Superviviente del Holocausto: «Mi madre no fue capaz de dejarnos atrás» - Alfa y Omega

Superviviente del Holocausto: «Mi madre no fue capaz de dejarnos atrás»

Denise contará su historia en Madrid en torno al 27 de enero, día dedicado a su memoria. Lo hará con su hija Sonia, que afirma que el trauma se transmite

María Martínez López
Denise y Sonia durante una visita de la primera a su hija, que vive en Estados Unidos.
Denise y Sonia durante una visita de la primera a su hija, que vive en Estados Unidos. Foto cedida por la familia Papo.

—Cuando el Tercer Reich invadió Francia en 1940, usted y su gemela, Agnès, tenían 3 años. ¿Guarda recuerdos?
—Denise Papo: Me acuerdo de nuestra casa en Saint-Didier-sur-Chalaronne, cerca de Lyon: había un jardín muy bonito en el que nos bañaban en una bañera. Mis padres eran polacos pero habían emigrado a París, donde nacimos. Mi padre trabajaba en el curtido de pieles y, tras la invasión, le ofrecieron un trabajo allí. Pensaron que estarían mejor. Pero lo denunciaron por judío y pasó casi un año en un campo de concentración francés.

Conoció a un español, republicano. Cuando lo liberaron le dijo: «Si puedes escapar, ven a España». A veces les daban un permiso para ver a la familia. Él y mi madre planearon pasar a pie por las montañas, pero no podían con niñas pequeñas. Una amiga católica iba a ponernos en un convento, allí no correríamos tanto peligro. Pero, en el último momento, mi madre no fue capaz de dejarnos.

—¿Cómo pasaron los años siguientes?
—D. P.: Crecimos en Saint-Didier con mucho miedo porque había muchos miembros de la resistencia, Gestapo y redadas. Es un milagro que no nos encontraran. Mi madre siempre nos acostaba vestidas para escapar si venían los alemanes. Se hizo amiga de una maestra, casada con un policía que la avisaba y nos escondíamos en casa de la directora de la escuela días o semanas. Yo tuve tuberculosis. Fue una temporada de mucha angustia.

—¿Cuándo se reunió la familia?
—D. P.: Al terminar la guerra no pudimos pasar a España porque Franco, que tenía una política muy ambigua —acogió a muchos judíos pero era simpatizante de los italianos y los alemanes—, cerró la frontera a los franceses; y Agnès y yo lo éramos. Un año después, un amigo aconsejó a mi madre incluirnos en su pasaporte polaco. Así pudimos viajar aquí.

—¿Qué fue de su padre en España?
—D. P.: Lo detuvieron al llegar por no tener papeles. Estuvo en la Cárcel Modelo de Barcelona y en un campo de concentración en Miranda de Ebro, donde había republicanos y algunos judíos. Salió gracias a un organismo americano que liberaba a estos últimos. Como era un excelente técnico, enseguida encontró trabajo en Barcelona. Luego montó su fábrica. Después, la vida fue fácil.

—¿Perdieron a seres queridos?
—D. P.: Toda la familia de mi padre en Polonia (parte había emigrado) fue exterminada. Mi abuela materna y una tía pasaron la guerra escondidas en un apartamento. A la otra la deportaron a un campo con un hijo y su marido. Solo volvió él. Se salvó porque, al liberarlos, estaba tan débil que lo ingresaron y lo alimentaron cucharada a cucharada. Hubo quienes morían entonces porque estaban tan hambrientos que se abalanzaban sobre la comida y no podían asimilarla.

—Sonia, ¿cómo fueron su hermano y usted asimilando esta historia familiar?
—Sonia Papo: Mi familia no hablaba mucho de ello, como bastantes supervivientes (otros no paran). Quisieron olvidar. Sufrieron muchísimo y el trauma es muy profundo. Luego se añadió el del exilio. De niños nos apasionaban las historias sobre cómo no tenían comida o se hacían zapatos con neumáticos, aunque adquirían una dimensión casi de cuento. No querían transmitir ese sufrimiento. Con el tiempo lo fuimos entendiendo. Sobre los 20 años empezamos a interesarnos más. Una prima ha investigado bastante.

—¿Influyó en cómo viven el ser judíos?
—S. P.: Nuestra familia es laica, nuestros abuelos no eran observantes pero nos transmitieron una identidad judía histórica muy fuerte. Varios nietos fuimos temporadas a Israel, teníamos una atadura muy emocional con todo ello. He hecho años de terapia y hurgas en esto. Para su generación, había que ser fuertes, asumir las cosas y no hablar de ellas. Con mi madre bromeamos porque dice: «Yo nunca ha tenido traumas. He tenido suerte y una vida muy feliz».

—¿Cómo recibe la gente su testimonio?
—D. P.: Los jóvenes lo ven tan lejano como la Inquisición. En cuanto a los mayores, hay mucha ignorancia en la prensa, en las universidades. Y ahora mucho antisemitismo por la guerra de Israel. No es buen momento para hablar de estas cosas. O, más bien, es el mejor.

—¿De qué hablará en los actos que organiza el Centro Sefarad-Israel, Sonia?
—S. P.: De mi padre. Era sefardita. A sus antepasados los expulsaron de España pero él se salvó gracias a este país: en 1924 un decreto les permitió adquirir pasaporte español. Mi abuelo dirigía un hotel en París y al empezar las leyes raciales, el embajador le dijo: «No se inscriba como judío. Es español». Cuando lo iban a denunciar, viajaron a Barcelona en tren con su pasaporte.