Existe un término japonés, de sonoridad curiosa y significado casi universal para los amantes de la letra impresa: tsundoku. Este neologismo, dentro del uso hispano, describe el acto de adquirir libros y dejar que se apilen unos sobre otros sin haberlos leído, creando torres de papel y tinta que habitan en mesillas de noche, estanterías y diversos rincones del hogar. Si bien el tsundoku es un fenómeno atemporal, es en estos días señalados del periodo navideño cuando cobra una notoriedad muy particular.
Durante la Navidad, regalar se convierte en una magnífica costumbre afectiva y social en la que el libro ocupa, sin duda alguna, una posición de honor. Sin embargo, este generoso empeño bibliográfico a menudo termina redundando en una notable acumulación de volúmenes pendientes en las viviendas de quienes los reciben. Las pilas crecen, alimentadas por la buena intención de familiares y amigos, pero amenazan con convertirse en un mero escenario decorativo si no son previamente gestionados con prudencia o, al menos, con un mínimo de consideración individual.
Es innegable que regalar un libro es un acto noble; permite a quien lo atesora ensanchar su visión del mundo, dialogar con mentes de otros siglos o comprender mejor la complejidad del alma humana. No obstante, existe un error fundamental en la forma en que muchos abordan esta bella tarea: la dictadura de la novedad. Los libros no deberían regalarse en función exclusiva de lo que está de moda, de lo que dictan los escaparates de las grandes superficies o de las efímeras listas de los más vendidos, por más que resulten guías que faciliten la elección.
El criterio cultural y el amor por el prójimo exigen ir más allá de la conversación comercial. Para acertar, conviene atender a dos factores: el valor intrínseco de los textos —buscando aquellos que encierren verdad, bien y belleza— y, de forma ineludible, los gustos y necesidades del lector. Regalar una obra que no interpela al receptor es un desperdicio de oportunidad.
Al final, caer en la compra automática de la última novedad editorial es un síntoma de pereza similar al de insistir en los viejos recursos de las corbatas y las colonias. Esos obsequios estandarizados no muestran un cariño particular, ni revelan que quien regala se haya detenido a pensar verdaderamente en el otro.
Del mismo modo, encargar cualquier libro solo por cumplir el expediente puede resultar en que la obra no sea sino un bulto más en la casa. Un objeto inerte que no hará sino acumular polvo en lugar de cumplir su misión sagrada: aguzar la mirada y los conocimientos del lector para ofrecerle un refugio de profundidad y sentido en un mundo cada vez más banal, ruidoso y pasivamente audiovisual.