«Si eres Hijo de Dios...»: el título más importante
1er domingo de Cuaresma / Mateo 4, 1-11
Evangelio: Mateo 4, 1-11
En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”». Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
Comentario
Comenzamos la Cuaresma con un texto de Mateo. Es continuación del del Bautismo del Señor, en el que Dios hace un anuncio significativo: «Este es mi Hijo». Así, el tema central de este fragmento será la acreditación de Jesús como «Hijo de Dios». En aquel momento, decir esto era algo muy serio. La gente se preguntaría: «¿Es auténtico o es un impostor?». Para nosotros, hoy, ¿qué significa?
En primer lugar, constatemos cómo quien lleva a Jesús al desierto es el Espíritu Santo. Una vez allí, el diablo le dice: «Si eres Hijo de Dios» y va a tentarle con el poder o la seguridad material. De los títulos que se dieron a Jesucristo (hijo de David, Mesías, Señor), este de «Hijo de Dios» quizás sea el más importante, porque da cuenta del misterio de su persona, de su relación íntima y especial con el Padre. Sin embargo, Jesús contesta: «Está escrito», aludiendo al Deuteronomio, en el que aparece cómo Dios, en su infinito amor, condujo a su pueblo al desierto para enseñarle. Él, a diferencia de Israel, que desconfió y se alejó de Dios, sigue amorosamente unido al Padre y pone por obra sus Palabras: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». La historia de salvación comenzada por el pueblo de Israel va a tener su plenitud en Jesús, que es «el Hijo».
En la segunda y tercera tentación, el diablo (que viene del griego diábolos, el que separa, calumnia, el que fracciona interiormente al ser humano con sospechas, miedos, dudas) le pide que demuestre su poder como Hijo, que se tire y Dios tenga que recogerlo; y que dé la espalda al Padre, adorándolo, orientando su vida y sus actos hacia él. Jesucristo le responde con la misma palabra («Satanás») que emplea luego para Pedro cuando trató de hacerle desistir de su camino hacia la cruz y la resurrección: «Ponte detrás de mí, Satanás, porque piensas como los hombres, no como Dios» (Mt 16, 23). Jesús desea confiar y seguir unido al Padre, pero siente la dificultad, el miedo; por ello también responde al diablo: «Vete, Satanás». Cristo seguirá adorando únicamente al Padre, de quien se fía, pese a las noches, las dudas o el dolor. Finalmente, el texto acaba con el fracaso estrepitoso del diablo, que desaparece, vencido por la confianza humilde y fiel del Señor, y es sustituido por los ángeles, la presencia divina, que ya acompañaba y velaba por el desierto al pueblo de Israel. La confianza en Dios vence, tarde o temprano, al miedo o la desesperanza.
Ser «Hijo de Dios», por tanto, no es demostrar poder, con aparatosos signos, beneficiándose del mismo, sino confiar humildemente en el Padre. Seguir al Hijo será fiarnos tenazmente de Dios, dejarnos conducir por su Espíritu, por las Escrituras, que nos susurran palabras de vida, de fidelidad, de verdad; y ponerlas por obra. Resistir, resistir en la bondad, en el amor de Dios, aunque no veamos y surjan dudas, resistir callada y tercamente en el bien.