Un punto de partida interesante al comienzo de la Cuaresma es fijar la mirada en el final de este recorrido: la celebración del triduo de la Pasión, sepultura y Resurrección del Señor. A partir de ahí, descubrimos que este tiempo litúrgico no es fin en sí mismo; ofrece más bien unos medios, particularmente en la celebración cristiana, que nos van a permitir redescubrir este itinerario eclesial y comunitario y que son ya al mismo tiempo un modo de encuentro con Dios y con los hermanos.

Posibilidad de encuentro entre Dios y el hombre
En la reciente asamblea CONVIVIUM, de Madrid, el Papa ha recordado a los sacerdotes la necesidad de leer el presente en el marco cultural y social en el que hoy se vive y expresa la fe, para que su misión sea también una respuesta a los desafíos y posibilidades que toda la Iglesia tiene ante sí. Entre los rasgos de nuestra sociedad se refiere al individualismo, animando a resistirlo juntos. Con esta premisa, vamos a mostrar que la celebración cuaresmal puede reforzar el sentido comunitario y objetivo de la celebración cristiana, frente al subjetivismo y la autorreferencialidad que amenazan con desdibujar una vivencia eclesial de la fe. Esta, en los casos más extremos, quedaría reducida a una colección de experiencias religiosas privadas que puede tender a valorar la propia fe exclusivamente en el modo de sentirla.
De por sí la liturgia cristiana es un antídoto valioso frente al individualismo, debido a que se plasma en gestos y oraciones que remarcan el carácter comunitario. Cualquier cambio o añadido en las celebraciones concretas que lo hiciera palidecer podría incluso desfigurar la transmisión de la fe. Por eso, hay que enfocar bien la referencia a la Cuaresma como un mero conjunto de prácticas anuales. Y no por vaguedad terminológica, puesto que la propia oración se refiere explícitamente a ellas. El riesgo estaría en enfatizar demasiado en este periodo la respuesta humana, desgajándola de una propuesta divina, pero obviando también que esas prácticas se viven siempre como miembros de la Iglesia, es decir, en un marco eclesial comunitario. Así, el equilibrio entre la acción de Dios sobre su pueblo santo y la respuesta eclesial se manifiesta con propiedad en la expresión oracional «sacramento cuaresmal», donde predomina el encuentro entre Dios y su Iglesia. Es el Señor quien toma la iniciativa de purificar a su Iglesia. Y existe, en segundo lugar, una teología del tiempo, realidad alcanzada por la acción de Cristo y abierta al Reino de Dios. Desde ahí el hombre va a poder caminar junto a otros para conformar su vida con Cristo.

Escuchar juntos
La carta de León XIV para la Cuaresma de este año se ha referido precisamente con dos epígrafes a «escuchar» y «juntos», pudiendo acoger comunitariamente algo que se nos ha dado. Estas dimensiones, hacia las que el Papa nos pide dirigir la mirada, las podemos descubrir desde hace siglos en la plegaria litúrgica de estos días, que nos va a ayudar a ver este tiempo como un paso más en un itinerario de conformación personal y comunitario con Cristo. Un ejemplo de ello es la fórmula «convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15), que el sacerdote dice al imponer la ceniza sobre cada fiel. No se trata de una incoherencia gramatical, sino que nos dispone a reconocer que el Reino de Dios que viene no se circunscribe a una llamada individual, sino comunitaria. Se profundiza en la invitación que Jesús hace a sus discípulos al comienzo de su ministerio público y que ahora la Iglesia asume para con ello entender que no somos redimidos aisladamente, sino juntos, en el seno de una comunidad concreta, aquí y ahora.
En segundo lugar, la escena del monte Tabor, en el segundo domingo, nos aproxima a la dimensión de la escucha, que se refleja en la oración del comienzo de la Misa: «Oh Dios, que nos has mandado escuchar a tu Hijo amado, alimenta nuestro espíritu con tu Palabra…». En esta plegaria, al carácter comunitario de toda oración litúrgica añadimos la referencia evidente a la escucha de la Palabra de Dios. Caminar hacia la culminación de la Cuaresma, hacia la celebración de la Resurrección de Cristo, prefigurada en el pasaje de la Transfiguración, supone para la Iglesia ubicarse comunitariamente ante esta realidad con una contemplación activa, escuchando. Se nos está recordando que la Palabra de Dios recibida en el corazón constituye el alimento que es capaz de purificarnos y disponernos para la visión de la gloria que nos colmará de gozo, ya que la escena del Tabor anuncia tanto la glorificación del Señor, como la nuestra, al permanecer unidos a Él a través de nuestro Bautismo. Se nos dice, en definitiva, que no solo «escuchamos», sino que al mismo tiempo «contemplamos»; y eso nos hace poder, en cierto sentido, «reflejar» como Iglesia el esplendor de la gloria de Dios.