Un Dios que ha querido hacerse carne sufriente
Una saeta, una marcha procesional o el lento avanzar de un penitente pueden dar voz a sentimientos que a veces permanecen ocultos. Es una invitación a abrirnos a la esperanza que nace de la Pascua
Queridos vecinos y vecinas de la ciudad de Madrid: la Semana Santa es, para los cristianos, el corazón del año litúrgico. En estos días, la Iglesia celebra el misterio central de la fe: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.
Y lo hace no solo en el interior de los templos, sino también saliendo a las calles; allí donde nos encontramos cada día, cuando vamos al trabajo, a la escuela, a la compra o simplemente a pasear y disfrutar de nuestra ciudad.
Cada imagen y cada paso nos remiten a momentos concretos de la vida del Señor y expresan una fe que, a través del arte y de la devoción popular, invita a todos —creyentes y no creyentes— a encontrarse con Cristo y con su Madre.
El pueblo de Madrid, junto con quienes nos visitan durante estos días, siente que las imágenes que recorren nuestros barrios forman parte de su historia y de una tradición viva que se transmite de generación en generación, algo que se refleja en los rostros de quienes acompañan los cortejos. En estas manifestaciones públicas de fe, contemplamos a un Dios que ha querido hacerse carne en su Hijo Jesús: una carne pobre y sufriente, profundamente humana, con la que muchos pueden sentirse identificados, especialmente quienes viven situaciones de dolor o precariedad.
La Semana Santa nos recuerda que Dios no permanece distante, sino que entra en nuestra historia y camina con nosotros para transformarla. Es también un espacio privilegiado para expresar lo más hondo del alma. Una saeta, una marcha procesional o el lento avanzar de un penitente pueden dar voz a sentimientos que a veces permanecen ocultos. Es una invitación a abrirnos a la esperanza que nace de la Pascua. Con mi bendición y afecto.