Si me olvido de ti, Jerusalén - Alfa y Omega

Anunciado por muchos y mirado con escepticismo por no pocos, la segunda ola de la COVID-19 se ha desatado en Israel y Palestina a lo largo del verano de 2020. Con una virulencia inesperada, en el mes de agosto, los contagios se multiplicaban imparablemente. Las autoridades sanitarias y los políticos pensaban que podían frenar la ola, pero no fue así. A primeros de septiembre, Israel reconocía que el control de los contagios se le había escapado de las manos y el día 18 del mismo mes el Gobierno impuso un confinamiento estricto y riguroso: se cerraron colegios, centros de ocio, tiendas y pequeños negocios, parques y restaurantes, hoteles, sinagogas e iglesias; el aeropuerto Ben Gurión dejó de ser operativo, el check point con Palestina (frontera en el muro de separación) se cerró, en un momento en el que Israel se disponía a celebrar las grandes fiestas judías: Ros HaShaná, Succot y Simjat Torah. Estas celebraciones mueven grandes multitudes, encuentros familiares, cultos en las sinagogas y en el Muro de las Lamentaciones. 

El 19 de septiembre, fray Francesco Patton, custodio de Tierra Santa, dirigía una misiva a todos los santuarios, casas, parroquias e instituciones de la Custodia Franciscana, disponiendo las medidas que se debían tomar y recordando que, en medio de la pandemia, Dios proporcionaba momentos para intensificar la oración, la vida fraterna y la presencia silenciosa al lado de todas las gentes que vivían momentos tan difíciles.

Desde el mes de marzo no hay peregrinajes. Sí hay peregrinos, aunque nada comparado con meses y años anteriores. El 6 de octubre de 2020 el periodista Moshe Gilad, del diario israelí Haaretz, se lamentaba de que hacía 1.600 años que Israel no tenía ni peregrinajes ni turistas; obviando, claro está, la gran Intifada del año 2000 en que también se cortó el flujo de peregrinaciones. De los 4,2 millones de turistas y peregrinos del año 2019, se ha pasado a cero. 

La situación es dramática: los santuarios viven en un vacío y soledad indescriptibles; pasan los días, las semanas, los meses y el vacío se agranda. Un escaso turismo interior, familias o grupos judíos que visitan algún santuario, guías turísticos de Israel que realizan algún curso de actualización y poco más. Con el nuevo confinamiento ni los lugareños han circulado, sencillamente porque está prohibido. Hemos podido contemplar a los judíos ortodoxos, en sus barrios, rezando en las calles y celebrando las fiestas con la mayor dignidad, ya que no solemnidad, que las circunstancias permitían.

Israel entró el domingo 18 de octubre en la fase 1 de salida del confinamiento. Se han reabierto las escuelas y los negocios en los que no haya contacto personal con clientes. El viernes 16 se abrió el aeropuerto y desde el domingo también las escuelas de preescolar, aunque las medidas son muy estrictas. También vuelven a abrir las reservas naturales, los parques nacionales, las playas, el Muro de las Lamentaciones, y el Monte del Templo. Se podrá circular en un perímetro de un kilómetro alrededor del domicilio y mantener el máximo de diez personas para reuniones en interiores y 20 en el exterior.  

Los santuarios no han cerrado, aunque hayan modificado sus horarios. Los franciscanos seguimos guardando los Santos Lugares y oficiando el culto en su interior. Acuden los cristianos locales y extranjeros que viven y trabajan aquí. También hay iniciativas que mantienen el deseo de visitar la tierra de Jesús, como las dos peregrinaciones virtuales que ha realizado la Comisaría de Tierra Santa de la Provincia franciscana de la Inmaculada de España junto con la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Asimismo las retransmisiones online desde los santuarios, las continuas noticias y la reciente iniciativa palestina Save tourism por la que se anima a todos a comprar online recuerdos y productos elaborados en Tierra Santa. Todo es poco para mantener la unión con la Iglesia Madre de Jerusalén y ayudar a nuestros hermanos de la tierra de Jesús.