«Tenemos que trabajar por convertir a los bautizados» - Alfa y Omega

«Tenemos que trabajar por convertir a los bautizados»

Onofre e Icíar llevan casados casi 20 años y actualmente son delegados de Nueva Evangelización en la diócesis de San Sebastián. «Necesitamos pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera», dicen con el Papa Francisco

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Icíar y Onofre. Foto: Onofre Sousa

Onofre e Icíar llevan casados casi 20 años y actualmente son delegados de Nueva Evangelización en la diócesis de San Sebastián. «Necesitamos pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera», dicen con el Papa Francisco

¿Cuándo os picó el bicho de la evangelización?

Icíar y yo nos conocimos en un contexto cristiano y tanto como novios como ya casados, hemos formado parte durante casi 20 años de una comunidad de alianza [comunidades de espiritualidad carismática] en Vitoria, con responsabilidades en el tema de la evangelización. El deseo de llevar a Jesucristo a los demás, la evangelización, ha estado siempre muy presente en nosotros desde nuestra propia conversión y desde el momento que tuvimos nuestro primer encuentro con Él que cambió radicalmente nuestra vida.

Cuando supimos que no podíamos tener hijos al poco tiempo de casarnos, lo primero que hicimos fue decirle al Señor que no lo entendíamos pero que lo asumíamos. Le preguntamos entonces cuál era su plan para nuestro matrimonio, ya que el nuestro había sido formar una familia cristiana y tener hijos, como cualquier otra familia, pero estaba claro que el suyo era otro diferente que nosotros no habíamos contemplado. Tras un tiempo de discernimiento y crecimiento como matrimonio, descubrimos un llamado que el Señor nos hacía a dedicarnos a corazón completo y a tiempo completo a la evangelización al servicio de la Iglesia en España.

Recuerdo una ocasión, un momento de gracia especial, cuando oraba por España y su Iglesia, le pedí al Señor que enviara evangelizadores apasionados a su viña en este país; aquella simple oración tuvo una respuesta. Fue como si el Espíritu Santo me susurrara interiormente: ¿y tú qué vas a hacer? De alguna manera, ahí comenzó nuestro deseo y determinación de consagrar nuestro matrimonio a esta misión tan urgente y necesaria de renovación y nueva evangelización.

¿Cómo lleváis a cabo este servicio en vuestra diócesis?

En estos casi seis años en San Sebastián hemos tratado de no parar un solo instante e intentar todo lo posible por evangelizar y por convertir nuestra realidad más cercana en una Iglesia en salida misionera.

Lo primero que hemos hecho es poner en marcha la Delegación de Nueva Evangelización y desde ahí, hemos tratado de ayudar a tomar conciencia de la urgente necesidad que tenemos de conversión y renovación para hacer posible hoy una nueva evangelización. Nos hemos dado cuenta que a veces damos por hecho la fe en las personas, pero cuando hacemos posible un encuentro personal con Jesucristo la vida de las personas cambia y ellos mismos se van transformando en evangelizadores. En los hechos de los apóstoles vemos que bautizaban a los convertidos, pero hoy tenemos que trabajar por convertir a los bautizados para poder transformarnos en una Iglesia evangelizada y evangelizadora (EN, Pablo VI). En esto consistía lo que llamamos la escuela de evangelización diocesana que comenzamos el año 2014 y el Seminario de Nueva Evangelización (S.N.E.) que hemos impartido fuera de nuestra diócesis.

Después de esto, comenzamos a reunir a las personas que habían acudido a la escuela de evangelización y sentimos la necesidad de dar un segundo paso: reunirnos semanalmente para orar juntos, compartir y formarnos como nuevos evangelizadores que hacen posible una nueva evangelización. Es lo que hemos llamado Testigos de Jesús (www.tjes.info), que pretende ser un movimiento (poner a la Iglesia y a los creyentes en movimiento) para formar discípulos misioneros que sean instrumentos de renovación al servicio de la Iglesia.

Además de esto, hemos llevado a cabo vigilas de evangelización en la calle desde alguna parroquia céntrica de la ciudad, invitando a las personas a encontrarse con Jesús. Estamos trabajando también con los cursos Alpha; hemos dado varios entrenamientos y preparamos equipos para que puedan impartir el curso Alpha en sus parroquias.

En cuanto al resultado, a nivel diocesano no hemos tenido la respuesta que nos hubiera gustado con todo esto; sin embargo, las personas que hoy forman parte de nuestro pequeño equipo comparten y dan testimonio de una nueva ilusión que les mueve como creyentes y como evangelizadores que desean dar a los demás lo que ellos mismos han recibido. Creemos que hay mucho por hacer, pero en gran medida depende de lo que obispos, sacerdotes y laicos estemos dispuestos a hacer por cambiar las cosas y pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera, como dice el Papa Francisco (EG 15).

¿Qué tendría que hacer una diócesis o una parroquia para llegar a los alejados?

