Un seminarista en el frente: «Fui ayudante de comisario político. No disparé ni un solo tiro»
Vicente Serrano fue un sacerdote madrileño, compañero de seminario de los mártires que pronto serán beatificados. Durante la Guerra Civil, terminó en el frente
En julio de 1936, el estallido de la Guerra Civil obligó a poner fin de forma precipitada al retiro que estaban teniendo los seminaristas de Madrid. Recientemente, el Papa León XIV reconoció el martirio de once seminaristas y familiares. Uno de sus compañeros, Vicente Serrano, fallecido en 2013, relató dos años antes a Alfa y Omega cómo durante la guerra terminó en el frente pero «me seguía sintiendo seminarista».
—El 18 de julio de 1936, usted era seminarista en Madrid. ¿Qué recuerda de aquel día?
—Yo tenía entonces 18 años, y la tarde del 18 de julio, teníamos retiro en el seminario. Se tuvo que terminar antes y nos mandaron salir. En mi barrio, en Pacífico, estaban ya repartiendo armas a la gente por la calle.
El domingo, día 19, fui a Misa; y el lunes 20 de julio, volví a ir, esta vez a los dominicos de Atocha. El convento estaba cerrado, pero lo abrieron para celebrar la Eucaristía. El padre dominico dio la comunión y se metió dentro otra vez. Pues bien, a las 12 del mediodía estaba ya la basílica ardiendo, y todos los dominicos habían sido asesinados y tirados a la calle.
—¿Cómo vivió los días siguientes?
—Por aquel entonces, teníamos que buscarnos una manera de sobrevivir para no quedar atrapados en casa, sin documentación. Por eso, me inscribí en el Cuartel de la Montaña, y fui destinado a las oficinas de organización. Me eligieron a mí para dirigirla. ¡Con 18 años! Cuando iba a empezar mi misión, llegan los Junkers alemanes que bombardearon y destruyeron parte del cuartel. Aquella misma noche nos enviaron al cuartel de María Cristina, que también fue bombardeado.
Al cabo de un tiempo, tuve que ir al frente, cuando pasaron las milicias al Ejército republicano. Me destinaron a la 68 División, que había participado en la batalla de Teruel. Allí me destinaron como ayudante de comisario político, por lo que me libré de estar en las trincheras. No disparé ni un solo tiro.

—¿Cómo mantuvo su identidad como seminarista en el frente?
—Yo me seguía sintiendo seminarista, y a pesar de todos los avatares de la guerra buscábamos mantener el contacto, utilizando los permisos que nos daban en el Ejército. Nosotros mantuvimos relación con José María García Lahiguera. La de Madrid era una Iglesia de catacumbas, lo vivíamos todo en un piso. Y cuando volvíamos del frente íbamos a ver a García Lahiguera.
Después de las primeras efervescencias, todo se empezó a serenar y ya se pudo establecer una red de ayuda; se celebraba la Eucaristía en una casa y se llevaba la Comunión a los enfermos. Él estuvo viviendo un tiempo en el Hotel Laris, en la plaza de Santa Bárbara, y allí íbamos a recibir la Eucaristía y a confesarnos. A los seminaristas que estábamos en el frente nos decían, por ejemplo, que para rezar el rosario utilizáramos una cuerda con diez nudos, para rezarlo discretamente.
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— Archidiócesis de Madrid (@archimadrid) December 18, 2025
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—¿Qué le decía García Lahiguera en sus cartas?
—Nos escribíamos cartas en clave, para que no nos descubrieran. Él me llamaba «mi compañero Serrano» y me escribía cosas como: «Estáis viviendo los años más importantes de la vida»; «esto nos está ayudando a los jóvenes a hacernos hombres»; «mira al futuro, para ser útil a la humanidad». Me llamaba «compañero de ideales en la misma causa»; nosotros ya sabíamos cuál era nuestra «causa».
—¿Qué pueden aprender los jóvenes de hoy de los de aquellos años?
—Tenemos que aprender de Jesucristo, nada más. Cristo es el Camino, no hay otro. Tenemos que seguirle a Él, pisar sus huellas.
Cuando estaba a punto de cumplir 88 años, un veterano sacerdote se puso al servicio de la Jornada Mundial de la Juventud que se iba a celebrar en Madrid. De forma anónima, quiso compartir su historia con esta publicacion: «Ingresé en el seminario en el curso de 1935-36; no tenía ni 12 años. Ese curso fue muy conflictivo, sufrimos varias amenazas de incendio, apedreaban nuestros cristales…».
En los primeros compases de la contienda, se encontró por la calle a un compañero del seminario: «Me llevó a casa de Ramón Fernández Chozas; allí se celebraba la Misa, se daban retiros…». Cuenta que iba allí «con mucha emoción, pero con temor a las posibles denuncias».
También llevaba la Comunión a un tío suyo, preso en la cárcel de Porlier. Y relata: «Le llevaba comida y, dentro del pan, iba escondida la Sagrada Forma. Mi tío rezaba y comulgaba; más tarde, se sinceró con algunos compañeros de celda, y pude llevarles también la Comunión a ellos».