Titulación de Doctores de la Iglesia. San Juan de Ávila, Doctor de la evangelización
Esta propuesta calificadora viene sugerida en el título de la Instrucción de la Conferencia Episcopal Española: San Juan de Ávila, un Doctor para la nueva evangelización, con motivo de la declaración del Doctorado para el Maestro Ávila por el Papa Benedicto XVI, que se realizó justamente en el comienzo de la Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre La nueva evangelización para la transmisión de la fe. Hay que recordar, también, que con ocasión del quinto centenario del nacimiento de san Juan de Ávila, la misma Conferencia Episcopal Española hizo público su mensaje Juan de Ávila, Maestro de evangelizadores, de fecha 26 de noviembre de 1999, explicando cómo es ejemplo tanto para obispos y sacerdotes como para consagrados y laicos
En el transcurso de la Historia, a varios Doctores de la Iglesia se les ha dado un apelativo que resume una característica principal; paulatinamente ha sido la convergencia de muchos la que ha terminado por admitirla; por ejemplo, y según el orden cronológico de su respectiva declaración, se ha denominado a: san Agustín, Doctor gratiae (1298); santo Tomás de Aquino, Doctor angelicus (1567); san Buenaventura, Doctor seraficus (1588); san Anselmo de Canterbury, Doctor magnificus (1720); san Bernardo de Claraval, Doctor melifluus (1830); san Cirilo de Alejandría, Doctor Incarnationis et maternitatis divinae Mariae (1882); san Beda el Venerable, Doctor admirabilis (1899); san Juan de la Cruz, Doctor mysticus (1926); san Alberto Magno, Doctor universalis (1931); san Antonio de Padua, Doctor evangelicus (1946); san Lorenzo de Brindisi, Doctor apostolicus (1959); y santa Teresa del Niño Jesús, Doctor amoris (1997).
Por otro lado, en la Escolástica, paralelamente a las declaraciones sobre los Doctores de la Iglesia, se llamaba con diferentes calificativos a algunas figuras de la filosofía y la teología, sólo como eminentes doctores universitarios. Profesores y alumnos bien sabían que, si se decía el Eximius, era Suárez; el Subtilis, Duns Scoto; el Mirabilis, Roger Bacon; o el Illuminatus, Raimundo Lulio. Simultáneamente, en la Escolástica, a santo Tomás se le siguió llamando Angelicus; a san Buenaventura, Seraficus; y a san Alberto, Universalis, así que éstos tres eran Doctores de la Iglesia y doctores eminentes en la escuela teológica.
Coincidencias de otros títulos
En España, desde 1942 —cuando se compuso el himno al Beato Juan de Ávila—, se empezó a extender Apóstol de Andalucía; pero, y con razón, los obispos de las diócesis extremeñas acaban de escribir Apóstol también de Extremadura, y los de las diócesis manchegas, que también de La Mancha.
A san Juan de Ávila —como escribió un Tratado sobre el amor de Dios, además del famoso Audi filia, sobre la vida cristiana, y el Tratado sobre el sacerdocio, los dos memoriales para el Concilio de Trento, sermones y cartas hasta llenar cuatro recientes volúmenes de la colección Maior de la BAC— se le podría llamar Doctor del amor divino; pero ya se han adelantado a llamar Doctor amoris a santa Teresa del Niño Jesús, y, como es comprensible, no se trata de cualquier amor, sino tanto del amor a Dios como del amor de Dios y, en consecuencia, la caridad hacia todos, pues al decir amor genéricamente parecen incluidos esos tres amores que, a su vez, se auto-incluyen.
Si a san Antonio de Padua se le llama Doctor evangelicus es por significar que vivía el Evangelio. En cambio, Doctor evangelizationis significa que san Juan de Ávila, además de vivirlo, se destacó en anunciarlo hasta contagiarlo. Son distintivos de san Juan de Ávila su predicación —oral y escrita— evangelizadora; y la evangelización engloba tanto la pastoral como la misión hacia quienes no conocen, o no aman ni siguen a Nuestro Señor. Se reconoce por muchos que Juan de Ávila es el santo más parecido a san Pablo, cuya característica preponderante es haber sido el gran evangelizador; y el Maestro Ávila difundió en su tiempo el Evangelio como pocos, y fundó colegios y universidad como modos eficaces y prácticos de evangelización por la enseñanza y la cultura en relación con la fe.
Los títulos aplicados a los Doctores de la Iglesia no provienen de una declaración oficial, sino de una divulgación popular que ha ido coincidiendo porque muchos lo ven así e, incluso, encuentran referencias en el magisterio de la Iglesia o en autores de hagiografías para concluirlo.
San Juan de Ávila y la evangelización
Con ocasión de la declaración del Doctorado, se ha puesto de relieve su evangelización por Andalucía, Extremadura y La Mancha, ya que este requerimiento le sustituyó ir a evangelizar América, como deseaba; y cuando se retiró a Montilla, dividía las veinticuatro horas de cada día en seis para orar, seis para estudiar y escribir y, singularmente, seis para atender a toda clase de personas en el sacramento de la Penitencia y en la dirección espiritual; las otras seis para descansar.
Su epitafio: Messor eram —mejor traducido por obrero de la mies que por segador— define al que prepara la tierra, siembra y cultiva el crecimiento que Dios da a la semilla, pues la siega, en definitiva, atañe al Señor. Obrero de la mies es, en lenguaje actual, evangelizador: sembrador y cultivador de la semilla evangélica. El Señor dijo: «Rogad, pues, al dueño de la mies, que envíe obreros a su mies» (Lc 2, 10), y estos obreros evangelizadores son, por tanto, a la vez enviados o misioneros.
