Sin habernos acabado - Alfa y Omega

Sin habernos acabado

Nos abate hasta la indefensión constatar que el mal existe, que las cosas no son como deberían ser, que se atenta contra la naturaleza de las cosas. La vida pide de suyo infinito y, en cambio, se ve segada de manera tan dramática. Estamos hechos para vivir y, sin embargo, nos morimos

Teo Peñarroja
Un momento del funeral por las víctimas del accidente de tren en Adamuz
Foto: EFE / Salas.

El mal. Esa es la cuestión: el mal. Por qué hay mal, imperfección y, en último término, muerte. Por qué descarriló el tren, por qué esa niña se quedó sin familia, por qué aquella mujer mayor que viajaba a acompañar a su hermana no llegó a su destino, por qué el corazón de aquel cardiólogo con la vida por delante dejó de latir, y así hasta 45. ¿Por qué? El corazón se emperra en una serie de sentimientos inevitables, legítimos: ira, frustración. Buscamos con justicia explicaciones, responsabilidades, culpables. Hay una profunda tristeza personal y colectiva. ¡Qué fracaso! ¿Por qué no se hizo un buen mantenimiento de las vías? ¿Quién debería hacerlo? ¿No supo? ¿No quiso? Hay indignación también por la ineptitud o por la negligencia, eso está por ver, aunque no cambie el diagnóstico. Por último, cuando se calma todo aquello, queda ante el mal un último sentimiento, un atisbo de verdad: estamos perplejos.

Nos abate hasta la indefensión constatar que el mal existe, que las cosas no son como deberían ser, que se atenta contra la naturaleza de las cosas. La vida pide de suyo infinito y, en cambio, se ve segada de manera tan dramática.

Estamos hechos para vivir y, sin embargo, nos morimos. El último mal, la frontera —el muro— con el que se da de bruces todo raciocinio: nos terminamos sin habernos acabado. Señal inequívoca de que nuestro fin no está aquí abajo. Esa es, tal vez, la luz (siempre hay una luz) que vacila al final de la tragedia.

Las familias de las víctimas han rechazado la propuesta del Gobierno de un homenaje de Estado el próximo día 31. Razones tendrán. En cambio, sí van a acudir a la Misa funeral que se celebrará este jueves en Huelva. Iba a ser en la catedral, pero se hará en el Palacio de Deportes por una cuestión de aforo. 

Una semana antes, en Adamuz, escenario del accidente, más de 700 personas se reunieron alrededor del altar. Fue en la Caseta Municipal, un espacio dignísimo porque en él se refugió y atendió a los heridos el día del descarrilamiento. El salmo lo leyó un adolescente, Julio de nombre, que acudió desde el momento del desastre para ayudar a los heridos: «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas». Ofició Jesús Fernández, obispo de Córdoba, y presidió la celebración una imagen de la patrona de Adamuz, la Virgen del Sol. Puerta del Cielo, ruega por nosotros.

El mal, esa es la cuestión. Explicaba en su magisterio el Papa Francisco que el pueblo de Dios es infalible in credendo. La mayoría de las víctimas del accidente eran católicas, y su sentido de la fe las ha llevado a buscar no el homenaje sino el sufragio; no el consuelo de la posteridad, sino el de la esperanza en la vida eterna. En última instancia, el realismo sobrenatural de las familias afirma con las obras —obras de misericordia: enterrar a los muertos, rogar a Dios por los difuntos— que estamos aquí de paso, individuales, amados, irreductibles al símbolo.