Ante todo, necesitamos conversión y renovación, tanto pastoral como personal, para entender que en la Iglesia todo parece estar organizado para saciar una sed que no existe, y casi nada organizado para despertar esa sed. Es verdad que está de moda hablar de evangelización, pero demasiadas veces se queda solo en palabras porque todavía creo que no estamos dispuestos a reestructurar las diócesis y las parroquias de manera que la infraestructura sirva a la misión, y seguimos condicionando la misión de la Iglesia a la infraestructura actual. Necesitamos entender que la evangelización comienza con el primer anuncio, el kerygma, para llevar a las personas al encuentro con Jesucristo. Solo después viene la catequesis y todo lo demás. Sin embargo, nos conformamos con seguir haciendo las cosas como las hemos venido haciendo siempre y nos da miedo salir de nuestra zona de comodidad para cambiar las cosas de una vez por todas. No se trata de cambiar por cambiar, sino de comprender que aquello que tiene vida tiene movimiento y que lo que no se mueve termina por atrofiarse y morir. Nos lamentamos de la tragedia de la pérdida de la fe, la secularización, la pérdida de vocaciones y todo lo demás, pero no se nos ha ocurrido aún echar mano a los remos para remar mar adentro y buscar a los alejados. Lo más serio de todo esto es que hemos olvidado nuestra identidad, la de ser luz de las naciones para que la salvación de Dios pueda llegar a todos los hombres y mujeres (Hch 13,47).

Parece que la evangelización es algo de curas y obispos, como mucho. ¿La Iglesia puede evangelizar hoy sin los laicos?

Los laicos son parte del Cuerpo de Cristo y sin ellos, el Cuerpo no camina como tal. Si el Concilio Vaticano II ha marcado una de las grandes diferencias en la Iglesia actual, creo que ha sido precisamente en relación con los laicos: el llamado de los laicos a la santidad y el llamado de los laicos a la evangelización. Ese fuego por el anuncio es un don del Espíritu Santo y lo hacemos posible cuando estamos dispuestos a cambiar las cosas y a soñar, con el papa Francisco, con una opción misionera capaz de transformarlo todo. Cuando hablamos de estas cosas nos gusta decir que necesitamos un nuevo Pentecostés que haga posible en nosotros y en la Iglesia un verdadero despertar y una auténtica renovación. Solo así veremos vidas cambiadas, parroquias transformadas y una Iglesia renovada, evangelizada y evangelizadora.

A un nivel más doméstico, ¿qué consejo para anunciar un kerygma de forma sencilla? A veces te faltan las palabras…

En primer lugar, nadie puede dar lo que no tiene. Evangelizar tiene mucho que ver con el lenguaje de los enamorados: anunciar y dar testimonio acerca de lo que hemos visto y oído, de aquello que ha cambiado nuestra vida y que ya no podemos callar. Aprender a escuchar a las personas en su situación concreta, como punto de partida, para darles esa palabra de esperanza y de consuelo con nuestra vida y nuestra palabra. Cuando no les juzgamos y les anunciamos que son amados por Dios, vamos por buen camino para poder llevarles hasta Jesús. Necesitamos testigos en la Iglesia más que grandes ponentes y excelentes teólogos, porque solo el que ha sido testigo puede hablar en primera persona de lo que ha ocurrido en su vida, mientras que los demás son reporteros que hablan de oídas. Cuando no estamos evangelizados, no podemos evangelizar; estaremos adoctrinando, moralizando o hablando de otras cosas, pero lo primero es evangelizar y llevar a las personas al encuentro con Jesús.

Sois delegados de Nueva Evangelización en una diócesis. ¿Esta apuesta de una Iglesia diocesana por la NE es común en España?

Me gustaría decir que sí, pero todavía no es así en nuestro país. Comenzamos a vislumbrar pequeños signos que son ciertamente esperanzadores, pero creo que la Iglesia en España, en términos generales, todavía no ha hecho una apuesta decidida y valiente por asumir la Evangelii gaudium del papa Francisco, como una auténtica y necesaria reforma de la Iglesia en salida misionera. Después de conocer realidades eclesiales muy diversas en diferentes lugares de nuestra geografía, considero que seguimos viviendo del aceite de ayer. Pero necesitamos aceite nuevo porque, como dice el Evangelio, «a vino nuevo, odres nuevos» (Mt 9,17). El Papa Francisco nos invita a todos «a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades» (EG 33).

A los pastores y a todos los que formamos la Iglesia en España les diría que no podemos olvidar lo que en una ocasión le escuché decir a alguien: no se trata de que la Iglesia tenga una misión, es la misión de Jesucristo la que tiene una Iglesia y en ella estamos cada uno de nosotros para hacerla posible hoy y aquí. Es nuestra responsabilidad cumplir el encargo que Dios nos ha confiado ya que además está en juego nuestra identidad, aquella que los profetas tuvieron que recordar en muchas ocasiones también a su Pueblo: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra» (Is 49,6).

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo