Tomás Moro, ¿mártir de la individualidad?

A man for all seasons no está concebida para evocar a un santo, entre otras cosas porque Bolt no se consideraba cristiano. El Moro de Bolt es un hombre marcado por un enérgico sentido de la individualidad, de la propia identidad. Por su forma de entender el mundo, está dispuesto a perder la vida

Antonio R. Rubio Plo
Enrique VIII aparece una vez en escena. Es un hombre joven, caballeroso y de buenas maneras, que aprecia a Moro y que lamenta que no coincidan en la opinión sobre el divorcio. Foto: Eureka Entertaiment

En septiembre de 1960 se publicaba una obra teatral que había triunfado durante el verano en la cartelera londinense. Se trataba de A man for all seasons, de Robert Bolt, que pronto saltó a los escenarios norteamericanos y fue el filme más oscarizado en 1966. En España se le dio el título de Un hombre para la eternidad, de inexacto significado. Se trata de una expresión de Erasmo de Rotterdam, amigo de Tomás Moro, el protagonista de la obra al que el humanista holandés calificó de «un hombre para todas las horas, alguien que se adapta tanto a la seriedad como a la dicha, y cuya compañía siempre resulta agradable».

El autor, Robert Bolt (1924-1995), comenzó su carrera profesional en una compañía de seguros, estudió Historia en Manchester e impartió clases en una escuela de Devon. Luego abandonó la docencia tras el éxito de sus guiones radiofónicos y obras teatrales, aunque su prestigio se debe a ser el guionista de Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago y La hija de Ryan, tres películas de David Lean. Estas historias tienen en común a personajes incapaces de asumir su realidad y que desafían las condiciones de su existencia, sin importarles el precio que pagar. Están dispuestos a mantener, pese a quien pese, su propia individualidad. Más tarde, el nombre de Bolt se eclipsó, condicionado por las limitaciones de una enfermedad y por una tormentosa vida sentimental y familiar. Con todo, su último momento triunfal sería el guion de La misión (1986) de Roland Joffé.

Bio

El inglés Robert Bolt (1924-1995) impartía clases en una escuela de Devon, pero abandonó la docencia tras el éxito de sus guiones, entre los que se encuentran Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago y La misión.

A man for all seasons no está concebida para evocar a un santo, entre otras cosas porque Bolt no se consideraba cristiano y por un tiempo simpatizó con un comunismo idealizado. El Moro de Bolt es un hombre marcado por un enérgico sentido de la individualidad, de la propia identidad. Por su forma de entender el mundo, está dispuesto a perder la vida. El autor aprecia que le habría sido sencillo mantener sus honores con poner su mano sobre un libro de tapas negras y proferir «una mentira corriente». En cambio, los otros cortesanos, que rodean a Tomás Moro, son oportunistas, mentirosos y corruptos, dispuestos a todo para mantenerse en la cumbre. Los retratos de los obispos Wolsey y Cranmer, o de los nobles Cromwell y Norfolk son demoledores y, sin embargo, el de Enrique VIII no lo es tanto. El rey solo aparece una vez en escena. Es un hombre joven, caballeroso, y de buenas maneras, que aprecia sinceramente a Moro y que lamenta que su opinión sobre el divorcio real no coincida con la suya.

Hay quien afirma que el actor Paul Scofield no era el más adecuado para encarnar a Moro. Resulta demasiado serio para un cristiano de buen humor como el Lord Canciller de Inglaterra. En realidad, el problema está en la visión que Bolt tiene de Moro. Tiene el acierto de sacar partido al pasaje evangélico referente a de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma (Mt 16,26), aunque es posible que Bolt hubiera querido sustituir el alma por la individualidad, la forma específica de ser.

Pero si hay alguien que resulta repulsivo en la obra, más para Bolt que acaso para el propio Moro, es Richard Rich, un joven arribista que se mueve alrededor del lord canciller en espera de que este le conceda un cargo. Al no alcanzar su propósito, se incorpora al séquito de Cromwell, que le recompensa desde el primer momento, e incluso testifica en contra de Moro en su proceso ante el parlamento.

Recomiendo a los docentes, y a los que no lo son, la lectura, o el visionado, del diálogo entre Rich y Moro al comienzo de la obra. A Rich se le ofrece un puesto de maestro de escuela, con casa propia y unos ingresos anuales de 50 libras. Pero el joven, ávido de fama y honores, considera insignificante esta oferta de Moro, pues equivale a una vida marcada por la mediocridad. Nadie sabrá que es un gran maestro, salvo sus alumnos y amigos. Es más atractivo dedicarse a la política, pese al riesgo de caer en la tentación, algo que quería evitar Moro con sus consejos.

Un hombre para la eternidad
Director:

Fred Zinnemann

País:

Reino Unido

Género:

Drama

Público:

+13