Subir y volver del monte Tabor - Alfa y Omega

Subir y volver del monte Tabor

2º Domingo de Cuaresma / Mateo 17, 1-9

María Yela
'Transfiguración de Cristo'. Giovanni Bellini. Galería Nacional de Capodimonte (Nápoles, Italia).
Transfiguración de Cristo. Giovanni Bellini. Galería Nacional de Capodimonte (Nápoles, Italia). Foto: Wikimedia Commons / El Proyecto Yorck.

Evangelio: Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Comentario

Estamos ante uno de los textos más enigmáticos, profundos e interesantes del Evangelio, al comienzo de la Cuaresma. Tiempo de pausa y reflexión para intentar entender todo lo que conlleva la luz de la Resurrección. Si en Navidad encendemos pequeñas luces externas, ahora propiciamos el recogimiento, la austeridad y el silencio para entender y encender una luz interna. En este tiempo intentamos profundizar en acercarnos y abrirnos a una mayor y progresiva transformación en Jesús. Ser como Jesús: estamos llamados a ello, pero en el fondo no es fácil elegir esta meta ni entenderla. Y más sabiendo cómo terminó Él. ¡Le torturaron y mataron! ¿Queremos eso para nuestra vida? ¿Somos capaces de terminar como Él? ¿Nos ofreceríamos por otros como hizo Jesús? ¿Entendemos por qué lo hizo?

Nuestra fe nos ayuda a comprender (o a acercarnos a ello) que no terminó así, que ese no fue el final; que existe un sentido, una luz, un encuentro, una Resurrección. Tanto para Jesús como para quienes queremos seguirle. Y este texto nos ayuda a entenderlo un poco más: Jesús tomó a sus amigos (Pedro, Santiago y Juan) y los condujo lejos de todo. Allí vivieron una experiencia única, intensa, extraordinaria de transfiguración. Tiempo de oración que se conjuga con asombro, susto, escucha, apertura, luz, experiencia de vida a la par que anticipación de muerte y resurrección. Como también nos pasa a nosotros en nuestro día a día, aunque a veces no seamos conscientes de lo que nos ocurre y de la profundidad de lo que vivimos. Superar la cruz tras sufrir dolor y dificultad, sentir esperanza, saber que estamos a gusto queriendo montar una choza allí, guardar en el corazón ese momento de encuentro profundo hasta poder comprender y compartir la cruz y la vida que se acerca.

Intentemos aprender de los sucesos que se presentan cada día, vivámoslos con intensidad. A veces estaremos cansados, otras nos sentiremos frágiles. También experimentaremos momentos de alegría y plenitud. Como la vida pasa muy deprisa, procuremos alimentar nuestro ánimo y el sentido que damos a nuestro camino. Para ello, ayuda sentir el apoyo unos de otros y el del Padre. Jesús nos enseña a tratarnos como hermanos. Esa es precisamente la misión de la Iglesia: continuar impulsando el sentido de fraternidad, ser instrumentos suyos para conseguirlo. Cuenta con nosotros. El Papa Francisco siempre nos lo recordó: allí cabemos todos, todos, todos. ¿Somos conscientes de que Dios escribe en nuestra vida? ¿Dejamos que lo haga? En este mundo crispado y polarizado —aunque no más que antaño—, ¿convertimos las lanzas en podaderas? ¿Reconocemos la Buena Nueva, las buenas personas que nos rodean? ¿Transformamos nuestra vida tras el encuentro con Jesús y con nuestros hermanos? ¿Qué sentido damos a ese encuentro? Aprovechemos estas semanas para meditar en esa luz que recibe Jesús y que podemos recibir también nosotros si nos abrimos a la experiencia de Dios.

Como Pedro, Santiago y Juan, subamos al monte Tabor, esperemos la Resurrección para encajar esta experiencia de luz, asimilarla y compartirla. Vivamos este momento de gozo tras tantos otros de noche oscura y retos complicados; sigamos adelante con esa fuerza, levantándonos con confianza  y sin temor. ¿Nos dejaremos llenar por el Espíritu y que Él vaya transformándonos tras volver del Tabor, poniendo nosotros también de nuestra parte esta Cuaresma?