Además, san Juan de Ávila conocía el Evangelio y la Sagrada Escritura de tal modo que, si se hubieran perdido, podrían ser reconstruidos con su memoria sapiencial y sus escritos; por añadidura, dedicó gran parte de su vida a la formación inicial y permanente de los que iban a ser o ya eran sacerdotes.
Y no quiso fundar instituto misionero alguno, porque veía que ya estaba fundada por san Ignacio la Compañía de Jesús, y así creció el aprecio mutuo entre ambos santos y entre el Maestro y los jesuitas.
Testimonios de antaño
El Licenciado Gerónimo Quintana, el 13 de noviembre de 1623, en nombre de la Congregación del bienaventurado Apóstol san Pedro de sacerdotes naturales de la villa de Madrid, presentó la instancia para que se iniciara el proceso informativo para la beatificación y canonización del Venerable Padre Maestro Juan de Ávila, porque «es notorio…, en este Arzobispado de Toledo y en todo el reino…, que resplandeció en él con grande santidad, porque su vida fue un raro ejemplo de ella y de doctrina evangélica…».

Las declaraciones durante este proceso informativo, desde 1623 a 1628, se realizaron en Madrid (en el Real Monasterio de la Encarnación), Almodóvar del Campo, Córdoba, Granada, Montilla, Jaén, Baeza y Andújar; a los testigos interrogados sobre el Maestro Ávila, les impresionaba no sólo su santidad y doctrina, sino también los frutos palpables de la conversión que muchas personas alcanzaron a través de su ministerio y vida; muchos volvieron a la práctica religiosa, y a Dios, y otros se sintieron acompañados en su camino de santidad; describen numerosos casos de personas convertidas por el santo; y también citan nombres de santos coetáneos como Juan de Dios, Francisco de Borja y Teresa de Jesús, a quienes les llegó su oración y acción evangelizadoras.
Conversión y santidad son dos objetivos y frutos que, con la gracia de Dios, pretende la evangelización que, en cada época es y ha de ser siempre nueva.
Testimonios de hogaño
La Conferencia Episcopal Española, en el preámbulo de la Instrucción San Juan de Ávila, un Doctor para la nueva evangelización, de 26 de abril de 2012, ha escrito: «Juan de Ávila, el clérigo andariego que recorrió ciudades y pueblos predicando el Evangelio (…), ha continuado presente con su testimonio y sus escritos durante los cinco siglos que nos separan de él, y alza de nuevo su potente, humilde y actualísima voz ahora, en este momento crucial en que nos apremia la urgencia de una nueva evangelización». Y más adelante: «Si la nueva evangelización pretende reanimar la vida cristiana de creyentes y alejados de la fe y difundir a todas las gentes la Buena Noticia de Jesús, Juan de Ávila no fue ajeno, en su tiempo, a este mismo propósito. En un contexto tan complejo y plural como el suyo, de no siempre fácil convivencia entre religiones y culturas y de extensas áreas descristianizadas después de siglos de dominación musulmana, contó también, de algún modo, con su atrio de los gentiles, generando en él un original modo de diálogo y de exponer las verdades de la fe que ensamblaba, en admirable sintonía, la solidez de la doctrina cristiana con sus simpáticas y originales referencias al vivir cotidiano y, sobre todo, con un riguroso testimonio de vida, certero aval de la verdad predicada».
Pablo VI, en la homilía de canonización del Maestro Ávila, el 31 de mayo de 1970, subrayó que «su palabra de predicador se hizo poderosa y resonó renovadora. (…) Su personalidad se manifiesta y engrandece en el ministerio de la predicación. Y, cosa aparentemente contraria a tal esfuerzo de palabra pública y exterior, Ávila conoció el ejercicio de la palabra personal e interior, propia del ministerio del sacramento de la Penitencia y de la dirección espiritual. Y quizás todavía más en este ministerio paciente y silencioso, extremadamente delicado y prudente, su personalidad sobresale por encima de la de orador».
Y Benedicto XVI, en su homilía después de declararlo Doctor de la Iglesia universal, el pasado 7 de octubre, expresó que san Juan de Ávila, «profundo conocedor de las Sagradas Escrituras, estaba dotado de un ardiente espíritu misionero. Supo penetrar con singular profundidad en los misterios de la redención obrada por Cristo para la Humanidad. Hombre de Dios, unía la oración constante con la acción apostólica. Se dedicó a la predicación y al incremento de la práctica de los sacramentos, concentrando sus esfuerzos en mejorar la formación de los candidatos al sacerdocio, de los religiosos y los laicos, con vistas a una fecunda reforma de la Iglesia». Y en su Carta apostólica San Juan de Ávila, sacerdote diocesano, proclamado Doctor de la Iglesia universal, de la misma fecha 7 de octubre de 2012: «Caritas Christi urget nos (2 Co 5, 14). El amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, es la clave de la experiencia personal y de la doctrina del Santo Maestro Juan de Ávila, un predicador evangélico, anclado siempre en la Sagrada Escritura, apasionado por la verdad y referente cualificado para la nueva evangelización».
Así, pues, el amor de Cristo fue en san Juan de Ávila, predicador evangélico, el comienzo y la urgencia de la evangelización y, por eso, es referente cualificado para la nueva evangelización. Referente cualificado de la evangelización, es decir, Doctor evangelizationis.