Un Papa para las aulas

De las múltiples facetas de Juan Pablo I, merece ser recordada su relación con el mundo educativo, el de los profesores y el de los alumnos, que le convierten en un Papa para las aulas. La recién creada Fundación Vaticana Juan Pablo I es una excelente iniciativa para resaltar un pontificado que sigue siendo muy actual

Antonio R. Rubio Plo
El Papa Juan Pablo I escucha la intervención de un niño durante una audiencia general en el Aula Pablo VI

De las múltiples facetas de Juan Pablo I, merece ser recordada su relación con el mundo educativo, el de los profesores y el de los alumnos, que le convierten en un Papa para las aulas. La recién creada Fundación Vaticana Juan Pablo I es una excelente iniciativa para resaltar un pontificado que sigue siendo muy actual

El pasado 17 de febrero fue establecida la Fundación Vaticana Juan Pablo I, presidida por el cardenal Pietro Parolin, cuyo objetivo es prolongar y preservar el patrimonio cultural y religioso del Papa Luciani. Es una excelente iniciativa para resaltar un pontificado que sigue siendo muy actual, por la cercanía de aquel Pontífice a la gente y su insistencia en la misericordia de Dios. De las múltiples facetas de Juan Pablo I, merece ser recordada su relación con el mundo educativo, el de los profesores y el de los alumnos, y que le convierten en un Papa para las aulas.

Resulta llamativa la cita que Juan Pablo I hizo del escritor y profesor Giosuè Carducci (1835-1907), Premio Nobel de Literatura. Fue durante el ángelus del 17 de septiembre de 1978, en los inicios del curso escolar, aunque este gran poeta italiano era profundamente anticlerical. En 1861 Carducci era catedrático de Literatura en la universidad de Bolonia, y tuvo que ir a Florencia, entonces capital italiana, para unas celebraciones oficiales. En un momento determinado, quiso volver a su universidad, pero el ministro de Instrucción Pública se ofreció a dispensarle de esta obligación. Carducci alegó que le esperaban sus alumnos, y aunque el ministro le dispensara, él no se dispensaba de acudir. El Papa Luciani elogió la actitud de este profesor, dotado de un alto sentido de su profesión y de responsabilidad hacia los alumnos. Luego añadió un consejo pedagógico, que él mismo había vivido: «Para enseñar latín a Juan no solo hay que saber latín, sino que también es necesario conocer y amar a Juan».

Luciani y Pinocho

En ese mismo saludo del ángelus se refirió además a Pinocho. Al Papa no le gustaba tanto el Pinocho marioneta, sino el convertido en niño, al que le gustaba ir a la escuela. Es precisamente ese Pinocho el destinatario de una de las cartas del libro Ilustrísimos señores, editado en 1976 y cuyos interlocutores son personajes reales e imaginarios de todos los tiempos. Era una carta al Pinocho de la adolescencia, esa edad en que se multiplican las carencias y las ilusiones, el tiempo en que ya no eres un niño, ni te gustan las cosas de niño, pero tampoco eres un hombre, y precisamente por no serlo, llega el rechazo de los adultos. En esa misma carta, Luciani subraya la paradoja del afán del adolescente por independizarse de la familia y a la vez ser aceptado por los compañeros. La experiencia me recuerda que no existe un manual para tratar a los adolescentes, sobre todo por las contradicciones en que viven, aunque coincido con un profesor italiano, Alessandro d’Avenia, en que los adolescentes son los oyentes más abiertos a la verdad.

Escuchar a los adolescentes forma parte de la pedagogía difundida en el último medio siglo. A ella se refería Luciani en una carta al pedagogo Marco Fabio Quintiliano. Los cimientos de las enseñanzas de este autor del siglo I parecen tambalearse, pues se rechazan la transmisión de conocimientos y el deseo de emulación entre los alumnos, al tiempo que se acentúa el espíritu crítico y se cuestiona toda autoridad. Frente a la estéril nostalgia de las formas de educación del pasado, Luciani es capaz de ver los aspectos positivos de los nuevos tiempos, posturas intermedias frente a soluciones extremistas. El trabajo en grupo es bueno, pues es un intercambio de experiencias que enriquecen a uno mismo y a los demás, y no excluye, sino que implica la enseñanza del profesor. Por lo demás, considera que en la escuela debe haber un primero y un último, pues de lo contrario se parecería demasiado a un rebaño de ovejas. Esto no quiere decir que no haya que atender a la diversidad de alumnos. En este sentido Albino Luciani sigue la pedagogía de Don Bosco, que adaptaba los deberes y las lecciones a las distintas capacidades. Por lo demás, en la citada carta hay una preferencia por la escuela viva, «la que acostumbra moderadamente a los alumnos a interesarse y a tomar parte en la vida y los acontecimientos de su propio país y del mundo». La conclusión de la carta es que Quintiliano no está desfasado. Por ejemplo, una de sus máximas, «Non multa, sed multum», es perfectamente aplicable a la escuela, no muchas cosas, sino mucha profundidad. Y otra vez surge Don Bosco, que tenía su propia versión de esta máxima: «Mucho hace el que hace poco, pero hace lo que debe hacer; no hace nada el que hace mucho, pero no hace lo que debe hacer».

Estoy convencido de que el Papa Luciani coincidiría con Alessandro d’Avenia en que, si los adolescentes quieren encontrarse a sí mismos, tienen que aventurarse en la vida. Por mi parte, añadiría el ejemplo de Pinocho, tan querido para el Pontífice y el profesor. Deja de ser muñeco para convertirse poco a poco en un niño, en un hombre de verdad.

Antonio R. Rubio Plo