvable, su ceguera no les permite ver más allá de su medida y ese es precisamente su pecado, decir que ven (cf. Jn 9, 41). El pecado contra el Espíritu Santo es no acoger y seguir lo que nuestros ojos ven, es el rechazo a la gracia que nos llega de sus palabras y obras. A lo mejor alguno está pensando en la posibilidad de haberlos forzado a creer, como parece entenderse cuando le piden un signo para creer (cf. Mt 16, 1-4): un signo que anulase su libertad y no les dejara más remedio que creer. Esto nunca ocurrirá porque Dios no tiene menos gusto que nosotros y, como dice Péguy, «por esa libertad, por esa gratuidad lo he sacrificado todo, dice Dios, por esa afición que tengo de ser amado por hombres libres, libremente».