Trump contra el orden liberal internacional - Alfa y Omega

Tradicionalmente, el orden liberal internacional ha sido definido, siguiendo a John Ikenberry, como un sistema abierto y basado en reglas, articulado a través de instituciones como la ONU. No obstante, esta definición plantea ambigüedades, especialmente en torno a conceptos como «abierto» y «liberal». De forma sintética, el orden liberal puede entenderse como articulado en torno a tres pilares: seguridad, economía y derechos humanos. 

El pilar de seguridad se basa en la idea de un orden regulado por normas, en el que el comportamiento de los Estados no depende exclusivamente de la distribución de poder, sino que está limitado por el derecho internacional. El componente económico remite a la apertura de las relaciones internacionales y al intercambio bajo principios liberales, asociados a la globalización. Por último, el pilar de los derechos humanos se fundamenta en la Carta de la ONU y en la Declaración Universal de Derechos Humanos. En este entramado, el derecho internacional actúa como elemento vertebrador y la ONU ha desempeñado un papel central en su institucionalización.

Durante más de siete décadas, Estados Unidos desempeñó un papel central como arquitecto y garante de este orden. Sin embargo, en la actualidad, no solo ha reducido su compromiso, sino que se ha convertido en uno de los actores que más contribuyen a su erosión, un proceso impulsado por múltiples factores interconectados. Por un lado, la crisis financiera global de 2008 supuso un punto de inflexión al cuestionar la capacidad del sistema para garantizar crecimiento y prosperidad. A ello se sumaron las desigualdades causadas por el cambio tecnológico y la globalización, sin respuestas redistributivas eficaces por parte de los Estados. Este deterioro alimentó la polarización política y el auge de fuerzas populistas y extremistas, debilitando el consenso interno de muchas democracias occidentales que había sustentado el orden liberal.

De forma paralela, el sistema internacional ha atravesado una profunda reconfiguración del poder global. El ascenso de China y de otras potencias emergentes ha acelerado la transición hacia un escenario multipolar, reduciendo la influencia relativa de Occidente y generando demandas de reforma orientadas a obtener mayor representación. En un contexto ya marcado por conductas que desafían el derecho internacional, estas dinámicas se han visto acentuadas por cambios políticos recientes, como el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, del que el 20 de enero se cumple un año. Esta crisis se manifiesta de forma visible en las dificultades de la ONU para impedir conflictos armados, prevenir escaladas nucleares o responder a desafíos globales como el cambio climático.

El primer año de la segunda presidencia de Trump ha supuesto un cuestionamiento directo de los fundamentos del orden liberal internacional: abandona el consenso en torno al multilateralismo, el libre comercio y la apertura económica, sustituyéndolos por una visión abiertamente nacionalista y transaccional de las relaciones internacionales. Este giro se traduce en el desprecio sistemático por aliados tradicionales y el uso de aranceles como instrumento de coerción política. Paralelamente, Estados Unidos ha abandonado organizaciones multilaterales clave y ha recortado drásticamente la ayuda internacional a través de USAID.

En el ámbito de la seguridad, ha reforzado una lógica de paz a través de la fuerza, lo que ha derivado en una agenda exterior de carácter abiertamente expansionista con amenazas de adquirir Groenlandia, retomar el control del canal de Panamá, absorber Canadá como el estado número 51 o asumir el control de Gaza. Esto se combina con el uso directo y unilateral de la fuerza, como en el ataque contra Venezuela, que supone una violación directa del derecho internacional.

En conjunto, la política exterior de Trump refleja una visión del mundo donde el derecho internacional queda subordinado al interés del actor más fuerte, erosionando de forma simultánea los tres pilares del orden liberal internacional. En el ámbito de la seguridad, mediante el uso unilateral de la fuerza y el desprecio por el derecho internacional; en el económico, al cuestionar las reglas del comercio internacional e instrumentalizar los aranceles; y en el normativo, a través del repliegue de Estados Unidos de organismos multilaterales y del recorte de la ayuda internacional. Este enfoque aproxima el trumpismo a lo que Goddard y Newman describen como un orden «neomonárquico», basado en jerarquías, transacciones y liderazgos personalistas y lo convierte en un acelerador del deterioro del orden liberal.

El futuro del orden internacional sigue siendo incierto, pero resulta claro que el trumpismo no actúa como su garante. Ante este escenario, Europa se enfrenta al desafío de asumir un papel más activo en la defensa del multilateralismo, el derecho internacional y los bienes públicos globales. La supervivencia del orden liberal dependerá en buena medida de la capacidad europea para sostenerlo y de una eventual reorientación del compromiso estadounidense.