«Sin transparencia, no se va a resolver el problema»

El profesor de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma y experto en gestión de crisis insiste en que los obispos deberían ir a la reunión con el Papa habiéndose reunido ya con víctimas y lamenta que sea un periódico y no ellos quienes estén destapando estos casos

Fran Otero
Foto: Isabel Permuy

El profesor de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma y experto en gestión de crisis insiste en que los obispos deberían ir a la reunión con el Papa habiéndose reunido ya con víctimas y lamenta que sea un periódico y no ellos quienes estén destapando estos casos

Yago de la Cierva es una de las voces más autorizadas para hablar de crisis en la Iglesia y, por tanto, para hablar de los abusos a menores acaecidos en su seno. Es esta una de su mayores crisis: ya le tocó a Benedicto XVI y ahora a Francisco. Ambos, junto con Juan Pablo II, ha dado pasos importantes en la protección de los menores, pero todavía queda mucho camino por recorrer. Y en este contexto se celebra el encuentro de presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo entre el 21 y el 24 de febrero en el Vaticano.

De la Cierva conoce bien el tema. Entre sus últimos trabajos se encuentra la revisión y ampliación de su libro Cómo defender la fe sin levantar la voz. Respuestas civilizadas a preguntas desafiantes, en el que dedica un capítulo a la cuestión de los abusos. Además, es profesor de gestión de crisis en la Iglesia en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz y asesora a instituciones eclesiales en crisis. Por su trayectoria y conocimientos es uno de los expertos que tener en cuenta ante la cumbre de finales de mes.

Una de la virtudes de Yago de la Cierva es el modo sencillo y directo de explicar cuestiones complejas. ¿Qué debería saber un católico sobre la cuestión de los abusos? «Primero, que estamos ante un problema social gravísimo, no solo por la extensión, sino porque la sociedad no toma cartas en el asunto. España acaba de ser sancionada por la Unión Europea por no poner en práctica políticas de protección de menores. La respuesta de la sociedad no es buena porque no apoyamos suficientemente a las víctimas y, en este sentido, para un católico coherente este debería ser un problema tan serio como la trata, la prostitución o la miseria. En segundo lugar, hay que ser conscientes de que más del 80 % de los casos sucede en las familias. Por último, y aunque los casos que le afectan sean menos, la Iglesia tiene que ir por delante y ser ejemplar, porque no solo quiere resolver su problema, sino ayudar a resolver el de toda la sociedad».

La siguiente pregunta se hace entonces evidente. ¿Por qué se pone el foco en la Iglesia? «Sucede como en un robo. Que la gente robe está mal, pero que robe la Policía es peor. Nadie lo espera y, por tanto, que un clérigo abuse es una ofensa mayor y la gente tiene toda la razón en enfadarse», responde.

El también profesor de la escuela de negocios IESE reconoce que la respuesta de la Iglesia se debe dar en dos sentidos: el legal –con la puesta en marcha de procedimientos y protocolos– y el cultural. Este último, que considera el más complicado, tiene que ver con la rendición de cuentas y la transparencia, con cómo la Iglesia pasa de protegerse a proteger a la víctima actual y la potencial. «Necesitamos consolidar los cambios legislativos, asegurar que hay rendición de cuentas y ser transparentes. Sin transparencia, este problema no se puede arreglar, y esto supone un cambio cultural espectacular. Porque la Iglesia, siguiendo el modelo de las familias, solía arreglar los problemas en casa. El cambio cultural que se va a pedir en la reunión de este mes en el Vaticano tiene que ver con la transparencia, es decir, cuando tengo un caso, debo seguir los procedimientos legales, tengo que dar cuentas al Vaticano, luego a la comunidad eclesial y a toda la sociedad». La transparencia será obligatoria y vinculará al obispo; si no es transparente, será sancionado.

Las víctimas, primero

En este camino, es clave, en su opinión, poner a las víctimas en primer lugar y, por eso, recuerda lo que pidieron a los obispos tanto el Papa como el comité organizador: «Antes de venir a Roma, hablen con las víctimas». Con esta perspectiva, la de la víctima, defiende que la Iglesia mire hacia atrás, no para descubrir la basura, sino para que no haya víctimas que no conocemos: «No queremos limpiar la imagen de la Iglesia, queremos limpiar el pasado de casos de abusos que no hayamos atendido. No tenemos que estar preocupados por la imagen, sino por la realidad de la Iglesia». Luego toca el turno a la prevención y, por eso, las medidas que se van a poner encima de la mesa en el Vaticano tienen que ver con la formación emocional de los futuros sacerdotes, con la preparación de los catequistas, agentes de pastoral, religiosos, entrenadores y con lograr que cada ambiente de la Iglesia católica sea seguro. «La receta es la misma que en comunicación corporativa y criminalística: prevención, prevención, prevención», insiste.

Como hizo el Papa Francisco el pasado domingo en el vuelo de vuelta de Panamá –reconoció que se estaban generando demasiadas expectativas ante la reunión de febrero–, De la Cierva señala que es un cita única, pero añadió que no va a resolver todos los problemas de la Iglesia. «Es una reunión monográfica sobre temas de abusos a menores y ahí se quiere llegar al fondo. No se va a hablar de celibato, ni de la vida desordenada de clérigos, ni de homosexualidad, ni siquiera de casos concretos como el de McCarrrick. Hay esperanza de que se va a llegar a soluciones muy precisas»

España

Sobre la situación de nuestro país, hace dos consideraciones. La primera, que no se está dando respuestas a nivel social, tal y como ha puesto de manifiesto la Unión Europea. La segunda, que la Iglesia «todavía no ha asumido la bandera de proteger más que nadie a los menores. No lo digo yo, lo ha dicho Zollner, presidente del Centro de Protección de Menores. No hacemos lo que deberíamos, no estamos llevando la iniciativa». Y lamenta: «Es muy triste que quien está buscando más casos de manera pública sea un periódico y no los obispos».

Fran Otero