Sor Rufina Vicente: una luz en la Cuba castrista

José Calderero de Aldecoa
Foto: Siervas de María

La religiosa española Rufina Vicente Moralejo murió hace justo una semana, a los 91 años, tras 70 años como Sierva de María Ministra de los Enfermos y de haber dedicado los últimos 64 años de su vida a ser misionera en Cuba.

Sor Rufina, que padecía desde hace 15 años demencia senil, llegó a la isla caribeña en 1956 y fue una de las 14 religiosas de la congregación que permaneció en Cuba durante la revolución castristas después de que tuvieran que salir del país el resto de sus hermanas de orden, que antes del ascenso de Castro contaban con casi 200 monjas repartidas en siete comunidades.

«Dicen los testigos de entonces que cuando escaseaban los signos religiosos [durante la revolución comunista] y abundaba la confusión por las calles de La Habana, el andar de las Hermanas hacia los hospitales o las casas de los enfermos y sus lucecitas encendidas en medio de la noche, se convirtieron en anuncio convincente de que Dios no había muerto», cuenta sor Indira González Shoda, secretaria provincial Siervas de María, Ministras de los Enfermos, en un artículo homenaje a sor Rufina.

Gracias a estos misioneros, entre los que se encontraba la religiosa fallecida, «nuestras generaciones adultas y jóvenes vieron la luz en una sociedad oficialmente atea pero en la que nunca se apagó la sed de Dios», asegura la secretaria. A continuación el artículo completo:

El 15 de octubre de 2018 falleció en La Habana, Cuba, una Sierva de María Ministra de los Enfermos española, de 91 años de edad y 64 como misionera. Su vida transformada transformó otras vidas, cambió el mundo, con esa santidad sencilla que encanta y convence, en palabras del Papa Francisco, «la santidad de la puerta de al lado, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios» (Gaudete et Exsultate, 7).

Su nombre es Rufina Vicente Moralejo, natural de Fuentespreadas, Zamora. En 1956, cuando los viajes eran de ida pero no de vuelta, se embarcó hacia La Habana, con lo mejor del alma castellana en el corazón y profundos anhelos de entregarse a la tarea de evangelizar según el carisma-misión del Instituto. Así lo hizo siempre, incluso durante los años sesenta cuando la historia dio un giro hacia la incertidumbre, la escasez, el silencio. Quedó junto a un reducido grupo de catorce Hermanas, todas españolas, en nuestra casa del Vedado, custodiando el espíritu de Santa María Soledad y recreándolo a pesar de los vientos recios. En la isla contábamos con siete comunidades y casi doscientas Siervas de María, quienes en un abrir y cerrar de ojos tuvieron que ir, con dolor pero con el mismo ardor misionero, a transformar otros mundos.

Dicen los testigos de entonces que cuando escaseaban los signos religiosos y abundaba la confusión por las calles de La Habana, el andar de las Hermanas hacia los hospitales o las casas de los enfermos y sus lucecitas encendidas en medio de la noche, se convirtieron en anuncio convincente de que Dios no había muerto.

A estos misioneros les debemos la transmisión de la fe, del carisma, de la gracia del seguimiento de Cristo. Nuestras generaciones adultas y jóvenes vieron la luz en una sociedad oficialmente atea pero en la que nunca se apagó la sed de Dios, gracias a las semillas que discretamente algunos se empeñaron en esparcir. Muchos de nuestros padres nos dieron una fe sin Iglesia, limitada a las oraciones de la noche frente a las imágenes “disimuladas” del Sagrado Corazón y de la Virgen de la Caridad. Los misioneros junto a los nuestros que optaron por permanecer, nos dieron y nos dan una fe impregnada de Espíritu, de Evangelio, de amor a la Iglesia, de compromiso con el pueblo.

Con todos tenemos una deuda impagable, aún vivimos de sus frutos y ojalá los nuestros tengan un tercio del sabor de los suyos. Por Sor Rufina y por cuantos como ella convierten sus existencias en luz y misión celebramos el DOMUND. Gracias por darnos lo mejor, haciéndonos comprender que ser discípulos misioneros «no es dar sino darse. No es hablar sino hablarse. No es hacer sino hacerse» (Leo Ramos, misionero en Zimbabue).

Sor Indira González Shoda, S. de M.

J. C. de A.