Un milagro para Irak

Este viaje a Irak, acompañando el del Papa, no se puede comparar con ninguno de los 19 anteriores. Los cristianos iraquíes han experimentado lo que varios llamaban un milagro. Uno de mis amigos de Qaraqosh (Bakhdida) me decía que su alegría era igual o incluso mayor que cuando su ciudad fue liberada del Daesh. 

Estos días he estado hablando también con personas de todos los grupos del país. Desde musulmanes sunitas de Mosul a miembros de la milicia chiita Hashd al Shaabi en Samarra o curdos de Erbil, todos expresaban su felicidad y preguntaban: «¿Lo veré? ¿Pasará por aquí?». La visita ya ha dado fruto: los iraquíes, independientemente de su religión o sus raíces, se han sentido respetados y reconocidos como pueblo por primera vez en su vida. Como consecuencia, la presencia del Santo Padre ha sido un catalizador para la unidad.

En todos los lugares que visitaba, el sonoro ulular de las mujeres y las lágrimas de emoción y alegría se alternaban con profundos momentos de silencio orante. Pero en cada uno el sentimiento era ligeramente diferente. En la catedral sirocatólica de Nuestra Señora de la Salvación, el ambiente estaba marcado por la memoria del martirio de 48 hermanos; pero incluso ahí había una explosión de felicidad. 

Me impresionó en Ur tocar la tierra donde vivió nuestro padre Abrahán. En este lugar tan especial para un encuentro interreligioso único, sentí que la visita del Papa traía una bendición específica a esa tierra sagrada. Allí experimentamos que la paz es posible si anteponemos la fraternidad al odio. Y me fui con la impresión de que cada uno de nosotros tenía el deber de esparcir y defender esta llamada a experimentar la fraternidad en nombre de nuestro padre Abrahán. 

Me ha impresionado fuertemente la manera intensa y bondadosa en la que el Santo Padre miraba a las personas con las que se encontraba. Podía palparse su paternidad y lo feliz que estaba de escuchar y estar tanto con los líderes religiosos de Ur como con los cristianos que daban testimonio de su vida en Qaraqosh. También hubo un encuentro significativo fuera de programa. El mismo lunes por la mañana, justo antes de marcharse, el Papa estuvo con la hermana Maryanne y su equipo del hospital San Rafael de Bagdad, al que ayudamos desde Fraternité en Irak. Así, enviaba un mensaje de cercanía y apoyo a los cientos de miles de personas que han recibido allí tratamiento sin importar su credo.