Soledad y Desamparo. Un centenar de tambores abre el cortejo del Yacente
Cuando la Congregación de la Soledad y el Desamparo admitió a las mujeres en su paso, hubo algunos que se extrañaron. «¿Quién acompañó a Jesús al Calvario?», reivindica su hermano mayor
En 1724 un grupo de fieles devotos de la Virgen de la Soledad decidieron fundar una cofradía para atender las necesidades de los madrileños en los últimos momentos de su vida. Así, acompañaban a los sacerdotes a administrar el viático a los cofrades moribundos y les costeaban el entierro y las exequias; un servicio que extendían asimismo a personas sin recursos que no tenían dinero ni siquiera para pagarse la sepultura.
Ese fue el inicio de la Real e Ilustre Congregación de Nuestra Señora de la Soledad y el Desamparo, aprobada en 1725 y que hoy, más de 300 años después, sigue consignando en sus estatutos los valores de «ayudar a los enfermos, acompañándolos y atendiéndolos en su soledad, tanto en el último trance de su vida como después de su fallecimiento».

Durante la Guerra Civil, la imagen titular tuvo que esconderse en el panteón de un cementerio para que no fuera profanada. Cuando pasó la contienda se llevó a un convento y luego a la parroquia de San Ginés, para al final recalar en la iglesia de las Calatravas, entre la Puerta del Sol y la glorieta de Cibeles.
De este lugar salen cada Sábado Santo cerca de 190 hermanos, hombres y mujeres. Precisamente la de la Soledad y el Desamparo fue las primeras congregaciones que salió en Madrid con paso mixto, en 2007. Lo cuenta su hermano mayor, Luis Fernando López Perona: «Cuando abrimos esta posibilidad a las mujeres, algunos me preguntaban por qué lo hacíamos. Y yo les preguntaba a mi vez: “¿Quiénes fueron las que acompañaron a Jesús al Calvario? ¿Hombres o mujeres?”».
Después de unos años en los que el perfil mayoritario de los hermanos era de una cierta edad, hoy López Perona asegura que «nos estamos rejuveneciendo porque está entrando gente más joven». Todos ellos continúan la intuición original de los fundadores de la hermandad, manteniendo viva la llama de la caridad: dando a personas necesitadas ayudas económicas, pagándoles los recibos de suministros y también, como antaño, costeándoles algún tratamiento médico.
Sábado Santo. 4 de abril. 16:00 h.
- Iglesia de la Concepción Real de Calatrava
- Calle Alcalá
- Puerta del Sol
- Calle Mayor (el paso de Cristo Yacente sigue hacia la plaza de la Villa)
- Travesía de Bringas
- Plaza de San Miguel
- Calle del Conde de Miranda
- Plaza del Conde de Miranda
- Calle del Codo
- Plaza de la Villa (reencuentro)
- Calle Mayor
- Calle Bordadores
- Calle Arenal
- Puerta del Sol
- Carrera de San Jerónimo
- Plaza de Canalejas
- Calle Sevilla
- Calle Alcalá
- Iglesia de la Concepción Real de Calatrava
Tambores y silencio
Y todos ellos salen en procesión dos veces durante estos días tan especiales. El Viernes Santo, la Virgen sale al encuentro del Jesús de Medinaceli en un momento especialmente emotivo que tiene lugar en torno a las nueve de la noche. Al día siguiente, el Sábado Santo, procesionan conjuntamente la Virgen y el Cristo Yacente de las Calatravas. Ambos pasos recorren las calles del centro de Madrid, separándose en la calle Mayor y reencontrándose de nuevo posteriormente en la plaza de la Villa, en un itinerario cargado de simbolismo.
Como curiosidad, al cortejo de penitentes se suman 120 tambores que vienen de Aragón y abren el cortejo por el que avanza el Cristo Yacente. «Esta es una tradición que viene de lejos», subraya el hermano mayor de la congregación. «Llama mucho la atención de la gente, porque es espectacular. Pero más allá de eso cumple la función de pedir silencio y recogimiento a la gente cuando van a pasar el Cristo y la Virgen», añade. Horas más tarde, el Domingo de Resurrección, los tambores cerrarán la Semana Santa madrileña con una sonora tamborrada en la Plaza Mayor, un colofón festivo a unos días llenos de interioridad.
Sumándose a esto, lo llamativo de esta procesión reside sobre todo en la reacción de la gente al paso de las tallas. «Es impresionante», atestigua López Perona. «Muchos se arrodillan y puedes ver a muchos rezando. Hay mucho respeto. No es un espectáculo, la gente se lo toma con mucha fe». Se trata de una dimensión que los propios hermanos también cuidan en su día a día. Para mantener la llama encendida, «una vez al mes tenemos una Misa y la formación y evangelización para que la gente crezca en la fe». Añade que «y los primeros viernes de mes hay un rosario en la iglesia abierto a todo aquel que quiera venir».
1724
Iglesia de las Calatravas
180
Negro y blanco